Suscríbete La Nueva España de Siero

La Nueva España de Siero

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Ricardo Junquera

Más sobre el Camino de Santiago

Reflexiones en torno al sentido de la ruta jacobea

El próximo sábado, 2 de abril, Dios mediante, la Asociación de Amigos del Camino de Siero, Noreña y Sariego finalizaremos la peregrinación que estamos realizando por el Camino del Invierno, el que se desvía del Camino Francés en Ponferrada para ir por tierras más al Sur hasta la plaza del Obradoiro.

Con éste, son ya seis los Caminos que hemos hecho. Todos inolvidables. Igual que los que vendrán.

Y cuando alguien me pregunta que cómo es la experiencia de hacer el Camino de Santiago, suelo responder que lo más maravilloso que tenemos en la vida es la posibilidad de compartirla con los demás. Creo que ese es el concepto base del Camino. Después, o antes, vendrán las motivaciones: las religiosas, las deportivas, las culturales, las turísticas o las que sean. El que esto escribe intenta darle cierto sentido de peregrinación, que para eso vamos a casa de un Apóstol y al que hacia allá se dirige se le llama peregrino; pero eso ya es cosa de cada uno.

En todo caso, creo que lo básico en el Camino está en esa voluntad de querer compartir durante unos días tu vida, tu tiempo, tus pasos, con aquellos que caminan junto a ti. O con la gente que conoces en los pueblos por los que pasas. O con los lugares que también están allí, esperándote para contarte un poco de su historia.

Gracias a la Asociación de Amigos del Camino de Siero, Noreña y Sariego he tenido la posibilidad de caminar más de tres mil kilómetros hacia Santiago, más de tres mil kilómetros en los que te das cuenta de que el Camino no es solo un conjunto de sendas, ni de flechas amarillas, ni de albergues. Que el Camino es tener siempre una mano amiga cerca, es echar a andar cada mañana con los ojos llenos de sol o de niebla, con la nariz llena de olor a los campos ya segados o del aroma de ese mar que se siente cercano. Es caminar entre turbiones de lluvia o entre árboles en flor, o en bosques cerrados, o entre largas alamedas, o por la tierra ocre, gris, parda de la Meseta, o por los verdores recios, pero ofrecidos, del Norte. Es atravesar esos pueblos castellanos, o vascos, o cántabros, o gallegos, o navarros, o portugueses, o de esta nuestra querida Asturias origen auténtico del Camino, y ver cómo todos ellos abren sus brazos al peregrino.

Y también es sentir cómo, cuando llegas a aquella plaza final, tu espíritu o tu alma o ese lo que sea que llevamos dentro se llena de sangre y de savia nueva. Y da igual cuántas veces la hayas pisado antes y mirado hacia arriba, buscando la altura final de la piedra mientras agradeces al Apóstol o a la providencia o al destino que hayas podido volver otra vez. Cada una de esas veces ha sido la primera y la última y la siguiente a la anterior y la anterior a la que vendrá después. Aunque ya nunca vuelvas. Porque lo que una vez sucede sucede ya para siempre.

Y, sobre todo, es descubrir que lo más maravilloso que tenemos en la vida, igual que en el Camino, es la posibilidad de compartirla con los demás.

¿De qué nos sirve si no ?

Compartir el artículo

stats