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Shakespeare suma

Denzel Washington.

Es legítimo cuestionar que una nueva película basada en Macbeth realmente haga falta a estas alturas. En todo caso es cierto que su protagonista, a quien la ambición conduce al crimen y la locura, tiene pleno sentido si se lo considera en el grueso de la filmografía que Joel Coen ha construido junto a su hermano Ethan –esta es la primera ficción que firma en solitario–, repleta de conspiradores obsesivos cuyos planes siempre acaban fracasando de forma apocalíptica.

Quizá la más llamativa de las decisiones creativas tomadas por Coen sea la de situar al noble y a su esposa cerca de la vejez. La edad dota su afán de poder de urgencia y desesperación pero a cambio priva a la película de la lujuria asesina por el trono que ambos exhiben en el texto original, y que rima con la que sienten el uno por el otro. Pese a esto último, eso sí, Denzel Washington apabulla mientras sumerge al personaje titular en un torrente de sentimientos en conflicto, de la determinación a la furia al fatalismo. La película en su conjunto exhibe una energía similar a la del actor, evitando divagaciones e ignorando pasajes completos de la obra original con el fin de centrarse en su esencia, y haciendo saltar chispas dramáticas a través del contraste: es a la vez reverente y rebelde, precisa e impulsiva, fría como el acero y ardiente como el infierno, y saca partido a las raíces teatrales de su modelo pero también a todas la posibilidades expresivas que el cine ofrece. En ese sentido cabe destacar la estética magníficamente sombría y suntuosamente árida de Macbeth, vehiculada a través de una fotografía en blanco y negro y unas composiciones que evocan los presupuestos del expresionismo alemán. Coen sitúa su narración en un espacio de minimalismo impresionista formado por arquitectura brutalista, niebla constante y sombras tan afiladas que pinchan; cada imagen y cada sonido comunican tormento. Puede que eso, por otra parte, no impida que por momentos las palabras de Shakespeare corran el riesgo de funcionar como un mero andamiaje sobre el que la película completa un ejercicio de estilo. En cualquier caso, menudo estilo.

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