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Zarzuela y aplausos a rabiar

La segunda entrega de la temporada de Teatro Lírico Español de Oviedo convence a nivel musical y escénico

Público durante la representación de anoche. | Miki López | LUISMA MURIAS

“El rey que rabió”, la zarzuela cómica en tres actos con libreto de Ramos Carrión y Vital Aza y música de Ruperto Chapí, fue la segunda producción que se presentaba al público dentro de la temporada de abono del XXIX Festival de Teatro Lírico Español, el segundo más longevo de España tan sólo por detrás del organizado por el Teatro de la Zarzuela de Madrid. Afortunadamente, la cuidada y preciosa producción (precisamente del Teatro de la Zarzuela), y el elevado nivel musical de todos los implicados, desataron los calurosos aplausos de los melómanos ovetenses que, lejos de rabiar, disfrutaron de la obra sin poder contener las carcajadas y la desbordante alegría que encierra esta inspirada partitura del compositor alicantino.

Ambientada “en un país de fábula” (si se me permite el guiño a la célebre romanza de Marola en “La tabernera del puerto”), la zarzuela está protagonizada por un ingenuo y caprichoso monarca que decide ir a correr aventuras dentro de su, aparentemente, idílico reino, donde los obreros ganan buenos jornales, la justicia es incorruptible y las ciencias y artes brillan por su adelanto. Pura fachada de una realidad con asfixiantes impuestos, descontento militar y malestar del pueblo maquillada por sus consejeros que están dispuestos a todo menos a dimitir. Este es el caldo de cultivo propicio para mordaces críticas contra los gobernantes que, ciento treinta años después, están más vigentes de lo que cabría esperar, para delirio de los asistentes que, a pesar de que a escasos metros se celebraba el concierto extraordinario de las Jornadas de piano “Luis G. Iberni”, llenaron el teatro Campoamor, señal inequívoca de la pasión por la zarzuela que existe en la ciudad y de la necesidad de ampliar el número de funciones, máxime en montajes tan cuidados y atractivos como este.

La escena, a cargo de Bárbara Lluch (quien también colaboró en “The Land of Joy”), se ajusta como anillo al dedo a esta trama fantasiosa, donde la división del espacio y el juego simbólico adquieren una dimensión especial que favorece por completo la dramaturgia. El rico vestuario y la iluminación contribuyen también a trasladar a los asistentes a un “cuento de hadas” del que, tras el final de la representación, cuesta despertarse para retomar la realidad.

En el aspecto musical, todos los intérpretes estuvieron acertados. El asturiano Jorge Rodríguez-Norton encarnó al rey, mostrando una gran solidez, mientras que su enamorada campesina, Sofía Esparza (muy aplaudida en la romanza “Mi tío se figura”), brilló con luz propia gracias al lirismo que desplegó en el rol de Rosa, con una voz bien timbrada y volumen siempre adecuado. El tercero en discordia dentro del triángulo amoroso es Jeremías (José Manuel Zapata) quien se metió al público en el bolsillo desde el primer momento por su gran comicidad. Los “marciales” David Menéndez y Alberto Frías (como general y capitán, respectivamente) fueron los “consejeros” que más lucieron en sus papeles. Otra “pareja de hecho” calurosamente aplaudida fue la formada por la carismática María José Suárez (María) y Sandro Cordero (Juan), sabiendo desempeñar sus papeles con mucho oficio y entrega.

La Oviedo Filarmonía sostuvo el reto de la partitura compuesta por Chapí y realizó un trabajo muy serio, guiada con pericia y determinación por la batuta de Virginia Martínez. La directora murciana manejó con excelentes resultados a la orquesta, extrayendo un sonido muy atractivo y cuidando el volumen en todo momento. Además, supo ajustar con precisión los veloces pasajes que salpican esta obra para una compenetración total entre la escena y el foso.

El coro de la “Capilla Polifónica ciudad de Oviedo” también tenía un hermoso reto por delante, pues sobre la formación vocal recae gran parte del protagonismo de esta zarzuela. Divididos, con mascarillas y sin demasiados efectivos, el resultado fue más que notable. Particularmente gracioso y bien ejecutado estuvo el célebre “coro de doctores”, con un perro de títere que dejó alguno de los momentos de mayor comicidad. Dos horas y media que sirvieron al público ovetense para reír a carcajadas con situaciones de rabiosa actualidad y para reconocer justamente el trabajo de todos los intérpretes.

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