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Opinión | Crítica / Teatro

El peso de los sueños

Con "Un Oscar para Óscar" arranca la temporada teatral de San Mateo, una comedia alocada sobre la autorrealización y los sueños no cumplidos, que refleja con tintes farsescos la política cultural de nuestro país. Una escenografía resultona nos sitúa en un motel con dos espacios, el interior cutre y colorista de una habitación y una terraza desde donde contemplamos las icónicas letras hollywoodienses. Allí se reúnen un director de cortos español sorpresivamente nominado al Oscar y los ministros de Cultura y Hacienda, enviados por el gobierno para acompañar al cineasta. Por si esto no fuera suficientemente inverosímil, la construcción de los personajes de los políticos nos lleva directamente a la farsa y a la astracanada más desaforada. Jon Plazaola encarna con naturalidad y eficacia a Óscar Manzano, un director hípster e inseguro, que en su empecinamiento por alcanzar el éxito ha ido perdiendo novia y amigos hasta llegar a empufar a su madre. Agustín Jiménez, su contrapunto, es un remedo de Jesús Gil, más próximo a concejal cateto de pueblo que a ministro de cultura, que con sus aires chabacanos representa la crítica y el desprecio a las artes en nuestro país. Mara Guil también en una clave caricaturesca es una ministra vulgar y mandona con aires de Terelu Campos, influencer adicta a los selfies y las redes sociales, que se peleará con su homólogo con uñas y dientes. Rebeca Sala aporta el ápice de realidad, ternura y reflexión a la pieza, en el personaje de Pauline, la escultural "chica de compañía" contratada para acudir con Óscar a la ceremonia. El humor físico y clonesco, con salidas de tono disparatadas parodiando la realidad política a golpe de chascarrillo, se complementa con gags fruto de la incomunicación lingüística. La mucha solvencia de los intérpretes se vería potenciada con un guion más afilado.

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