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Quintaniella, un pueblo a quince kilómetros de Oviedo sin accesos y sin servicios

Los vecinos llevan casi veinte años reclamando el arreglo de un puente que impide la entrada de camiones de bomberos y ambulancias

De izquierda a derecha: Manolo Nieto, Eva María Álvarez, Santos Rodríguez, Gusti García, Pablo, Pili Alonso, Jamin, Rosario Mansilla, Rosario Montero, María, Francisco Álvarez, Saro Huerta, Fernando González y Luz Cuervo

El pueblo de Quintaniella (a 15 kilómetros de Oviedo) tiene dos accesos: uno por debajo de un puente minúsculo y el otro atravesando una pendiente estrecha sin vallas de contención. Ambos impiden la entrada de cualquier vehículo con dimensiones superiores a las de un todoterreno. Los vecinos llevan casi veinte años pidiendo una mejora en las infraestructuras para no sentirse alejados del mundo y, lo que es peor, vendidos ante una situación de emergencia. “Ni ambulancias, ni bomberos, ni furgones con material… ni siquiera un camión de basura pasa”, cuentan. 

Este lugar pertenece a la parroquia de Tudela Agüeria, pero, según afirman, parece haber sido borrado del mapa. “En una de las reclamaciones al Ayuntamiento me dijeron que esto no existía”, declara la vecina Rosario Montero. El mayor problema llegó con el asfaltado, cuando al menos tres capas de brea hicieron subir el nivel del camino principal que conduce al pueblo por el interior de un viaducto ferroviario construido hace más de 50 años. Según declaran, antes de la obra, a pesar de ser un espacio reducido permitía colarse al transportista de las bombonas de butano y los carros de ganado: ahora ya no cabe ni una furgoneta un poco amplia”. 

La única opción cuando solicitan un servicio de cualquier tipo es pedir que envíen automóviles pequeños. En el caso de una UVI-móvil, tienen que llamar al centro de salud de la Lila en los horarios en los que se encuentran disponibles, pero la solución suele hacerse esperar y en ocasiones la asistencia requiere inmediatez. 

Esta situación ha propiciado escenas que los habitantes –que hacen recuento rápido cuando se les pregunta por el número, al ritmo de “en casa de María, cuatro, en la de Eduardo, cinco...”– aseguran no poder borrarse de la mente: una mujer fallecida durante una noche de llovizna a la que hubo que transportar en la camilla con un paraguas custodiándola hasta pasar el punto donde podía esperar la ambulancia; una casa en llamas a la espera de un camión de bomberos pequeño (porque tampoco disponen de boca de agua); un vecino enfermo al que tuvieron que sacar en una silla que sujetaba por cada lado un camillero. Y, así, van mencionando atropellos, incidentes y destrozos, en los que la ayuda siempre llega tarde o de forma improvisada. 

¿La peor sensación? La impotencia. “Te sientes olvidado. Cuando pasa algo grave no puedes subir a la persona al coche y hacerte cargo tú”, afirma Eva Álvarez. Y añade: “La gente no quiere venir aquí a vivir, y los que estamos nos vamos haciendo mayores”. Ella ha sido la última en mandar una carta al Ayuntamiento y contactar con un abogado. La respuesta del primero fue que no podía hacerse cargo, la del segundo que lo mejor que pueden hacer es mucho ruido. Adif ni siquiera responde. “Aquí la culpa ye soltera y no la quiere nadie”, exclaman mientras se preguntan quién debería hacerse cargo del desastre. 

Aunque en estos momentos la cotidianidad es el menor de sus problemas, también encuentran impedimentos a la hora de sacar la basura, movilizar el ganado, realizar arreglos o limpiar sus calles. El contenedor más cercano está más cerca de la salida a la autopista que de las casas y ante cualquier imprevisto es muy difícil contar con material. 

“Nos dicen que no mandan barrenderos por la falta de aceras, pero en Tudela pasa lo mismo y sí tienen cubierto ese servicio”, aseguran, y ponen un toque de humor al asunto: “De las luces de Navidad ni hablamos, esas ya las ponemos nosotros”. 

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