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La bien contada, en versos

Para celebrar el premio de las Letras a Adam Zagajewski se exhiben poemas en los escaparates de Oviedo

en la mesa de clarín. IRMA COLLÍN

Oviedo, la bien contada, está tan mal escrita como cualquier otra ciudad.

Del barrio al centro es realismo sucio: Se alquila, se vende / Cerrado por jubilación / Entrada y salida de camiones / Local climatizado / Disponible / Vendo plaza de garaje / Ático, exterior 125 metros cuadrados / El servicio de terraza se abonará en el momento / Nos hemos trasladado / Prohibida la venta de alcohol a menores de 18 / No aparcar, avisamos grúa.

De la crisis se sale en otra parte.

Hay lotería de Navidad.

Oviedo, la bien contada tiene poca rima. Gerardo Diego publicó y luego escondió ese poema a la mocha torre de la Catedral que empezaba: "Nunca supe lo que es miedo / Soy de Oviedo". Una rima oída en San Fermín reincidía en sentido menos heroico y más erótico: "Tengo una novia en Oviedo / que jode de miedo".

La Fundación Princesa de Asturias festeja el premio de las Letras al poeta polaco Adam Zagajewski con carteles en los que va un texto suyo de "En la belleza ajena" y, más grande, versos de otros vates. Peritos en lunas como el Miguel Hernández primero y gongorino, obreros para los que la luna es un instrumento de trabajo, como el Pedro de Silva segundo y prepresidencial, los poetas han asaltado la luna de los escaparates. Poesía gratis en bajos comerciales.

En el bar de casa dice Emily Dickinson que "El agua se prende por la sed, / la tierra, por los océanos atravesados, / el éxtasis por la agonía, / la paz se rebela por las batallas / el amor, por el recuerdo de los que se fueron / los pájaros, por la nieve". Jesús, que además de hostelero es poeta galante en wasap, se fascina: "¡Qué palabras, qué palabras!". Al lado, la oda a la paz o, al menos, al desarme, ese menú que gastronómicamente rima consonante: Garbanzos con bacalao y espinacas / callos / arroz con leche y frixuelos.

Hay poemas en pastelerías, pero es más por la princesa que por los poetas. Con dulce se hacen letizias, princesitas, bizcocho imperial pero nunca pastel de cabello de Ángel González, poeta.

El lector voraz ojea la ciudad y encuentra un poema bien calzado en la zapatería: "Lecho de roca", de Paul Auster, también premiado. En las perfumerías -pese a lo jardinero que fue el modernismo- hay un fragmento del "Soneto del vino", de Jorge Luis Borges: "En la noche del júbilo o en la jornada adversa / exalta la alegría o mitiga el espanto / y el ditirambo nuevo que este día le canto / otrora lo cantaron el árabe y el persa. / Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia / como si ésta ya fuera ceniza en la memoria". Va por los que aman el vino, muchos más pero tan fieles como los que aman a Borges hasta apreciar sus versos.

No hay poesía para los jóvenes en toda la calle del Rosal y eso hace pensar en las ausencias. No he visto versos en oficinas bancarias, aunque la fundación esté llena de patronos banqueros y Antonio Gamoneda haya sido alto bancario. Del poeta galardonado se cuelga "Verdad": "Conocerás el destino / y crecerá tu paz al acercarse la noche / Y al ir sabiendo que la vida es / una inmensa y profunda compañía".

Tampoco encuentro versos en las lencerías, pese a toda la intimidad que pueden contener de forma delicada la poesía y la ropa interior, ni en las tiendas de trajes de novia, ni en las de tatuajes, ni en las peluquerías, ni en las ferreterías, ni en las lavanderías automáticas que parecen lavar más de lo que parecen, ni en las jamonerías, ni en pilates, ni en la inmobiliaria, ni en el gimnasio, ni en Zara, ni en Berska, ni en Stradivarius, ni en Bimba ni en Lola?

¿Se ve poesía en las ópticas?, dices clavando tu pupila azul en mi pupila. No. Ni Li Po ama el monte Tong en el bazar chino, ni he visto un haiku en un restaurante japonés, ni un místico en la puerta de la iglesia. En cambio, en la farmacia donde no vendían prosaicos condones regalan la improvisación de Zagajewski: "Hay que hacerse cargo de todo el peso del mundo / y hacerlo ligero, soportable, / echarlo a la espalda / como una mochila y ponerse en camino?".

En la agencia de viajes, Pablo García Casado imagina un destino: "Hace tres días que todos los días son sábado por la mañana / acaricio el pomo de la puerta la idea de tenerte para siempre". Ya de retirada, a la puerta de un café, Jaime Gil de Biedma nos recuerda "que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde / como todos los jóvenes, yo vine / a llevarme la vida por delante. / Dejar huella quería / y marcharme entre aplausos, / envejecer, morir, eran tan sólo / las dimensiones del teatro. / Pero ha pasado el tiempo / y la verdad desagradable asoma: envejecer, morir, / es el único argumento de la obra".

Invita a beber para olvidar la razón que contiene o para recordar al alcohólico poeta.

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