Blog 
Hay que ser fan de lo que hay
RSS - Blog de Rosa Lombas

El autor

Blog Hay que ser fan de lo que hay - Rosa Lombas

Rosa Lombas

Me llamo Rosa Lombas, tengo 26 años y soy de Oviedo. Me gustan la ciencia ficción, el feminismo y la música rock. Estudié filosofía, así que no tengo un oficio definido. En marzo de 2016 me diagnosticaron leucemia. Ingresé entonces en el HUCA, desde donde escribo este blog.

Sobre este blog de Salud

Leucemia con humor


Archivo

  • 09
    Mayo
    2016

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    Oviedo salud

    Mis héroes contra el cáncer, capítulo I: Teniente Ripley

    Ahora que estoy de vacaciones de quimio, he recobrado energías y ya soy capaz de disfrutar de libros y películas como antes. Cuando estás malito, no tienes energías suficientes para mantener la concentración mínima que requiere seguir una película o leer un texto. En esos casos, a mí me funcionaba muy bien leer cómics. Pero ahora que ya vuelvo a estar en plena posesión de mis facultades, he aprovechado este fin de semana para revisionar alguna de mis películas favoritas, y de paso refrescar la imagen de mis héroes y heroínas personales, que son la mayoría personajes de ficción salidos del mundo del cine. Por eso hoy voy a dedicar esta entrada a uno de mis referentes en mi lucha contra el cáncer y en la vida en general: la teniente Ellen Louise Ripley.

    Mis héroes contra el cáncer, capítulo I: Teniente Ripley

    Para el que no esté familiarizado con el cine de ciencia ficción, Ripley es la protagonista de la saga Alien, una mujer fuerte e inteligente, paradigma de valor y sensatez. La batalla que Ripley tiene que librar en cada una de las películas no es sólo contra la amenaza de un ser abominable capaz de acabar con la raza humana en cuestión de horas, sino contra un establishment encarnado en La Corporación Weyland-Yutani y dominado por machirulos incompetentes que la desprecian e ignoran sistemáticamente y son tan inconscientes de pensar que pueden utilizar a los aliens como arma biológica en su beneficio, pasándose por el forro las advertencias de Ripley. Por supuesto, en cuanto los caballeros experimentan en sus propias carnes el contacto con el alien se cagan en los pantalones y entran en combustión soltando toda la retahíla de improperios clásicos de película americana, y ahí es Ripley la única con sangre fría para trazar un plan y acabar con el bicho.

    En mi batalla particular contra el cáncer, pensar en Ripley me ha dado fuerzas para sobrellevar distintas adversidades que a ella le parecerían meros trámites. Por ejemplo, cuando me tuvieron que implantar diferentes vías en manos y brazos, procedimientos que a mí me dan una grima tremenda. O cuando me bajaron a quirófano para instalarme mi espléndida teta biónica USB, cuyo nombre real es PORT-A-CATH y por la que estaré eternamente agradecida a mi doctora por habérmela encargado (no sé si lo sabéis, pero las vías en los brazos tienen una vida útil, tras la cual deben cambiártelas porque si no ese brazo puede acabar obstruyéndose y generar una flebitis: inflamación de las venas que suele ir acompañada de la formación de coágulos de sangre en su interior. No suena apetecible, ¿verdad? Esto en cambio no ocurre con un catéter “properly” como el mío, que posee una tecnología más avanzada y por eso requiere ser instalado en un quirófano por un equipo de cirujanos pro. ¡Gracias gente del HUCA y doctora Concha por haberme implantado mi catéter PORT-A-CATH! Además, como ya he dicho, está encima de una teta, como el comunicador de Star Trek. En un mundo ideal, las chinchetas que te ponen para conectarte ahí el tubito de entrada y salida de sustancias, tendrían la forma del símbolo de la Federación. En fin, quizás en un futuro.)

    Mis héroes contra el cáncer, capítulo I: Teniente Ripley

    Pues bien, cuando me preparan para implantarme alguno de estos dispositivos y noto cómo el canguelo amenaza con apoderarse de mí, pienso que Ripley no se inmutaría ante semejante procedimiento rutinario, es más, se lo haría ella misma sin pestañear. Y ese pensamiento, por ridículo e infantil que pueda parecer, me ayuda a tomarme el asunto mucho más a la ligera.

    Otra situación que vemos a Ripley afrontar con gran entereza es además una muy habitual en el paciente con cáncer: las náuseas. En Alien 3, Ripley se pasa la peli encontrándose fatal, porque, como descubrirá más adelante al hacerse un escáner, tiene nada menos que una reina alien gestándose en su vientre. O sea, que no sólo se encuentra en una antigua penitenciaría habitada por ex convictos propensos a violarla a la mínima ocasión y con un alien suelto por ahí, sino que además tiene que andar corriendo por pasillos subterráneos para atrapar al alien en medio de sudores fríos y náuseas horripilantes (si ya se pasa mal con un embarazo humano estándar, imaginad lo insano que debe ser estar embarazada de un alien). De modo que cuando tengo mis habituales náuseas matutinas, que transcurren aproximadamente durante las dos horas posteriores a la ingesta de mi sopa de pastillas, miro a mi alrededor y pienso: bien, una casa confortable, una cama cómoda, ningún alien a la vista. Sólo tengo que tumbarme o como mucho prepararme algo de comer para enmascarar el mal sabor de boca. No hay aliens ni corporaciones insensatas dispuestas a traerlos a la Tierra pensando que pueden usarlos de mascota. No tengo que salvar al mundo de una raza depredadora mortífera ni nada de eso. Todo va bien.

    Pensar en Ripley también me ayuda cuando tengo que  inyectarme mi dosis diaria de heparina. Por el tema de la trombosis, tengo que auto administrarme esta sustancia mediante una inyección que me pongo todas las noches en la grasilla de la tripa. Para una persona temerosa de las agujas como yo, esta tarea no es muy grata. En realidad no es para tanto, no es apenas doloroso siempre y cuando tengas “dónde agarrar”. Si eres todo fibra y pellejo la cosa se complica, pero yo siempre he tenido un poquitín de grasa debajo del ombligo, y ahora lo aprecio más que nunca. A veces me obligo a comer más de la cuenta para mantener esa cantidad mínima de grasa abdominal, sin la cual las inyecciones serían mucho más dolorosas y complicadas de poner. De todos modos clavarme agujas, por muy indoloro que sea, no es mi pasatiempo favorito. Entonces, en esos días en los que mi faceta blandengue hace que me dé una pereza mortal ponerme la obligada inyección, pienso en Ripley y me armo de valor. Ripley no se acojonaría ante semejante nimiedad. Con este pensamiento, agarro un poco de grasa de mi preciado flotador y sin más miramientos me clavo la aguja y aprieto el émbolo.

    Con todo esto, no es de extrañar que hayan proliferado pósters y camisetas con el lema: What would Ripley Do? (En cristiano: “¿Qué haría Ripley?”). Creo que el mundo iría mejor si, en busca de orientación espiritual, nos formuláramos esa pregunta más a menudo. Por supuesto, en general defiendo que cada uno ejercite su propio raciocinio y elabore un criterio propio con el que regir sus acciones, blablabla. Pero para todos aquellos que voluntariamente eligen estar desinformados y actuar como masa, mucho mejor Ripley que, por ejemplo, Belén Esteban, Mario Vaquerizo o cualquiera de las conocidas y terroríficas celebridades salidas de la parrilla de televisión. El lema “¿Qué haría Ripley?”, además, sirve tanto para un roto como para un descosido: Qué carrera escoger, qué comida a domicilio pedir, qué sendero tomar en la vida, qué me pongo para salir…

    Mis héroes contra el cáncer, capítulo I: Teniente Ripley

    Ahora que se acercan tiempos de elecciones, también es muy buen lema para retar a los indecisos a que miren en su interior y hagan algo con su voto, si no algo fundado en su criterio personal e intransferible, quizás sí algo basado en lo que Ripley hubiera hecho de vivir en la España de 2016. Uno empieza a ser bombardeado por la propaganda política de unos y otros y, antes de sucumbir al bloqueo, a la náusea existencialista de la que hablaba Sartre, se pregunta: ¿Qué haría Ripley?

    Posiblemente, prenderle fuego a todo. Y, visto así, quizás no sería mala idea empapelar los colegios electorales con pósters de Qué haría Ripley y la imagen de Sigourney Weaver empuñando un lanzallamas. ¿Quién se apunta?

     Mis héroes contra el cáncer, capítulo I: Teniente Ripley

     

    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook