Serie "Alma de Oviedo"

Ni un paso atrás y vuelta a la pista: el atleta que empezó corriendo y acabó gestionando en San Lázaro

La vida profesional de Íñigo Rubio le ha acabado llevando al lugar donde empezó a competir, como gerente de las instalaciones de San Lázaro

Íñigo Rubio, en la grada de las pistas deportivas de San Lázaro.

Íñigo Rubio, en la grada de las pistas deportivas de San Lázaro. / Irma Collín

Chus Neira

Chus Neira

El curso 82-83 empezó para Íñigo Rubio la mañana de agosto que su padre le despertó temprano para ir al cuartel del Milán y apuntarse como voluntario al servicio militar.

–Si suspendes la próxima evaluación vas a la mili.

Durante casi toda su vida escolar, con los jesuitas, Íñigo había sido buen estudiante, sin traumas académicos. En aquellas aulas había encontrado cauce para una pasión innata que le desbordaba, los deportes. Los veía en televisión, tenis, baloncesto, lo que fuera, de forma compulsiva. Acompañaba a su padre a ver al Cibeles en la vieja pista, conocía al Padre Valdés de la misa en los Dominicos, jugaba al futbito con la Peña Marigil, con Velázquez y Mata, pero cuando apareció Juanjo Azpeitia por las instalaciones de Fuentesila y junto al Padre Puente metieron el atletismo en el colegio, ya solo quiso correr y saltar. Más rápido y más lejos, era el que mejor lo hacía de la clase. Empezó a competir y con diez años ya era campeón de Asturias alevín. Con quince fue a Murcia a los nacionales escolares. No olvida el hotel de cinco estrellas de La Manga ni la impresión de salir a la pista en la Academia Militar del Aire, los aviones allí al fondo. Fue el primero en longitud, el segundo en altura. También ganaron en los relevos 4x100.

(1) Los padres de Íñigo: Ane Miren Azcorra y Enrique Rubio Sañudo. (2) Una fotografía de la infancia de Íñigo Rubio. (3) Fotografía de un recorte de periódico, saltando en una competición de atletismo. (4) Con su mujer, Carmen  Miralles, y su hijo, Quique.

Los padres de Íñigo: Ane Miren Azcorra y Enrique Rubio Sañudo. / LNE

Ni un paso atrás y vuelta a la pista

Una fotografía de la infancia de Íñigo Rubio. / LNE

Lo cuenta con el impulso del atleta ahora que, ya retirado, hace más bici y mantiene la presencia del chicarrón del norte, del hijo de Ane Miren Azcorra, de Algorta y de Enrique Rubio, familia cántabra, del niño curtido en los veranos de katiuskas y chubasquero entre Getxo y Santander. En la adolescencia le fichó el CAU y se puso a hacer el pijo en el colegio. "Éramos la pandilla basura". Cierta chulería y pocas ganas de hincar los codos acabaron en la amenaza paterna y la certeza, al no presentarse a dos exámenes, de que repetiría COU. Así que aquel teniente amigo de su padre tenía los papeles listos, Íñigo los firmó aquella mañana de agosto y en noviembre se fue a Ferral al campamento. La solución de Enrique Rubio con su hijo funcionó. Aquel curso hizo la mili en el Milán, sacó el COU nocturno en el Alfonso y en mayo de 1984 se matriculaba en Empresariales. Después cambió a Económicas algo más decidido, pero en dos años acabó dejándolo. Ya era un atleta profesional, y el no mucho dinero que le daban los mítines completaba los otros ingresos de una aventura hostelera más fructífera a la que se había lanzado con un grupo de amigos. Eran Miguel Rubio Merediz, Bernardo Gutiérrez, Queco Requejo, Eduardo Canteli y alguno más. Habían empezado un par de años atrás abriendo las tardes del Chaquetón. Luego pusieron el Piripi en Ribadesella, se extendieron a Llanes con el Cambalache y el Serna y acabaron teniendo hasta diez locales. Uno estudiaba Medicina, otro Derecho, Íñigo competía y a medida que se les abrían otras vías profesionales, la del ocio nocturno se cerró.

Ni un paso atrás y vuelta a la pista

Con su mujer, Carmen Miralles, y su hijo, Quique. / LNE

Íñigo puede contar que se quedó a cuatro centímetros de ser olímpico en el 92, aunque sus marcas nunca le hubieran permitido quitarle el puesto a sus compañeros Corgos, Oliván y Hernández. Una lesión le apeó de la longitud y le permitió dar el salto a la empresa. Fue gracias a su amigo Nacho Vallejo y con la empresa Azvase, y aunque desde allí pasaría luego al mundo del automóvil, regresaría con él cuando Gesdepor XXI se hizo con la gestión de las instalaciones deportivas de San Lázaro y pensaron que no iban a encontrar mejor gerente con más horas de vuelo en aquellas pistas que Íñigo. Allí sigue, un crack.

Ni un paso atrás y vuelta a la pista

Fotografía de un recorte de periódico, saltando en una competición de atletismo. / LNE