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Pérez y Errasti: “No hay mujeres más mujeres ni menos mujeres que otras”

Los autores de “Nadie nace en un cuerpo equivocado” afirman que les acusan de tránsfobos quienes no son capaces de rebatir argumentos

José Errasti y Marino Pérez. | | IRMA COLLÍN

El libro “Nadie nace en un cuerpo equivocado (Éxito y miseria de la identidad de género)” (editorial Deusto) propone un análisis sobre la identidad de género y la teoría queer. Sus autores son Marino Pérez Álvarez y José Errasti. Pérez es catedrático de Psicología Clínica en la Universidad de Oviedo y Errasti, profesor titular de Psicología. La próxima semana se publica, no sin antes haber despertado ya expectación no exenta de polémica. El prólogo es de la filósofa Amelia Valcárcel. La obra aborda el tema desde las vertientes psicológica, filosófica y sociológica, fijándose en fenómenos como las redes sociales, la vida en la ciudad moderna, la publicidad, la infantilización de la universidad o los problemas actuales de la infancia y la adolescencia.

Como muestra: “Estamos en condiciones de afirmar que todo está al revés de cómo muestra la teoría queer. El espejismo queer presenta brotando del interior de la persona hacia la sociedad lo que en realidad son estereotipos sexistas procedentes de la sociedad que el individuo interioriza”. Este es el resultado de una larga conversación con los dos autores.

–¿Son ustedes tránsfobos?

–Es ridículo. Demuestra el nivel de deterioro del debate alrededor de este asunto. Se intenta defender que los profesionales contrarios al movimiento queer, individualista, neoliberal, irracional, estamos movidos por el odio que sentimos hacia las personas trans. ¿De verdad alguien se cree que estábamos un día tomando un café y dijimos “cuánto odiamos a las personas trans, escribamos un libro para acabar con ellas”? La acusación de transfobia es el recurso que utiliza el que no es capaz de rebatir los argumentos que se le están presentando. Se intenta entonces defender que no hay que permitir hablar al rival, ya que está movido por una tara emocional o por una intención malévola. Es la degradación absoluta del debate académico. “Tránsfobo, tránsfobo, tránsfobo”. No saben decir otra cosa. Cero argumentos. Lo oímos a todas horas. Pero no nos vamos a callar. Y cada vez más gente no se va a callar.

–¿Qué reclaman?

–Reclamamos una discusión pública sobre estas cuestiones, en donde todas las posturas acepten las normas del debate democrático, y nadie sea excluido apelando a odios inventados. Como profesores universitarios y psicólogos clínicos, queremos explicar por qué creemos que se están cometiendo graves errores alrededor de estas personas y presentar alternativas razonadas que conduzcan a un mejor afrontamiento de estos problemas emocionales. Trabajamos para la universidad pública. Hemos escrito el libro como parte de ese trabajo. Descalificar el libro apelando a motivaciones subjetivas imaginarias es impresentable.

–Para enterarnos bien. ¿Qué son las personas trans?

–Es un concepto muy oscuro. “Trans” es un prefijo, y la primera respuesta que viene a la cabeza es preguntar “¿trans qué?”. ¿Transexual o transgénero? Porque no es lo mismo. El feminismo de los años 80 dejó claro que no hay que confundir el sexo con el género, es decir, hay que diferenciar por un lado la función reproductiva, y por otro todas las construcciones culturales, sociales e ideológicas que se tejen alrededor de tal función para perpetuar relaciones de poder. Esto implicaba tener una visión crítica del género y luchar por su abolición. Pero la teoría queer le ha dado la vuelta a la tortilla. Ahora se vuelve a confundir el sexo y el género. Y el género ha pasado de ser una herramienta de opresión a ser una esencia interior autogenerada que define quién eres. Es una barbaridad. Hemos llegado al machismo y la misoginia de toda la vida, pero por la espalda. Si confundimos sexo y género, ya no hay personas transexuales y personas transgénero, sino personas trans a secas, y no sabemos si la persona rechaza la condición sexual de su cuerpo, o si rechaza los estereotipos sexuales de su sociedad y momento histórico. Ahora el género es un sentimiento.

–Explíquense.

–Sí. Todo es un sentimiento. La nacionalidad es un sentimiento. La ideología política. La edad. Y el género lo que más. Lo llaman “identidad de género”, aunque nadie sabe qué significa “identidad”, sólo saben balbucear metafísica barata. La idea progresista de igualdad implicaba que Fulano ha de ser igual que Mengano en derechos, acceso a la educación, condiciones de vida... En el caso que nos ocupa, implicaba la igualdad de derechos, salarios, educación, etc, de varones y mujeres. Pero esta idea progresista de igualdad degenera en la idea neoliberal de identidad. Ahora Fulano ya no tiene que ser igual que Mengano, sino que tiene que ser igual a sí mismo. ¡Como si Fulano pudiera no ser Fulano! De tal forma que debes dedicar la vida a que tú seas tú, a que tu yo externo se iguale con tu yo interno. Y ya te imaginas lo que es tu yo interno, ¿no? Pues qué va a ser: sentimientos. Estamos en una disneycracia.

–Las personas transgénero existen. Es un hecho.

–Por supuesto. Es evidente. ¿Cómo no van a existir personas que no se ajustan a los estereotipos sexuales, es decir, al género que culturalmente va a asociado a su sexo? Por ejemplo, cualquier mujer que rechace el papel de sumisión asociado a su sexo sería una persona transgénero, pero eso no las convierte en varón. Hasta ahí podríamos llegar. Nadie es ni el príncipe ni la princesa de los cuentos. Todos estamos en medio. Sin embargo, el transactivismo no llama “transgénero” a las personas que retan la sumisión o la agresividad o la educación asociadas a su género, sino a aquéllas que retan la ropa, el maquillaje o el calzado. ¿Por qué es transgénero Samantha Hudson, pero no lo es Margarita Salas si retan por igual sus respectivos estereotipos sexuales? Pues porque Samantha Hudson pide que usen con ella pronombres femeninos y Margarita Salas no pide que la traten en masculino. Qué banalidad.

–¿Y las personas intersexuales?

–No están entre los sexos. El sistema reproductor humano presenta variantes anómalas de nacimiento en un pequeño número de casos. Le pasa a todos los sistemas corporales humanos. Hay más de cuarenta variantes conocidas de intersexualidad, pero es imposible ordenarlas de forma continua en una escala que tenga a una mujer no intersexual en un extremo y a un varón no intersexual en el otro. Una mujer con síndrome de Turner es tan mujer como cualquiera. No es un 90 por ciento mujer y un 10 por ciento varón. Y un varón con síndrome de Klinefelter es tan varón como cualquier otro varón. No hay mujeres más mujeres ni menos mujeres que otras mujeres. Lo mismo pasa con los varones. Los que defienden que el sexo –ojo, el sexo, no el género– es un continuo ¿pueden explicar qué función, qué ventaja evolutiva tiene un sexo continuo en relación a una reproducción fundada sobre el binarismo fecundación/gestación? ¿También en las demás especies animales el sexo es un continuo? ¿Hay perros que sean un 73 por ciento machos y un 27 por ciento hembras, aunque sea uno solo? El movimiento queer intenta desvalorizar la materialidad del sexo para intentar que sea el espejismo de la identidad de género lo que ocupe ahora su lugar. Y se apoya en una tergiversación conceptual de algunos fenómenos biológicos para conseguirlo.

–¿Cómo?

–Quieren que la M o la F que aparece en el carnet de identidad bajo la palabra “sexo” no se refiera a la condición reproductiva, sino a sentimientos. Pero ser mujer no es un sentimiento. Y necesitamos tener datos desagregados por sexos, no por géneros, para estudios educativos, laborales, médicos, de violencia... En el movimiento queer no distinguen su DNI de su perfil en Instagram. ¿Qué idea tienen de lo que es un Estado político? Deben de pensar que es como un centro comercial descomunal en donde siempre se ha de estar adulando al cliente y prometiéndole que todos sus deseos individuales y ensimismados serán cumplidos. Pero desde la izquierda un Estado se funda sobre una materialidad y una racionalidad común que todos compartimos. No hay subjetivismos que valgan.

–¿Es un error teórico, según ustedes, o tiene consecuencias prácticas preocupantes?

–Tiene graves consecuencias prácticas preocupantes, claro. Si sólo estuviéramos ante un error teórico, una imprecisión conceptual más o menos erudita, no habríamos salido de las aulas para contarlo en la plaza pública. Pero nos moriríamos de vergüenza si estuviéramos en clase defendiendo una visión política, material, progresista de la condición humana, y luego nos pusiéramos de perfil para no meternos en líos cuando estas cuestiones se desquician en la sociedad. O si defendiéramos que ante los malestares relacionados con el sexo y el género en la adolescencia hay que hacer una excepción en las reglas básicas con las que abordamos todos los demás de malestares emocionales.

–¿Cuáles son esas consecuencias del enfoque queer de la identidad de género?

–Recaen fundamentalmente sobre las mujeres y sobre los niños y adolescentes. El feminismo radical es, sin duda, el movimiento que ha plantado cara de forma más valiente a los dogmas queer, a pesar de las graves consecuencias personales que en muchas ocasiones han tenido que sufrir. Ya quisieran otros movimientos sociales contar con la entrega y la determinación que están demostrando las feministas. El feminismo siempre ha sido un internacionalismo, y la lógica performativa, identitaria y sentimental con la que ahora se intenta definir qué es ser mujer termina siendo una burla si ampliamos el horizonte y atendemos a la situación de la mujer en todo el planeta. No se ejerce la violencia contra las personas en función de su experiencia identitaria, sino en función de su sexo. Se podrán parchear legalmente absurdos como la participación de varones biológicos en las competiciones deportivas, o el ingreso de agresores sexuales varones biológicos en cárceles de mujeres, pero no se podrá evitar que el propio núcleo del feminismo se desvirtúe y con él toda su agenda. El generismo queer es un caballo de Troya, pero en él los griegos no van escondidos dentro, sino exhibiéndose descaradamente montados encima mientras nadie hace nada.

–¿Y los jóvenes?

–Mete miedo la forma acrítica con la que la escuela ha abierto sus puertas a esta ideología. No sólo eso, en la mayoría de las comunidades autónomas existen protocolos de actuación en los centros educativos que obligan a los profesores a estar atentos, por si algún alumno presenta de forma repetida conducta impropias –abrimos comillas– del sexo que se le asignó al nacer en función de sus genitales –cerramos comillas–. Resulta difícil mantener la calma en estas cuestiones. ¿A qué puñetas se pueden estar refiriendo? Si Juan se hace muchos selfies con sus amigas poniendo morritos, ¿de verdad hay que valorar la posibilidad de que Juan sea una chica a pesar de su cuerpo masculino? ¿Cómo es posible que estos reglamentos se hayan aprobado de forma completamente desapercibida para la opinión pública? Mejor dicho, ¿de qué otra forma podrían haber sido aprobados estos reglamentos si no pasando completamente desapercibidos para la opinión pública?

–Hablemos de la adolescencia y disforia de género de inicio rápido.

–El problema más grave de todos. En medio de esta empanada conceptual, de la apoteosis de la irracionalidad queer, empieza a observarse un ascenso espectacular –del 2000%, del 3000%, del 5000%– de casos de adolescentes, muy mayoritariamente chicas, que afirman haber descubierto que son del sexo opuesto al que señalaría su función reproductiva, y que reclaman poder iniciar una transición médica hacia su nueva identidad. Primero a través de bloqueadores puberales que impidan el desarrollo de los caracteres sexuales secundarios, luego mediante hormonación cruzada, y, por último, si fuera el caso, con el recurso a la cirugía. Estremece darse una vuelta por ciertas redes sociales y ver a menores exhibiendo con orgullo las cicatrices de sus dobles mastectomías. Es necesario investigar con urgencia los factores que están contribuyendo a este fenómeno, y que muy probablemente sean los mismos que caracterizan el resto de comportamientos adolescentes: el contagio social, la adhesión a discursos que se presentan como transgresores o los problemas de relaciones sociales en una época en donde se ha vuelto especialmente complicado y estresante ser una chica de quince años.

–¿Por qué?

–No se sienten atraídas por ser varones. Lo que no quieren de ninguna manera es ser mujeres. Hemos creado una sociedad tan agresiva, tan hipersexualizada desde la infancia, que mete tanta presión sobre las jóvenes, que un pequeño porcentaje de ellas huyen aterradas de su condición de mujer. Hay que investigar el papel que están desempeñando las redes sociales en la oferta de estas soluciones irreversibles a los atascos propios de esa edad en esta época. Afortunadamente algunas cosas ya están cambiando. Recientemente se ha formado una agrupación llamada Amanda, formada por madres de adolescentes aquejadas de este problema, que piden un estudio más minucioso y mayor prudencia antes de iniciar terapias farmacológicas agresivas. La agrupación está creciendo de forma extraordinaria en muy poco tiempo. Por cierto, lo que también crece casi tan rápido como los casos de los adolescentes que transicionan son los casos de los llamados “destransicionadores”, personas que se arrepienten de la transición realizada e intentan revertirla, lo que con frecuencia no es sencillo. El caso de Keira Bell –una joven destransicionadora que gano una demanda al Servicio de Salud Británico por haber aceptado su propia petición de una doble mastectomía– marcó un antes y un después en este asunto.

–Hay mucha gente a favor de este movimiento. ¿O no?

–Ni de coña. La inmensa mayoría de la gente no tienen información precisa de lo que está pasando, y asimila esta temática a otras que suenan parecidas, como las reivindicaciones de las orientaciones sexuales –lésbicas, gays, bisexuales– que obviamente apoyamos todos. El activismo trans ha conseguido que en el imaginario popular se confunda la identidad de género con la orientación sexual, siendo como son aspectos independientes. Pero en cuanto se informan un poco, la inmensa mayoría de la gente se da cuenta de que estamos ante un error monumental. Hemos quedado sorprendidos por la abrumadora reacción positiva a nuestro libro, la enorme cantidad de personas que nos han contactado para decirnos “ya era hora”. Explícale a la gente que una mujer lesbiana que no quiera realizar una felación sobre el pene femenino de una mujer trans es una persona tránsfoba, y pregúntale después si está de acuerdo.

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