Opinión

Robos y blasfemias

Un repaso histórico a la Policía Nacional y a los gobernadores civiles en Oviedo

A propósito de la concesión de la Medalla de Oro de la ciudad a la Policía Nacional en el bicentenario de su fundación y la colocación de la bandera en la Escandalera, vamos a rescatar algún episodio histórico y anecdótico relacionado con la policía en nuestra ciudad. En febrero de 1887, hace 137 años, se recibió con satisfacción en Oviedo el nombramiento del nuevo gobernador civil de la provincia, el señor Morales Oliver, acreditado por su excelente labor desempeñada anteriormente en otra provincia. En aquel tiempo, finales del XIX, Oviedo venía reclamando una actitud más enérgica a los responsables policiales con tres problemas endémicos: las agresiones y reyertas (decía Camín al iniciarse el XX que el hombre que no tenia huellas de lesiones en la cara no estaba bien valorado), la prostitución y la blasfemia, ante la pasividad inalterable de las máximas autoridades provinciales. Curiosamente, los robos no tenían mayor incidencia (en una estadística de un semestre de 1902 en Gijón, sólo se registró una denuncia). Se había reiterado la necesidad de erradicar los prostíbulos de las cercanía de los cuarteles, la prohibición de asistencia a espectáculos de las mujeres públicas o «mezclarse con la gente honrada en los paseos». En cuanto a la blasfemia aunque se reconocía la dificultad de la erradicación, se interesaba al nuevo cargo una represión más eficaz, imponiendo sanciones a los padres de niños y adolescentes.

La dependencia orgánica de la policía de los gobernadores civiles, originó varias polémicas a lo largo del siglo anterior. Hay que tener en cuenta la escasa permanencia en el cargo de los gobernadores, lo que cuestionaba la actuación policial a medio y largo plazo. Desde la década de los 90 del XIX hasta finales de los 40 del siglo XX pasaron por Asturias más de 50 gobernadores, sometidos siempre a la provisionalidad del puesto. Recuerdo que el ilustre paisano José Posada Herrera (1814-1885), primero como Ministro de Gobernación, de 1858 a 1865, y como Presidente del Consejo de Ministros, entre 1882 y 884, recibió una ingente cantidad de cartas en gran parte de recomendación y en número considerable de propuestas de gobernadores.

En el capítulo de curiosidades, queda la anécdota revelada por el periodista Ricardo Eguren en diciembre de 1946, al informar del nombramiento de un nuevo gobernador. Se presentó el nuevo titular ante la sorpresa del vigente, desconocedor del nombramiento. Antiguamente, la situación de cese, en muchos casos, convertía a los gobernadores en indigentes al carecer de otros recursos económicos y siendo en su mayoría titulares de familias numerosas. Por eso, las cartas de recomendación para gobernadores que recibía Posada Herrera tenían un trasfondo de súplica y dramatismo.

En mi recordatorio de algunos sucesos relativos a la Policía Nacional en Oviedo, permanece vivo el reconocimiento popular de los vecinos cuando se descubrió al causante de un doble asesinato cometido en la calle San Juan en la primavera de 1955. Otro hecho que viene a mi memoria, en la década de los 60, fue la muerte de un amigo, policía nacional, casado en Casomera, muerto por un rayo cuando ejercía su función en la portería del edificio del cuartel de la Policía Armada, en Fuertes Acevedo, cuya primera piedra se había colocado en 1941.