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  • Tangentópolis.

    En estos días tan peculiares en donde no parece que sea cosa fácil, y quien sabe sí tan siquiera deseable, luchar contra la corrupción, se vuelve a eso tan conocido de tapar lo que se pueda, y de matar al mensajero, cuando se escape algo que debiera de estar bajo siete llaves, en lugar de preocuparse por las cerraduras. Y no se paran en barras, nombrando para puestos clave a personas bien conocidas por sus servicios y por su currículo, sabiendo que ambas cosas pueden y deben garantizar que no se producirá una lucha contra la corrupción, en forma de una tangentópolis a la española, similar a la que en Italia provocó un vuelco, tal vez para peor, que acabó con una clase política agotada y desprestigiada, como comienza a estar la autóctona.

    Pero como de todo se aprende, aquí se mira el espejo de Italia, se aplica el no pasarán, se utiliza el BOE, y como después de la tempestad viene la calma se coloca en los puestos decisivos a las personas adecuadas para que se corra un tupido velo y para que no se tire de la manta, salvo en verano y por eso del calor.

    Hay otro pequeño asunto, además del de las personas, y son las leyes. Se deja caer la idea de limitar, o incluso anular, la acusación popular, y también anda por ahí la propuesta de que sean lo fiscales quienes instruyan las causas penales. Una mirada alrededor hace que, manteniéndose las circunstancias actuales en lo relativo a la estructura, las normas y el sistema de nombramientos en las fiscalías , estas propuestas signifiquen un punto y aparte en el sistema tal y como lo conocemos.¿ Se puede imaginar lo que hubiera supuesto la ausencia de acusación popular en muchos y conocidos procesos ?.La respuesta es que se puede e incluso se debe. Además, no hay que engañarse, al menos los dos grandes están de acuerdo en cambiar las normas que rigen los procesos penales, y ya se sabe qué reunión de pastores, oveja muerta. En fin, triste y oscuro se presenta el reinado de Witiza, como se decía antes.

    Otra asunto es sí, cuestiones éticas al margen, sale rentable la corrupción. Evidentemente para los ciudadanos, para el país y para las Instituciones la respuesta es no, pero para los corruptos depende, y para los familiares de los corruptos es, claramente, sí. Hoy en día es fácil ocultar lo ganado en los múltiples paraísos fiscales que existen, y una vez a buen recaudo el botín existen muchas formas de disfrutarlo a tope, sí se está en libertad, mediante sociedades pantalla, testaferros y demás instrumentos de ingeniería financiera. A las autoridades del país saqueado les queda, en general, la opción de echarle un galgo.

    Los familiares, tanto las generaciones presentes como las futuras, a disfrutar de lo obtenido. El trabajo sucio ya está hecho, y a vivir que son dos días. Además el reproche social no suele tener el efecto disuasorio suficiente, y con el tiempo todo se olvida y se diluye.

    Al corrupto trincado le esperan, en compañía de gente conocida, unos años en Soto del Real, que no es ninguna prisión camboyana, y aunque no es plato de buen gusto el estar allí, es el peaje que hay que pagar para disfrutar, a la salida, de lo afanado antes de entrar. ¿Cuánta gente voluntaria habría en el país para estar unos añitos en una buena cárcel, y garantizar a su familia en libertad, y garantizarse también a sí mismo cuando salga, una vida más que aceptable, para los restos? La mayoría de la población no va a conseguir ni de lejos, ni para él ni para su familia, esos estándares económicos después de toda una vida de trabajo. Por eso es necesaria la ley que persiga el enriquecimiento injustificado, ley que no tenemos, pero que hay que suponer que estará y que no se la esperará demasiado.

    En fin, que sin moral pública, sin leyes adecuadas y sin procedimientos que garanticen la independencia de quienes tienen que aplicarlas, aquello de que el criminal nunca gana se convierte en un buen deseo más que en una realidad. A veces ganan y hasta por goleada.

     

     

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