Suscríbete La Nueva España de Siero

La Nueva España de Siero

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Ricardo Junquera

La soledad del opositor

Una travesía del desierto que tiene final, y por lo general, con recompensa

Triunfar en la vida no es ganar, es levantarse y volver a empezar. José Mujica

Este texto es casi un encargo. Va dedicado a esos chavales que saben lo que es la soledad de los opositores. Y a sus padres, esos otros opositores, para que unos y otros mantengan la confianza durante los momentos difíciles, que esa travesía del desierto también tiene su final y, generalmente, todo esfuerzo su recompensa.

Allá va:

Aquella tarde decidiste opositar. Hacía poco que habías terminado la carrera y decidiste hacer esa oposición. Sabías que el camino que tenías por delante no iba a ser fácil, que unos cuantos de los mejores años de tu vida iban a quedar ya para siempre entre las paredes de tu habitación.

Y llegó el día de encerrarte en tu cuarto, con aquellos montones de folios y de libros por delante; y desde ese momento a no conocer más paisaje que el del blanco y negro de aquel papel cercano; y ya como si todo fuera igual, como si no pasaran los días ni las semanas ni los meses; como si la vida se hubiera convertido en una espiral de horas y sueños perdidos sin más compañía que la de los otros que como tú vagaban en otras lejanas habitaciones, mientras las noches vacías intentaban golpear con su aluvión de estrellas vuestras soledades. Hasta que una nueva mañana cargada de silencio os regresaba a vuestra silla, a vuestro mundo, y a empezar igual que ayer y que mañana y que el día siguiente al de mañana a leer y releer los mismos temas, y a olvidar a los amigos y a la vida que ahí fuera seguía recordando que el año todavía tiene otoños y primaveras.

Y así iban pasando esos días y las semanas y los meses, hasta que llegó de nuevo la fecha de ese primer examen, el del primer corte, ese que tú ya sabías que solo pasan unos pocos de los que se presentan. Y a dejarlo todo allí, que tienes que ser mejor que los demás, que no hay sitio para todos y que esos compañeros que vagan por las noches en las mismas soledades que tú son ahora tus rivales en la carrera de llegar antes al corte que no todos pueden pasar.

Y después de pasar ese primero, al siguiente examen, ya frente a un tribunal en la solemne solemnidad de una solemne sala; y que lo que lleves dentro coincida bien con lo que resulte de las bolas de los temas que tienes que exponer, que el azar y el día que tengas son otros temas más a defender.

Y también pasaste esa segunda prueba; y ahora a por la última, frente a ese mismo solemne tribunal, dos o tres meses después del examen anterior. Y ahí ya es el todo o nada, el terminar la travesía de ese desierto o el volver a empezar de cero en la siguiente oposición; y es el coger la mano de tu padre la noche antes y el decirle que ya te daba igual lo que pasara, que tú ya sólo querías poder llamar a una amiga para tomar un café y volver a vivir y a hablar de lo que fuera.

Y llegó el día de esa última prueba, y aquella misma tarde, cuando después del viaje de vuelta llegaste a casa con la mirada un poco perdida y los apuntes otra vez en la mano, recibiste lo único que tus padres pudieron darte en ese momento: un abrazo. Y tú solo pudiste devolverles una mirada firme y un no pasa nada, que hay que seguir caminando, que solo os pido que sigáis ahí, al otro lado de la puerta de mi habitación.

No recuerdo bien ahora lo que pasó el año siguiente. Solo sé que, pasara lo que pasara, tus padres nunca volverían a estar tan orgullosos de ti como en aquel momento y en ese no pasa nada que hay que levantarse y volver a empezar. Aunque no pudieran evitar un amago de tristeza cuando al pasar junto a la puerta de tu habitación volvieran a escucharte seguir vagando por la soledad de otras noches sin estrellas.

Compartir el artículo

stats