Opinión

Zapateros artesanos

Hace poco escribía sobre les madreñes y su importancia en el calzado de la aldea asturiana, y por asociación de ideas seguía pensando en el desarrollo de las distintas prendas para proteger los pies en el caminar y trabajo diario de nuestras gentes, hasta el cómodo, moderno y variopinto calzado actual, y recordé a los viejos zapateros de la Villa, eslabones de una cadena que, en proceso constante, lo hicieron posible.

Escuché muchas veces de niño y vi en los mercados de los miércoles, puestos de zapateros que decían de Noreña y que gozaban de gran fama, y no conocí, pero escuché y leí la vida y trabajo de los célebres zapateros ambulantes de Pimiango y Rivadedeva, los mansolea, expresión de su jerga compuesta por las palabras man, hombre, y solea, suela, hombre de la suela, que se entendían en su propio argot y recorrían desde la primavera al otoño Asturias, Santander, Vizcaya y Castilla, vendiendo el calzado que fabricaban durante el invierno, fabricando sobre encargo o arreglando calzado allí donde se lo demandaban.

A pesar de los conocimientos y habilidades necesarios para la fabricación o reparación de un buen calzado, un rico y elegante vestido, un buen carruaje o un rico y artístico mobiliario, los trabajos remunerados no eran de condición noble y, hasta finales del siglo XVIII, los oficios en los que se utilizaban las manos estaban mal vistos por las clases nobles  y las que detentaban el poder, y por supuesto tampoco tenían la compensación económica que requerían tan magníficos trabajos. Es Carlos III el que declara por Real Cédula  “que no sólo el oficio de curtidor, sino también los demás artes y oficios de herrero, sastre, zapatero, carpintero y otros a este modo, son honestos y honrados y que el uso de ellos no envilece la familia, ni la persona del que los ejerce, ni la inhabilitan para obtener los empleos municipales de la República en que estén avecindados los artesanos o menestrales que los ejerciten".

Los zapateros, al igual que otros artesanos se asociaban en Cofradías que ponían bajo la advocación y protección de algún santo o santa, la tutela de la Iglesia  era la única opción que tenían los distintos gremios para poder unirse y ejercer su función social y corporativa. En Oviedo, a finales del siglo XV, a los zapateros de la Cofradía de San Nicolás y Santiago,  el Consistorio les plantea un pleito por no realizar los juegos acostumbrados con motivo de la festividad del Corpus Christi en 1499, actividades que los zapateros no realizaron como protesta por unas ordenanzas que les afectaban. Los zapateros de Noreña, creo que estaban bajo la protección de San Crispín, y los de Pimiango de San Emeterio.

Desconozco si los artesanos zapateros de la Villa estaban asociados en alguna Cofradía, si sé que participaban en la procesión de Pascua de Resurrección con su estandarte y en el desfile con el resto de gremios artesanos.

Para los de mi generación, esa que llaman de la posguerra, los zapateros de la Villa, además de fabricarnos aquellas botas irrompibles,  eran nuestros grandes proveedores para construir un gomeru, nos facilitaban las tiras de goma que cortaban de la cámara de una rueda de bici, moto , coche o camión que hubiera sido desechada, badana y aquel cordel fino de cáñamo, que llamábamos bramante, y que untaban con unas bolas mezcla de pez, cera y sebo para hacerlo más resistente, nosotros solo teníamos que encontrar un buen forcau o recortarlo en una buena tabla de madera, y atar fuertemente las gomas a la badana y a la horquilla.

 El nombre del zapatero más antiguo de los que tengo constancia en Villaviciosa era el de Cambert, que llegó a la Villa con los ejércitos franceses de Napoleón y se quedó, formó familia e inició una saga de zapateros que llegó hasta el último tercio del siglo XX. Los llamaban los alemanes, por el color rubio de su pelo y los grandes mostachos que lucían, yo llegué a conocer al padre de Emilio Cambert, el último zapatero de la dinastía, y su gran mostacho blanco con ribetes amarillos, distintivo al que renunció su hijo Emilio. En su zapatería de la calle del Sol, tenía lugar una famosa tertulia de dos a tres de la tarde, integrada por comerciantes de la calle: Juaco el Mero, Pepe Oriyés, Pepe Luis Zaldivar, Ramón Venta, Andrés el de Macaria, Paco el de Marcelina la comadrona, Gabino el pintor y el propio Emilio Cambert que las sufría con gran estoicismo, y cuyas anécdotas, discusiones y reflexiones darían para más de un volumen.

A principios del siglo XX, hubo un famoso zapatero con taller en la parte alta de Santa Clara y  de apellido San Pedro,  al que todos conocían por  San Pedrín, que hacía también de practicante en el hospital , casado con la Lolita, partera que trajo a este mundo generaciones de villaviciosinos, y presumía  de que en su infancia madrileña, la reina Isabel II  la había cogído del cuello de su padre, que parece ser que ejercía algún trabajo en el palacio de la Plaza de Oriente, y la llamó bonita y le dio un beso.

Además de la zapatería de Cambert, en la calle del Sol estaba también la zapatería de Pablo Fisas, músico de la Banda Municipal, y afamado pescador, miembro de la Sociedad de Pesca Río Mar.

Una curiosidad,  común a todos los zapateros de Villaviciosa, era su afición a la pesca, todos eran avezados y consumados pescadores de caña.

Un poco más allá y en la misma calle del Sol, abre la única zapatería que queda actualmente en la Villa, la de Fon, o del Alfonso, tercera generación de zapateros que inicialmente tenían el taller en la calle Plácido Jove y Hevia. Fón es un excelente artesano, que aunque se especializó en calzado de montaña, hizo suya la máxima del famoso zapatero francés del tiempo de las cerezas y la Comuna parisina, Napoleón Gaillard, que quería que la construcción del zapato “fuera racional”, es decir, hecho para el pie, oponiéndose a la moda bárbara de ajustar el pie al zapato. Su discípulo Alfonso es  capaz de hacer los más elegantes, suaves y cómodos zapatos.

En la calle del Agua, estaba la zapatería de Luis García, ocupaba el bajo diminuto de la casa donde vivía Elena la de Maro, a Luis lo recuerdo como una de las personas más amables y buenas que he conocido, tenía una sordera muy acusada pero nunca escatimaba una sonrisa y una palabra cariñosa para cuantos pasaban delante de la ventanuca  de su taller.

Frente a Luis, donde hoy está La Fábrica de Chocolate, tenían taller de zapatería El Rápido y como ayudante a Luis el Pitu. El Rápido era un hombre menudo, madrileño, simpático, que nunca olvido la forma de hablar de los “gatos” y chulapos madrileños, y que no dejaba de enviar recuerdos a La Cibeles por cualquiera que supiera iba a Madrid. Era el único de los zapateros locales que no era pescador, quizás por su cojera, que le obligaba a llevar uno de los zapatos con alza.

A mitad de la calle del Agua, frente a la puerta de entrada antigua al Colegio de San Rafael, tenía taller Floro el zapatero, otro reconocido artesano del calzado, casado con Mercedes la sastra, que creo me hizo todos los pantalones cortos de mi infancia.

Y fuera del casco antiguo, en la hoy Plaza del Ayuntamiento, en aquellas casas bajas de suelo aterrado, entre las fruterías de Celia y Euristela, abría taller Vicente Fisas, hombre popular y célebre por su simpatía, además de pescador  era reputado cazador, excelente piragüista y un extraordinario conocedor de setas.

Hoy en Villaviciosa solo queda un taller de artesanos zapateros, oficio que se transmitía de padres a hijos, en el que todavía podemos ver, montón de zapatos, cinturones o bolsos  apilados para su reparación, leznas, cuchillas, yunques o burros, oler a cuero, a pez y a cola, pequeñas sillas y mesas bajas llenas de cosas, esmerilador y lijadora, martillos, manoplas, hormas de madera, plantillas de papel, tenazas y la historia de un oficio y una artesanía arrinconada por una industria mediocre si la comparamos con la calidad y arte de una de aquellas piezas hechas  a mano.