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Poesía

El primer novísimo

Ferrer Lerín, último Premio de la Crítica, confirma la vigencia de una poética que parecía enterrada

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LUIS MUÑIZ Fámulo, primer libro de poemas nuevos que publica Francisco Ferrer Lerín desde Cónsul (1987), fue recientemente galardonado con el Premio de la Crítica, lo que supone incluir por fin en la lista de los elegidos a un autor que solo era una referencia inexcusable para los enterados. Poeta, como se suele decir, engullido por su propia leyenda (automarginado de los círculos literarios, consumado jugador de póquer, ornitólogo amante de los buitres y los cuervos), Ferrer Lerín es un novísimo sénior que no llegó a formar parte de la famosa antología de Castellet, pero que cuenta con la veneración (al menos en lo literario) de los júnior Pere Gimferrer y Félix de Azúa, que sí fueron incluidos en la selección: el primero prologó su segundo y tercer poemarios, La hora oval (1971) y «Cónsul», y el segundo le retrató en El diario de un hombre humillado bajo el apelativo de «el Buitre».

En 1970, cuando se publicó Nueve novísimos poetas españoles, Lerín vivía en Jaca consagrado al estudio de las grandes especies necrófagas en peligro de extinción. Es inútil especular con el rumbo que hubiera tomado su carrera literaria de haber sido incluido por Castellet en su libro, pero una cosa es cierta: ahora que sus compañeros de promoción no escriben poesía o la que escriben es completamente inane, delirante u ornamental, el poeta barcelonés sigue en activo y, al calor del éxito de Fámulo, puede presumir de haber sido el primero, pese a que sus prolongados silencios le hayan borrado prácticamente del mapa durante largos periodos de tiempo: no en vano los poemas de De las condiciones humanas, la plaquette que le dio a conocer en 1964, se compusieron dos años antes, y en «La hora oval» se incluyen textos escritos desde 1960.

La recuperación de Ferrer Lerín (1942) y el colofón que por ahora pone el Premio de la Crítica a su inclasificable obra no hubiesen sido posibles sin la publicación en 2006 de Ciudad propia, la cuidada edición de la poesía reunida del autor hecha por Carlos Jiménez Arribas, que firma también un excelente prólogo. El volumen consta de los tres poemarios dados a la imprenta por Ferrer hasta entonces y un nutrido grupo de inéditos entre los que ya figuran los cuatro primeros poemas de Fámulo, un libro del que, para empezar, llaman la atención dos cosas: la casi total ausencia de prosa («La hora oval» y «Cónsul» están repletos de ella) y el verso más corto y sincopado que el poeta emplea en esas composiciones iniciales, reunidas en la sección titulada «Biografías», y, en general, aunque con menos síncopas, a todo lo largo y ancho de la colección. Lo primero, además de marcar diferencias con su obra anterior, resta tensión al libro, ya que desaparecen, en parte, los problemas para fijar el estatus del texto. Lo segundo supone prescindir del característico versículo que el barcelonés patentó ya en «De las condiciones humanas», inspirado en Perse (a quien homenajea en una de las dos citas porticales de la plaquette con un poema inédito propio), y puede ser consecuencia directa de la extrema concentración a la que Ferrer somete ahora sus decantados, una explosiva (y bien explotada) fusión de materiales biográficos y lingüísticos que en el poema «Taf», por ejemplo, le permite ir desde la tafurea (antigua embarcación usada para el transporte de caballos) hasta tafur (tahúr), pasando por los tafures, las hordas de desharrapados («devoradores incluso / del cadáver sarraceno») que ayudaron a los cruzados y que el poeta sitúa a bordo de tafureas «camino de Tierra Santa». Sin embargo, el viaje a través de la palabra (o mejor: con sus tres primeras letras a cuestas) consiente que afloren también hitos de su propia existencia (las clases de Anatomía en la morgue con el profesor Taure) y le deja el terreno expedito para lamentar, con evidente sarcasmo, que la aventura exterior (la de los tafures) haya sido sustituida por la interior (la del tahúr: «infierno del tapete / verde prado cementerio»).

El interés de Ferrer Lerín por el pasado, en su doble vertiente histórica y lingüística, sustancia también los poemas de «Paleografías», la sección más extensa del libro, en la que, partiendo de lo aprendido en Pound (su otro «gran amigo» además de Perse, según confiesa en la solapa de «De las condiciones humanas»), escarba en fuentes de diversa procedencia (ponencias, monografías, libros antiguos) y propone una suerte de épica bibliográfica, muy novísima, que guarda cierta similitud con el Quiñones de Libro de las crónicas, pero sólo eso, pues el catalán, mucho más posmoderno de lo que lo fue nunca el gaditano, no aspira ya a que el pasado le ayude a interpretar el presente (tal como Pound y Eliot querían) y hace gala de un descreimiento en la funcionalidad del objeto que denominamos poema que sólo halla parangón en nuestra lengua en el desconcertante trabajo del chileno Paulo de Jolly. De esta manera, excelentes composiciones como la que da título al libro, «Estío» y, en particular, «Segmenta», «Inscripta» y «Aritmética» son fruto de gestos no estrictamente poéticos que llegan del pasado e inscriben su huella formal en el presente, desde el que el resultado (el texto) sólo puede ser visto como un sarpullido provocado por la tensión que crea su imposible encaje temporal.

Un descreimiento similar es el que impregna los poemas de la primera sección, «Biografías», en la que la contracción de lo vital y lo leído cobra a menudo la forma de charada, con continuas imprecaciones y chanzas a lo Rimbaud (cuyo Mala sangre se parafrasea al comienzo del inaugural «Consideraciones biográficas») y capas y capas de sentido que protegen la semilla significante, que es la que las origina aunque permanezca oculta. Y de la misma forma que los injertos temporales de «Paleografías» complican (por fortuna) la tarea de conceder a la escritura de Ferrer Lerín el estatus de poesía (como lo complica, sin ir más lejos, Libro de los venenos en el caso de Gamoneda), las cuñas humorísticas hacen prácticamente imposible sentir la punzante tristeza que está detrás de los poemas de «Biografías», a los que, no obstante, a veces, en un inusual gesto de gravedad, de conmoción ante lo que se desvanece, se asoma el poeta lírico: «Duele / el cerebro, diría / que los nervios viejos / tienden a quejarse; ¿a qué horas, / en qué tiempo ya, / venís / a llamarnos?».

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