29 de marzo de 2020
29.03.2020
La Nueva España

Carta de un hijo a su padre, fallecido por coronavirus: "Te recordaré siempre"

Un hombre narra las últimas horas que pasó junto a su familiar en el hospital y el clima de tensión con el que trabajan los sanitarios

29.03.2020 | 18:31
Carta de un hijo a su padre, fallecido por coronavirus: "Te recordaré siempre"

Juan Ángel García ha sido testigo directo de la dura batalla del personal sanitario frente al coronavirus. Una batalla que califica de desigual, en la que, asegura, faltan medios para atender en condiciones a todos los pacientes. Este es su testimonio sobre cómo ha vivido las últimas horas que pasó junto a su padre y el clima de tensión en el hospital en plena pandemia.

La carta íntegra


Soy un joven nacido en Alicante, tengo 36 años y soy hijo de un hombre de 74 años con patologías graves muerto por neumonía a causa del coronavirus, lo que le provocó una insuficiencia respiratoria el lunes, 23 de marzo, en el Hospital General de Alicante.

Escribo esta carta con una mezcla de pena, rabia, dolor, crítica, alivio y desahogo por todo lo que he vivido en las últimas 24 horas. Expongo el caso de mi padre, porque lo necesito, porque lo tengo dentro de mí y creo que de alguna manera me aliviará escribir lo vivido.

Eran las 02.30 horas del domingo, 22 de marzo de 2020, cuando mi padre fue recogido en su casa a través de una llamada al 112. Se encontraba muy mal, con dificultades respiratorias y con una flojedad generalizada en todo su cuerpo, no tenía fiebre y no tenía tos. Mi madre, que era quien vivía con él, se asustó y llamó a un vecino, y viendo la situación en la que se encontraba mi padre, llamaron al 112 quienes lo recogieron y directamente lo llevaron al hospital y fue ingresado.

Una de mis hermanas me llamó informándome de la situación y de que a mi me padre se lo llevaban en estado grave al hospital. No lo dudé y fui a casa de mi madre saltándome, evidentemente, el estado de alarma recogiendo a una de mis dos hermanas y llegando a casa de mis padres al poco tiempo.

Una vez en la casa, me negaba a quedarme allí con una de mis hermanas y con mi madre, esperando una llamada del hospital y no acudir a Urgencias. No podía estar allí y dejar a mi padre sólo en el hospital y no estar algún familiar en la sala de espera de Urgencias. Me acompañó uno de mis cuñados y una vez allí estuvimos cerca de una hora esperando hasta que uno de los médicos que lo atendió acompañado de alguna sanitaria me expuso la situación de mi padre de una manera muy clara. Poco antes de salir el médico, una auxiliar me dio los objetos personales que tenía en una funda de papel. Dentro de la funda había una bolsa de plástico. En su interior había una cadena con una medalla y una pulsera, junto con su tarjeta sanitaria, que directamente abrí (es posible que de manera inconsciente ) y me puse en mi cuello y en mi muñeca derecha y ahí van a estar hasta que me vuelva a reunir con él.


Juan Ángel García Carpintero


El doctor, con mucho tacto y sensibilidad, me dijo: «Tu padre está muy mal, tiene un problema respiratorio grave». No me habló en ningún momento de que el problema viniera derivado del coronavirus. Aunque era una posibilidad grande de que así fuera, aunque no tuviera ninguna sintomatología hasta esa madrugada. El doctor me argumentó, que la analítica había salido mal, que iban a intentarlo todo para mantenerlo con vida. Me dolió que me dijera que no lo iban a meter en la UCI. El motivo que me dio fue que no lo metían en la UCI por el riesgo que suponía entubarlo y el sufrimiento que podía causarle. Esto me sonó a una excusa médica. Yo le pregunté que si era posible que se muriera en horas. La respuesta ya la sabía, era un sí rotundo.

Mi padre era diabético desde hace muchos años, operado de corazón hace 20 años, operado de cáncer de próstata hace 3 ó 4 años, una retinopatía también desde hace muchos años y alguna patología más que posiblemente no recuerde, pero quería vivir y tenía todo su derecho a luchar por ello.

Mi conclusión, en silencio después de ese primer contacto con el médico principal y a la espera de poder verlo, era que mi padre iba a morir, lo que veía en parte lógico debido su estado. Lo que más me dolió es que no iban a luchar porque se salvara, ¡¡¡por lo menos intentarlo!!! Lo descartaron, lo apartaron.

Lo subieron a una planta y le dejaron el oxígeno puesto, yo escuchaba desde fuera de la habitación jadear a mi padre y al médico decirle que tranquilo. Una de las enfermeras recuerdo que me dijo que me apartara de la habitación porque me estaba viendo sufrir escuchándolo desde fuera.

Pasados 15 ó 20 minutos pude entrar a verlo. Eran aproximadamente las 05.00 horas. Entré y me quedé con él hasta que me dijeron que me fuera. Eso me lo dijeron a las 19.45 horas de la tarde.

Es decir estuve cerca de 15 horas con él en la habitación, sin apartarme de la cama, viéndolo sufrir y luchar por vivir.

Únicamente salí a las 14.30 a recoger la comida que me preparo una de mis hermana que vive al lado del hospital. La recogí y volví a la habitación con mi padre al poco tiempo. Después de estar con él, no pasó nadie a verlo hasta las 10 de la mañana. Es decir pasaron 5 horas sin que nadie fuera a verlo.

Únicamente a las 7 de la mañana una enfermera asomó la cabeza por detrás de la puerta sin hacer ruido y sin llegar a entrar en la habitación, preguntó: ¿está más tranquilo?». También me dijo que apagáramos la luz. Yo recuerdo que le pregunté a mi padre si quería que apagara la luz y me dijo que no. Lo que hice fue apagar la luz principal y dejar encendida la del baño con la puerta abierta. Ya había amanecido, pero teníamos las persianas de la habitación bajadas.

Yo, que estaba despierto viéndolo luchar por vivir cogiéndolo de la mano y viendo el monitor de la frecuencia del respirador, veía como bajó de 54 a 33 por minuto. Esa era la horquilla. Era lo único que podía hacer.

Seguía estando muy grave pero cuando yo veía que subía la frecuencia y el jadeo iba a más le susurraba a mi padre que tranquilo papa, tranquilo, tantas veces fueran necesarias hasta intentar que le frecuencia bajara a 33 por minuto que fue lo mínimo que yo pude ver en las casi 15 horas que estuve a su lado. Cuando bajaba a 33 me relajaba algo y me sentaba en el sillón, siempre orientado para poder ver la frecuencia de respiración por minuto en el monitor. Llegué en algún momento a pegar alguna cabezadita, fruto del cansancio y de la tensión.

A las 11.15 horas de la mañana del domingo, pasadas 7 horas del ingreso, vino otro médico, era el que estaba de guardia este domingo. Una hora antes vino una enfermera y le tomó la temperatura. No tenía fiebre.

Este doctor fue muy rotundo: «las placas del pulmón, me dicen que seguramente sea coronavirus». No me lo podía confirmar porque las pruebas llegarían a lo largo del día. Pero lo veía muy claro.

Me pareció duro como delante de mi padre, que estaba con ventilación pero era consciente, me dijo que a mi padre no lo podían ayudar de la mejor manera, que la UCI estaba a tope, que anoche tuvieron 7 casos, estaban colapsados y estaban dando prioridad a otros pacientes con más posibilidades de vivir.


También me dijo que iban a hacer todo lo posible. Era ilógica la argumentación y para mí le faltó sensibilidad a la hora de darme la noticia.

Después de irse el doctor, recuerdo que mi padre me preguntó si tenía el virus o no, realmente no recuerdo si le dije que sí o no. Sólo le decía que todo iba a salir a bien y que luchara, que toda la familia estábamos con él. Le daba ánimos de mi madre y de mis hermanas.

Yo empecé a hundirme y a rezar que diera negativo la prueba y pudiera aguantar vivo sabiendo que era la esperanza y no la realidad lo que me hacía pensar así.

Una de las cosas que más me llamó la atención fue que a mi padre lo atendieron pasadas la 13 horas del medio día para cambiarle las sábanas y el pañal, porque iba sondado, y cosa que hicieron de manera muy profesional y con mucho mimo, lo que me enterneció y me puso muy triste e hizo que se me saltara alguna lágrima. Recuerdo a una enfermera diciéndome que no me tocara la cara para secarme las lágrimas. Lloré muy poco en la habitación. Estaba en máxima tensión.

No era momento de llorar, era momento de luchar, seguía vivo.

La pena fue que a mi padre, a lo largo de toda la mañana, lo notaba frío. Estaba sin vestir, desnudo, únicamente con un pañal que no estaba bien puesto y una sábana que apenas lo cubría. Una de las máquinas a la cual estaba conectado, estuvo pitando cerca de 20 minutos porque no tenía batería y yo llamaba y llamaba pidiendo que por favor fueran a atenderlo y no lo hicieron.

Le tuve que tapar yo con las prendas que tenía mi padre y la máquina dejó de pitar porque lógicamente se quedó sin batería.

Salí al pasillo y la contestación de una de las sanitarias fue que no podía hacer nada. Había un orden de atención y mi padre era el último. Se me revolvió el estómago.

Cuando entraron, la máquina ya no funcionaba ni cargaba, y no había más máquinas, con lo cual dejó de estar monitorizado. Seguía teniendo el aire, pero el otro monitor no. Le trajeron la manta y una almohada que una de la sanitarias se dio cuenta que no tenía. Y el día siguió, él luchando por vivir y yo a su lado susurrándole, «tranquilo papá, tranquilo». Seguía dándole muestras de ánimo de toda la familia. No sé si realmente me escuchaba, pero con la cabeza me decía que sí.

También me pidió a lo largo de la mañana, con un hilo de voz muy flojito, varias veces agua, porque tenía la garganta seca por la ventilación a la que estaba conectado. Yo, evidentemente, se la di como pude, con una cañita que tenía de un brik, 3 ó 4 veces por lo menos a lo largo del día.

En las 15 horas que estuve con él, ninguna sanitaria le ofreció agua y no se molestaron en tomar medidas para salvarlo. Estaban haciendo un chequeo básico. No las culpo, estaban saturadas, quizás no sabían ni qué hacer, o sinceramente, aunque me duela decirlo, ya no había nada más que hacer.

Se les notaba en la cara y en los gestos la tensión que estaban soportando. No por mi padre, sino por la situación que estan viviendo en general. Únicamente cuando le dieron la medicación ( 5 ó 6 pastillas ), le desconectaron el aire durante 3 ó 4 minutos. Entre la enfermera y yo le metíamos la pastillas en la boca de una en una. Empezó ella y acabe yo dándoselas, dándole agua para que pudiera tragarlas.

Las sanitarias le cambiaron los goteros que tenía, creo recordar que un par de veces, le tomaron una vez la temperatura y le hicieron una vez la prueba de azúcar.

Sinceramente pienso que con esas medidas no estaban luchando por salvar a mi padre. También recuerdo que le tenían que pinchar algo en la muñeca, recuerdo que le dijo a mi padre: «esto te va a doler». Mi padre ni se inmutó con el pinchazo.

Era algo que creo tenían que pincharle en la arteria. La chica lo pincho en la vena. Creo que se equivocó. Llamó a otra auxiliar o enfermera para que fuera porque no sabía si lo había pinchado en la arteria o en la vena. Fui yo el que le aguantó el algodón a mi padre. Lo triste fue que le pinchó en la vena, porque apenas sangró una gota y allí ya no fue nadie ni a rectificar ni nada. Fue un error humano y así se quedó. Esquivaban mis preguntas.

A las 4 de la tarde, entró un sanitario y esto fue una de las cosas que más me llamó la atención. Le pregunté si se sabía algo del resultado de la prueba y me contestó de una manera que me dejo en shock. Mirándome a la cara me dijo que era la primera vez que trataba con alguien con la patología de mi padre. Que era la primera vez que se ponía los EPI. Que no sabía como tenía que actuar. Que su departamento era otro y él estaba preparado para hacer otras cosas. Que los que tenían que estar allí con mi padre no estaban, dándome a entender de una manera clara sin decírmelo, que los que especialistas en esa enfermedad no estaban en esa planta y no había nadie intentando salvar la vida de mi padre. O si los había, eran pocos, con lo cual mi padre estaba desatendido por especialistas.

Los auxiliares y sanitarios que había en el turno, se dedicaron a cambiar los goteros cuando tocaba, y una vez tomarle la temperatura y pincharle para la prueba de la azúcar. Poco más. No los culpo por eso. Hicieron todo lo que pudieron, pero no era suficiente.

No estaban preparados para tratar esa patología en la situación grave en la que se encontraba mi padre y lo más importante para mí, no estaban tomando las medidas que mi padre necesitaba para poder seguir viviendo. Ellos no tenían la culpa.

Me llamó la atención también que este hombre me dijera que los goteros que había puesto por la mañana la chica auxiliar que me dijo que mi padre era el último en atenderlo estaban mal regulados. Necesitaba un goteo más rápido del que puso.

Puede parecer una tontería, pero es un síntoma más del estrés laboral y la gran presión a la que están sometidos los sanitarios, que no les permite realizar correctamente su trabajo o simplemente un error humano. No la culpo por ello. Después de hablar con este hombre, pasé la tarde con mi padre haciéndome a la idea de que más tarde o más temprano vendrían con los resultados.

Nadie me informó absolutamente de nada. Parecía que sólo era el médico principal ese que vino a las 11 de la mañana el que me tenía que informar y nunca más volví a hablar con él. Tuve yo que escuchar acercándome a la puerta, desde el exterior no recuerdo si al celador o alguna sanitaria, que a dos pacientes, mi padre y otra persona que también estaba en la misma planta, los cambiaban de planta y de habitación. Yo sabía que si lo cambiaban era por el resultado de la prueba. Salí al pasillo y le pregunté a una auxiliar que había, que si se lo llevaban porque era positivo, y sin mirarme a la cara y sin tener un poco de tacto o una mínima prueba de cariño, me dijo que sí, me cruzó la cara y se fue. Eso me dio mucha rabia e impotencia. No por el sí, porque era evidente, sino por las formas.

Acompañé de nuevo a mi padre a otra planta del hospital junto con un celador empapado de sudor y muy amable y cariñoso, allí estaban llevando a los pacientes positivos, eran las 19.45 horas. Fue cuando una de las auxiliares que había en la planta me dijo que allí no podía estar. Fue mi último contacto con mi padre. Le toqué la mano y le dije por última vez, que luchara y que lo quería mucho. El asintió con la cabeza. Él no quería estar en esa planta, tenía una mala experiencia de hace ya unos años cuando también se puso malito por otro asunto y me decía que no quería ir allí. No había otra opción. Estaba hundido. Llegué al rellano de la planta principal, antes de salir a la calle, y por primera vez empecé a llorar desconsoladamente. Sabía que mi padre se iba a morir pronto. Lo intuía.

Coincidió mi salida del hospital con las 20 de la tarde, hora de aplaudir a todos los sanitarios. No pude hacerlo. No me salía aplaudir. No tenía ni fuerzas ni ánimos. Había dejado de creer en ellos.

Me fui a mi casa directamente. Hablé con varios amigos por teléfono. Ya estaba roto de dolor, pero todos intentaban darme ánimos.

Toda esa fuerza y ese ánimo que le estaba dando a mi padre despareció. A las 01.00 horas me llamó mi hermana diciéndome lo que no quería escuchar. «Tete, el papá ha muerto».

Había fallecido poco después de las 12 de la noche, 4 horas después de irme yo. Cogí mis cosas y me volví a casa de mis padres. Lo que pasó después fue estar con mi madre y con mi hermana. Llorando la muerte de mi padre. Había descansado y había dejado de sufrir. Era mi único consuelo.

Yo estaba agotado mentalmente. Me quedé profundamente dormido hasta la mañana del día siguiente, cuando ya empezó toda la familia y amigos a darnos el pésame.

Esa mañana se me hizo muy dura, viendo a mi madre, a mi hermana y a mí hablando con todos, esbozando lloros desconsoladamente. Lo normal cuando se muere algún ser querido. Me dio mucha rabia el no poder velar el cuerpo de mi padre en el tanatorio. Directamente lo iban a enterrar a las 17 de la tarde. No había consuelo alguno. Solo hubiera pedido una minuto. Poder verlo o tocar el féretro, algún tipo de contacto. No pude.

Fue triste llorar la muerte de mi padre siete personas, mi madre, mis dos hermanas, mis dos cuñados y mi sobrino. Sin poder tener contacto entre nosotros. No podíamos ni darnos un beso ni darnos un abrazo para aliviar la pena. Es una de las cosas que me voy a llevar conmigo y de las más dolorosas. Me queda únicamente un sentimiento, no sé si bueno o malo, que estuve con mi padre todo lo que pude. Hasta que me dejaron estar, estuve con él. Me sacaron de la habitación. No pude ayudarlo, solo acompañarlo. Eso fue lo que hice.

ETERNAMENTE. ¡TE QUIERO !

Posdata: Enhorabuena a todos los sanitarios que os estáis dejando la piel, pero sois pocos y con pocos recursos y la consecuencia es que no podéis atender a todo el mundo de la manera en que se merecen.

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