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Ricardo Junquera

Los silencios de la Navidad

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Sí, todos lo sabemos. La Navidad que entre todos hemos fabricado es un conjunto de bullicio, ruidos y luces; de prisas, de urgencias para llegar a no sabemos dónde. Pero no, no quiero hablar aquí de eso, de todos esos mensajes, tan ciertos, acerca de que hemos mercantilizado la Navidad, de que la hemos convertido en una fiesta de comercios y de banquetes, y que además durante la navidad todos somos más buenos que el pan. También todos sabemos todo eso y es lo que hay.

Con los años cumplidos y la parte de vida que ya he caminado, para mí, como para muchos otros, la Navidad se ha convertido en el único momento del año en el que puedes conseguir una reunión familiar, en mi caso con nuestras tres hijas, que cada una ya anda por su mundo; solamente por eso creo que vale la pena vivir el período navideño. A partir de ahí, que cada cual muestre su entusiasmo como lo vea más conveniente, que eso es cuestión de cada uno. Pero eso sí, si lo que quieren, por un decir, es ver lucecitas y esas cosas, les digo que no es preciso que hagan un viaje a Vigo o similares; simplemente dense una vuelta en coche, por ejemplo, por la carretera carbonera y fíjense en las casas cercanas, o entren en Pola por donde el Parque de la Luz. Lo van a flipar en colores. Este año nos salimos. En todo caso, y siempre, valen más las luces de una Navidad que las velas de una pandemia. Nunca sobra un poco de alegría; nunca.

Pues ya digo que de lo que aquí quiero hablar es de otra cosa: de los silencios de la Navidad, escrita con mayúscula. Casi todo lo más importante que nos pasa en la vida se produce en silencio. Y el hecho que se celebra en Navidad, seas creyente, como es mi caso, o no lo seas, lo cierto es que fue un hecho histórico, tan histórico que los años de nuestro calendario se cuentan desde él, que se produjo en silencio, casi a escondidas.

Y cuando imagino el silencio en el que debió de producirse aquel nacimiento, imagino también el silencio de los pasillos de hospital en esas mismas horas en las que fuera todo es ruido y algarabía, y en los cientos de dolores y de esperanzas y de cuidados que hay tras ese silencio. Y en el silencio de ese padre o de esa madre que hace poco han perdido a los suyos, y se levantan unos instantes de la mesa y se van a un aparte a dejar salir alguna lágrima sin que se les vea, para después volver a sentarse con sus hijos, procurando que en esos momentos de vida familiar nadie note que han llorado. Y en el silencio también de los que tienen una mala noticia que dar, pero que como pueden esconden en su interior para que nada enturbie esos ratos compartidos de la Navidad. O en el silencio también de esos padres o de esas madres, o de ese pariente, o de ese amigo, que se han quedado en sus habitaciones del centro geriátrico o solos en sus casas, esperando que alguien los llame o pase a buscarlos para ir a cenar, pero nadie llamó ni pasó, que Dios mío eso ocurre y ocurre. Y todos estos son silencios cercanos a nosotros, muy cercanos. No habría sitio para enumerar los silencios un poco más lejanos que sufren los que no han tenido la suerte de nacer donde nosotros hemos nacido.

Dicen que la única entrada a la Basílica de la Natividad es una portezuela pequeña, que para entrar hay que hacer un esfuerzo y agacharse. Supongo que también haya que pasarla en silencio. En el silencio de todos esos atronadores silencios que sí son la auténtica Navidad.

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