La rucha

Lo que quisiera del verano

n Cuando los veranos y nosotros ya no somos los mismos, atrás es lo que queda

 
Lo que quisiera del verano
Lo que quisiera del verano  

AURELIO GONZÁLEZ OVIES POETA Que amaneciera nítido cuando quisiera. Que la bruma escampara por el Norte. Que cantaran los pájaros, abundantes y libres, entre las copas amplias de las viejas higueras. Que se viera Llumeres, llena de juventud, con la mar muy echada, transparente y eterna. Que salieran y entraran las lanchas conocidas, con redes y con nasas, con cajones de peces brillantes y que el güinche sonara e impregnara la brea.


Y los días larguísimos estuvieran cubiertos de humanos con sombreros dando vuelta a la hierba, merendando a la sombra, pisando balagares, «pradiando» los «maraños» y rozando las veras. O de animales mustios que tiran del arado, bajo el sol de la tarde, entre surcos recientes y patatas humildes que secan sobre tierra. Y se oyeran aquellos cantares que alegraban el eco y el espacio. Y empezara el maíz a espigar su verdor y su benevolencia.


Y todas las heridas fueran las de las zarzas que rasgaban la piel de nuestra edad tan tierna. Todos nuestros pesares, no capturar cangrejos; todas nuestras caídas, la más punzante pena.


Que mis ojos miraran constantemente limpios. Que el mundo terminara donde acababa el rumbo de nuestras bicicletas. Y observar telarañas, vigilar los jilgueros, seguirlos con sigilo, y aguardar a la hora, junto al mismo bardal, que asomara su miedo la culebra. Que nunca fuera pronto para hacerse de noche, que jamás ya muy tarde para dejar los sueños ni perder la armonía de la inocencia. Que nos cubriera el tallo de espadañas y juncos, mientras los renacuajos no entraban en el bote y después nos llamara, a la seis, la merienda.


Que cada día trajera una ilusión distinta que no costara nada y nos sumara fe a la existencia, un grillo, una travesía a nado, un gua, una visita, o una tabla rota que sirviera de techo a la caseta. Un corro, una gincana, una excursión, un fósil con helecho, un pulpo entre las algas o simplemente un árbol con un nido de pegas. Y crecieran los gatos de la última camada, maduraran los «nisos» y el acuoso apetito de las fresas. Y el olor a pintura inundara los barrios que pintaban sus casas al explotar agosto y reventar las fiestas.


Nada más pediría. Que orbayara.

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