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El legado indiano que se llevó el fuego

La casa de Amieva que ardió el lunes, de 1935, era uno de los pocos ejemplos de tipo montañés de la arquitectura asociada a la emigración

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Los recuerdos calcinados en la casa indiana de Sames (Amieva) Eva San Román

Gabriel García tenía 13 años cuando emigró desde Amieva a Cuba. Se iba, como tantos otros, en busca de un futuro mejor. Y lo logró. Regresó cuando sus negocios de peletería le rentaron lo suficiente como para construir varios inmuebles en su tierra de origen.

El primero fue en Sames. Era 1935 y levantó “una de las pocas casas indianas de tipo montañés” que existen. Sus herederos fueron conservando cada rincón. Guardando con celo espacios que compartían importancia histórica y sentimental. Cuidando las antiguas maderas del inmueble. Pero ahora, 85 años más tarde, aquella imponente edificación que se levantaba vistosa en medio del pueblo ha sido arrasada por las llamas.

Jaime Santullano junto a la casa quemada | Eva San Román

Únicamente el esqueleto se mantiene erguido. Dentro, las vigas de madera se calcinaron. No queda nada de la vieja y robusta escalera. Ni de los muebles originales de la casa. Piezas como la alacena que se había colocado con mimo en la cocina en 1935 son ceniza. Los azulejos, pintados a mano, están destrozados. La cerámica antigua de los sanitarios es inutilizable. Tampoco queda rastro de los relojes. Ni de las cristaleras de colores. En el interior de la casa hay escombros y la única luz que entra es la del día, porque tampoco hay rastro del tejado.

Jaime Santullano, el marido de una de las herederas de la casa, narra la historia de la vivienda. Y también lo acontecido en la fatídica tarde en la que las llamas, avivadas por el viento, redujeron sus recuerdos y su historia a la nada. Según él, la desgracia podría haberse evitado. O, al menos, los daños podrían haber sido menores. El Servicio de Emergencias del Principado informó el pasado 15 de febrero de que a las 19.19 horas una llamada alertó de que el tejado de la vivienda estaba ardiendo. “Pero lo que ardía era el alero exterior de una de las esquinas de la casa”, aclara Santullano. La chimenea, encendida, calentaba la casa con normalidad, pero “una chispa salió de la chimenea y fue a parar al alero”. El viento hizo el resto. La información oficial señaló que hasta Sames llegó una dotación con tres efectivos del parque de Cangas de Onís, otra de Piloña y una última desde Llanes. La cubierta “de ripia y teja” y las tres plantas ardieron pese a que los bomberos trabajaron hasta las 0.46 horas del día 16. “Pero hubo mucha descoordinación. Llegaron y estuvieron tres cuartos de hora buscando una boca de riego para ponerse a actuar. Cuando la encontraron la pieza para encajar la manguera no servía. Todo se retrasó demasiado. Si al llegar hubieran apagado el fuego, que estaba sólo en el alero y en una esquina de la casa, no tendíamos que estar aquí”, indica Santullano caminando sobre los escombros. “El fuego no ayudó nada, claro que no, pero tardaron demasiado en ponerse a apagar las llamas. Finalmente tuvieron que usar el agua del pueblo, pero no había presión. Pudo haber ardido todo lo que está alrededor”, advierte Santullano.

Cuando se sofocaron las llamas, su mujer y él observaban el humo desde la ventana de unos apartamentos que un vecino les cedió para poder pasar la noche. “Por la mañana volvimos a llamar a los bomberos porque vimos humo saliendo de una habitación. Nos dijeron que un efectivo había estado aquí a las ocho de la mañana para comprobar la zona. Yo entré a la casa para coger un cuadro de la cocina y la vi intacta. Luego nos fuimos”, recuerda.

“Por la tarde, el día 16, un vecino me llamó para decirme que había tenido que ir con la manguera para apagar el fuego del interior. Otra vez. El suelo de la habitación por la que vimos salir humo aquella mañana, acabó prendiéndose por completo hasta que la madera cayó a la cocina, justo debajo. Así fue como, al día siguiente, nos quedamos también si la única parte de la casa que se podía haber salvado. No queda nada”, lamenta.

Ahora, “la inversión para recuperar será costosa”. El seguro de la vivienda no cubrirá los gastos y la ejecución superará “con creces lo que nos paguen por los daños”. Por eso Santullano acudió ya al Ayuntamiento de Amieva y hará lo propio con Patrimonio. “Al menos tenemos que techar la casa para evitar que se destrocen las paredes. Si ponemos un tejado y sellamos las ventanas, el interior podrá ir haciéndose poco a poco”, advierte.

Santullano y su familia prevén reanudar su vida laboral en Estados Unidos. “Nos vamos en agosto y para entonces esto debería estar al menos asegurado”, dicen sobre la casa que un día fue la de los abuelos. “Mi mujer venía aquí cada verano, como sus padres, pero su abuela vivió aquí”, recuerda con nostalgia. La importancia de la casa “es sentimental, pero también tiene un reconocimiento patrimonial”, subraya. De hecho, está recogida en el catálogo autonómico con una protección que impide hacer determinados arreglos y que la reconoce “como la joya que era”.

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