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Vicente A. Montes Álvarez

Techo

Aunque sé que alguna otra vez aludí a este asunto, vuelvo a hacerlo. Se encoge el ánimo cuando una señora de unos cincuenta años llama a esa puerta que todos los polesos de buena voluntad hacen posible que se abra todos los días para quienes no tienen otra puerta donde llamar. Viene a solicitar ducharse y que se le dé algo de comer. Y como en esa casa se debe ofrecer algo más que la ayuda material, se establece una conversación en la que uno se interesa por cómo está, qué dificultades extraordinarias tiene, qué se le puede dar de lo que se dispone ... y siempre, como otras muchas personas sin hogar, con mirada entristecida dice que si tuviese un lugar donde dormir, que el saco de pernocta que le entregamos aunque protege la mayoría de las noches no es suficiente; cuenta sus temores de que alguien en la noche... y vuelve a repetir que si tuviese un sitio donde dormir... cuenta sus dolencias cardiacas, la hipertensión que padece y que con la vida que lleva... y no lo cuenta para suscitar conmiseración sino para compartir inquietudes. Le decimos que no sabemos de nada donde pueda pasar unas noches aquí en la Pola. Recoge sus cosas para marchar y nos pregunta si le podemos entregar unas mascarillas. Hablamos de rezar y dice que rezará por nosotros y que tal vez vuelva el próximo jueves. Y yo solo sé contarlo porque espero que al contarlo, alguien con capacidad pueda poner las bases para que en esta estupenda villa se pueda hacer un “albergue” para quienes solo tienen el cielo por techo.

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