Opinión

Ramón Fiestas

Prieto Valiente, ilustre notable y extraordinario

El homenaje de un compañero y amigo a uno de los padres de la democracia

Este diario se ha hecho eco en días pasados de la multitudinaria despedida de un asturiano extraordinario, uno de esos tan escasos grandes de España, que lo son entre sus muchas cualidades por la de haber renunciado con absoluta discreción a la gloria que acompaña a los laureles, que en el caso de Alfredo Prieto Valiente, de habérselo propuesto, podría haber llenado más de una vitrina con las condecoraciones más distinguidas al alcance de un hombre eminente.

Las semblanzas que se han publicado de él destacan algunos aspectos de los que de puertas afuera se conocía de Alfredo, como uno de los grandes juristas, además de político generoso extraordinario, haciendo de él una figura ilustre y notable, y muy querida en su entorno. José Antonio Montoto completaba en su homilía los rasgos más esenciales de su dimensión cristiana y algunas de las vivencias compartidas.

Me gustaría abundar sobre alguna de estas cualidades que se conjugaban en él, porque mantengo una impagable deuda de gratitud, y si tiene a bien publicar estas líneas que en principio había pensado dirigir a sus hijos y a sus colaboradores profesionales, quien sabe si quizá pueda incluso remover alguna conciencia, lo que seguramente le hubiera gustado.

Alfredo era sencillamente un hombre ejemplar, porque huía de la vana gloria tanto como de la confrontación, y esto fue lo que determinó su aspiración a misiones más nobles y sublimes que la de enfangarse en los lodos de la política mundana, donde vislumbraba logros más estériles. En realidad, lo que siempre me interpeló de él hasta la admiración, ha sido su profunda vocación transformadora, y la elegancia con la que encauzó su activismo concentrándose en la práctica de la libertad como poder transformador de las personas para contribuir a una sociedad más justa. En esto puede decirse que era un fervoroso "libertario".

He tenido la fortuna de compartir con él experiencias en las que desbordaba tenacidad y sutileza para lograr ese objetivo porque, en esencia, Alfredo estaba lleno de luz. Era tan exigente y disciplinado consigo mismo, como tolerante con las conductas y pensamientos ajenos alejados de su ideario. Era un hombre de fe, y la contagiaba.

La Divina Providencia me puso en su camino cuando me abrió las puertas del despacho que acababa de fundar junto con su inseparable amigo Luis Morilla y con José Ramón Buzón, tras su incursión en la política y su fructífera carrera en el sector privado, convirtiéndolo mucho más que un referente de excelencia en la práctica jurídica, en una escuela de vida.

Le estoy profundamente agradecido a Dios por haberme puesto en su camino y de contar con él como padrino profesional y maestro insustituible en los años que me permitió compartir su despacho, y más tarde como compañero y colaborador, pero sobre todo por la bendición de poder seguir conservándolo como un guía y amigo entrañable en el apasionante viaje de la vida temporal.

A pesar de ser vecinos muy próximos los avatares nos han mantenido en la distancia física en los últimos años; no obstante, hemos sabido conservar una comunicación puntual y a veces hasta una suerte de comunión. Cuando me dirigía por el Fontán a despedirme de sus restos entre el lánguido tañido de las campanadas de San Isidoro, me susurró con mucha claridad que seguiría contando incondicionalmente con él, lo que me alegró enormemente, tanto más porque aquello me hizo ver que Asturias no perdía a uno de sus hijos irrepetibles más excelsos, sino que había ganado a tantos buenos hombres como habían tenido la fortuna de conocerle –que fueron muchos– y poder continuar con su legado. Hasta siempre, Alfredo.