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Cinco años sin “El Negro”, el ojeador del Sporting que descubría futuros futbolistas "hasta de espaldas"

Nació en Oviedo, era delineante de profesión y heredó el apodo en una curiosa historia surgida en el Veriña

José Fernández, "El Negro", en Mareo.

José Fernández, "El Negro", en Mareo. LNE

“La vida de él era el fútbol. Era ver siete u ocho partidos todos los fines de semana. Pero partidos de guajes, ¡eh!”. María de los Ángeles Peláez, Mari, no se cree todavía que hayan pasado cinco años desde que el corazón de su marido, José Fernández, “El Negro”, se paró para siempre. Tenía 79 años. Fue un 6 de mayo que dejó a Asturias huérfano de uno de los ojeadores más prolíficos del fútbol base, especialmente para el Sporting, club para el que trabajó durante 25 años. Veriña, Avilés, La Braña y Gijón Industrial también disfrutaron del innato talento para descubrir futbolistas de este ovetense criado en Gijón al que el histórico Enrique Casas le dijo: “Vas a ser mi aprendiz”. Acabó siendo uno de sus mejores herederos.

Cinco años sin “El Negro”

No le recuerdan en casa como un gran jugador de fútbol. La pasión no explotó por ahí. Sí hablan de “El Negro” como un buen entrenador en sus años de juventud. Especialmente, en el Veriña. Allí, dice Mari, su viuda, fue donde nació el apodo por el que José Fernández fue conocido en toda Asturias. “El tema fue que había otro coordinador antes que él que se llamaba José Manuel. A ési ya lo apodaban ‘El Negro’. Como marchó y quedó el mi José, que era también muy morenón como él, pues acabó heredándolo todo, el cargo, el mote y hasta el nombre, porque muchos siguen pensando todavía que su nombre completo es José Manuel y ye mentira”, detalla.

El hombre que echó el ojo a Abelardo o Villa, a futbolistas como Nacho Cases o Sergio Álvarez, llegó a Gijón con tan solo 4 años para estudiar en el desaparecido Enrique Cangas, donde se ayudaba a familias a las que la Guerra Civil había dejado sin alguno de sus miembros. “El Negro”, nacido “en una casa de piedra entre San Miguel de Lillo y Santa María del Naranco”, se había quedado huérfano de padre. No se movió de Gijón. Siendo un chaval conoció a Mari, “en el cine de La Calzada”, con la que tuvo dos hijos, Belén y Carlos. Ninguno le salió futbolero. “Tampoco los tres nietos”, añade su viuda.

Mari supo llevar como nadie a un paisano “cuya pasión era el balón y ayudar a los críos. Veía de espaldas a un guaje y ya te decía si iba a ser futbolista o si iba a crecer o quedar pequeñu. Y oye, acertó bastante”. Lo saben bien en el Sporting, donde permaneció durante su etapa más dorada. No acabó bien, reconoce Mari. “Él no tenía miedo a ser impertinente, iba de frente y decía las verdades a la cara, tanto para fichar como para decir que no quería a determinado jugador. Eso hubo alguno en Mareo que no le gustó y como él no se callaba, decidió marcharse”, apunta.

“El Negro” había entrenado en La Braña, Roces y Estudiantes además de los citados Veriña y Sporting, donde llegó a dirigir al Deportivo Gijón. Todo, compaginando con su trabajo. Delineante de profesión, empezó a trabajar en Industrial Alonso para después pasar por Moreda y la desaparecida Ensidesa, donde se jubiló. En ese camino cambió el mundo de los banquillos por trotar todos los campos de Asturias en busca de futuros futbolistas. “Muchas veces le propusieron ir a ver jugadores fuera, ir con el Sporting a viajes por Bélgica o por ahí. Nunca quiso. No le gustaba lo de viajar. Sólo recuerdo verle llevar a Madrid en coche a un crío que lo había llamado la selección. Y fue porque entonces teníamos al nuestro chiquillo haciendo allí la mili. Si no, no va”, recuerda su mujer.

Saco adelante a muchos futbolistas, pero Mari recuerda aún con más cariño a los que no llegaron a ser profesionales. “Ibes por ahí y todo el mundo lo saludaba, a todo el mundo conocía. Un policía, un panaderu... Y era porque todos lo conocían del fútbol”, concluye Mari. “El Negro”, por quien anualmente se celebra un torneo en su memoria en el campo del Gijón Industrial, sigue todavía vivo en el recuerdo de muchos.

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