Opinión

En memoria de Lydia Baquero e Isabel Jiménez

La despedida de un amigo a dos brillantes abogadas y personas de excepción

Este año 2024, bisiesto, no ha empezado bien. El día 4 moría Lydia Baquero y el día 7 Isabel Jiménez, ambas amigas muy queridas y ambas compañeras de profesión.

A Lydia Baquero Vallejo la conocí a principios de los años ochenta en La Rúa Ruera y Xuantipa, cuando acompañaba a su entonces novio y después marido Fernando Castro González. Aquellos dos bares se comunicaban entre sí. Al primero se entraba por la calle La Rúa y al segundo por un callejón de la calle San Antonio. Teníamos allí una pequeña tertulia de abogados, entre los que se encontraban Fernando y Lidia, así como Paulino Alsedo, de que quien yo era socio a la sazón, Álvaro López Castro y algunos más. Mi relación con Lydia fue ininterrumpida desde entonces hasta el día de hoy. Era una mujer de una sensibilidad exquisita, amante del arte en todas sus formas y artista ella misma, especialmente en la pintura (tengo varios cuadros de ella) y en la música (era una apreciable pianista). Era habitual de nuestras comidas de los miércoles, en mi casa de La Xugal, en las que participaba activamente, haciendo gala de su amplia cultura y su gran sentido del humor, en compañía de mi esposa Marta de Nicolas, Luis Vázquez del Fresno, José y Joaquín Valdeón, Carme Mestre, Javier González, Charo Arenas y, últimamente Cristina Muro de Zaro, Fernando Sánchez y Toño Canteli. También participaba activamente en las fiestas que hacíamos en casa. Me acuerdo de una noche de San Juan en la que ella se encargó de enramar las fuentes y poner a todas las señoras una corona de laurel en la cabeza, o de una fiesta de la Ópera en la que interpretó con sus fantásticas dotes de actriz el "Ámami Alfredo" de la "Traviata" de Verdi. De su matrimonio con Fernando tuvo un hijo, Manuel Castro Baquero, que es su mejor obra de arte. Licenciado en Derecho y Ciencias Políticas, políglota, violonchelista y pianista, amén de un encanto de persona.

A Isabel Jiménez la conocí como consecuencia de unas copas de Fino Quinta que me tomé, a principios de 1986, en Casa Manolo de la calle Altamirano con Agustín Tomé, desgraciadamente ya desaparecido, al cabo de las cuales decidimos ir a montar un despacho de abogados en Bruselas, ya que España acababa de entrar en la posteriormente denominada Unión Europea. Dicho y hecho. Aparecimos en Bruselas apoyados por los importantes contactos que tenía Agustín (pertenecía a la ejecutiva federal del PSOE y había sido mano derecha de Rafael Fernández (primer presidente del Principado de Asturias) y por medio del Agregado Cultural de la Embajada de España contactamos con Isabel Jiménez. No llegamos a crear un despacho físico en Bruselas, pero sí que tuvimos una relación profesional muy fructífera a lo largo de nuestra vida jurídica, aunque más importante que eso fue la relación de amistad profunda que surgió entre nosotros, relación que cultivamos con mucho esmero, viajando nosotros a Bruselas y compartiendo viajes a Formentera o a Gran Canaria. También pasó algunas temporadas en nuestra casa de La Xugal. A Isabel le gustaba Asturias, entre otras cosas porque su madre era de Oviedo. Tiene mucho mérito su vida profesional pues, terminada su carrera de Derecho en Madrid, veraneando en Denia con su familia, se enamoró de un guapo belga Patrick De Nutte y acabó casándose con él, marchando a vivir a Bruselas, donde prácticamente tuvo que hacer de nuevo la carrera de leyes para poder ejercer allí, cosa que hizo con gran éxito y en cuyo despacho yo me inscribí para colegiarme en el Ordre Français des Avocats Du Barreau de Bruxelles. Aunque del guapo belga se separó hace casi veinte años, de su matrimonio tuvo dos hijos estupendos David, exitoso empresario, casado con Julie, de cuyo matrimonio tiene tres preciosos nietos, y Claire, arquitecta que desarrolla parte de su labor profesional en Ibiza, y trapecista.

En fin queridas amigas, era mi voluntad haceros este pequeño homenaje y trasladar a vuestros deudos arriba citados mi más sentido pésame.