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López Otín: “La pandemia es la oportunidad para no creernos esclavos del tiempo”

“No me parece que hayamos aprendido tanto para que nos cambie, y si llega pronto la vacuna, tal vez hasta nos olvidemos”, asegura el bioquímico

El catedrático de la Universidad de Oviedo Carlos López Otín. | L. Murias

El catedrático de la Universidad de Oviedo Carlos López Otín. | L. Murias

El científico Carlos López Otín, investigador del genoma humano y del envejecimiento, duda de que la pandemia de coronavirus nos haga cambiar aunque opina que puede ofrecernos la oportunidad de abandonar la falsa idea de que somos “esclavos del tiempo”. En una entrevista telefónica, el catedrático de Bioquímica de la

El investigador explica que el SARS-COV-2 es un virus natural surgido por su adaptación a humanos y, aunque no es especialmente agresivo, sí sorprende su alta capacidad de contagio. “Los hay peores”, puntualiza, y pide que se eviten las explicaciones no científicas.

En su opinión, buena parte de la situación que estamos viviendo se debe a haber perdido el respeto y la sintonía con el medioambiente. “Como no corrijamos la relación con la naturaleza, con la sociedad y con nosotros mismos, nuestra existencia dejará de ser el jardín de las delicias al que nos había predestinado una evolución biológica muy generosa”, vaticina.

Pero, además, la pandemia nos debe hacer pensar cuál es y debe ser la convivencia con el tiempo y “abandonar las falsas ideas” acerca de convertirnos “en esclavos de él”, señala el investigador, Premio Nacional de Investigación Ramón y Cajal 2008. El tiempo y la longevidad saludable son, precisamente, los protagonistas de su nuevo ensayo, “El sueño del tiempo”, publicado por la editorial Paidós y escrito conjuntamente con el prestigioso biólogo celular Guido Kroemer, en el que huye del elogio a la inmortalidad y a la eterna juventud para destacar el papel de la ciencia en extender, especialmente, la vida amenazada por la enfermedad.

El libro, que el propio Carlos López Otín desmenuzó en LA NUEVA ESPAÑA el pasado 29 de octubre, es la segunda entrega de una triología dedicada a las emociones y que comenzó el año pasado con “La vida en cuatro letras”.

“Si no cambiamos la relación con la naturaleza, nuestra existencia dejará de ser el jardín de las delicias”, explica Otín

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“Somos incapaces de reconocer que no tenemos talento, formación o recursos suficientes para satisfacer ambiciones exageradas y eso es vivir en desequilibrio”, sostiene, reflexionando sobre la angustia que genera la falta de tiempo.

Un tiempo que, aplicado a la vida, tiene un final irremediable. “El envejecimiento ya no es un proceso inalterable que hay que sufrir como una condena inapelable”, asegura en el libro. “Podemos envejecer con salud”, asegura, pero conseguirlo depende de nosotros mismos, de nuestro estilo de vida, en el que la obesidad, la malnutrición, el sedentarismo y el estrés juegan en contra.

Tampoco favorece un envejecimiento saludable la alteración de nuestros ritmos circadianos, al no respetar los ciclos naturales de luz y de oscuridad. “Estamos cada vez más desincronizados”, observa, a causa de la presión de una vida con urgencias, por alargar el día hasta la madrugada restando horas de sueño y por vivir conectados a dispositivos electrónicos. “La luz se hizo para apagarla y ahora parece que nunca se apague en nuestro entorno”, advierte.

López Otín es crítico con las promesas comerciales sobre la longevidad, muchas de ellas sin respaldo científico, y a ese respecto se muestra contundente: “En el momento que llega una enfermedad nos olvidamos de los sueños de inmortalidad”.

Sigue investigando en su laboratorio de la Universidad de Oviedo, en campos como la progeria o envejecimiento prematuro, después de pasar por un momento de crisis profesional y vital donde su trabajo fue cuestionado.

Tras recibir el respaldo de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de España y de otros ámbitos de la investigación, Carlos López Otín mantiene que sigue hacia adelante, a pesar de que “los daños del alma, como los genómicos, tampoco se reparan”.

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