Opinión

El Occidente es un problema de toda Asturias

Hay una oportunidad histórica derivada de los cambios sociales y climáticos para atraer nuevos proyectos de vida: sin una vuelta a las políticas de reequilibrio territorial nunca podrán desarrollarse

Un paisaje de Cangas del Narcea. | Julián Rus

Un paisaje de Cangas del Narcea. | Julián Rus

Con el recorrido que hoy se inicia en el suplemento dominical «Siglo XXI» por Cangas del Narcea, y que tendrá su prolongación a lo largo de la semana, la serie «Asturianos», ese autorretrato colectivo con historias personales que LA NUEVA ESPAÑA inició en mayo de 2022, culmina su paso por el Occidente. De Castropol a Ibias, de Salas a Allande, han sido muchas las iniciativas exitosas recopiladas, un ejemplo de empuje y esperanza. Pero un desesperado grito emerge también de los testimonios: la comarca atraviesa una situación límite. Requiere actuaciones contundentes e inmediatas.

Los males de Asturias muestran en el Occidente su cara más desgarradora. Valga un apunte parcial para simbolizarlo: Cangas del Narcea, Tineo, Degaña, Ibias y Allande, que representan el 20% de la superficie regional, sumaban 45.000 habitantes en 1986. Hoy apenas 24.000. Desapareció casi la mitad de la población sin reemplazo a la minería. Las administraciones –hospitales, colegios, ayuntamientos– sostienen el empleo. El vaciamiento avanza en progresión geométrica, en una cuenta atrás acelerada. Las alternativas económicas, que las hay, no surgen de la noche a la mañana, exigen lustros de trabajo. Tampoco aparecerán sin hacer nada. Muchos vecinos sienten, y con razón, que estamos ante la última oportunidad para sostener unos territorios severamente envejecidos y faltos de medidas que faciliten las oportunidades.

Tan cierto es que las infraestructuras no traen por sí solas el desarrollo como que sin infraestructuras no hay desarrollo. El resto de Asturias completó hace años su esquema viario. El Occidente, no. Ahí surge la deficiencia más palmaria: la ausencia de ejes vertebradores. Verticales a través del valle del Navia, transversales por el del Narcea. Todos los municipios superiores a 5.000 habitantes cuentan con una autovía a un cuarto de hora, excepto Cangas del Narcea. Los alcaldes que dieron la espalda a las manifestaciones ciudadanas para demandar unas carreteras decentes perdieron las elecciones en mayo. La calzada a La Espina sigue en obras más de un cuarto de siglo después y la comunicación del Occidente desapareció de los compromisos públicos. No hay explicación posible salvo la dejadez, falta de visión y nulidad para establecer prioridades de un Gobierno del Principado que vive en la nube y de las rentas. Si el desinterés lo motiva el menguante peso electoral de la circunscripción, estaríamos ante una infamia.

La cuestión desborda el marco local. Un fuego que empieza en una braña, lo hemos visto, compromete la mayor reserva de robles de Europa en Muniellos, deja sin amanecer a la región por el humo y acaba en la rasa costera o en el Naranco de Oviedo tras devorar sin control miles de hectáreas: la consecuencia del despoblamiento y la ausencia clamorosa de proyectos forestales. Con los ganaderos vendiendo vacas para cuadrar las cuentas de la inflación y cerrando cuadras no habrá leche ni carne que llevar a los supermercados. Imposible una transición energética sin fuentes verdes e hidráulicas e improbable mantener intacto el paraíso natural con un crecimiento desordenado de los parques eólicos y lomas sembradas de aspas. El Occidente es un problema de toda Asturias. Contemplar su agonía sin ponerle remedio y perder la perspectiva global –las iniciativas con sentido regional– significa tanto como admitir el fracaso sin paliativos del autogobierno.

El último gran éxito económico del Principado nació precisamente en Taramundi con el turismo rural. Las fabas, el vino, la madera, la tierra… la riqueza del Occidente está ahí para otra gran revolución pendiente, la agraria. Los minifundios disparan los costes de producción e impiden el crecimiento de viñedos y plantaciones, a pesar de que muchas fincas carecen de uso y sus dueños acaban siendo las árgomas. Nadie hace nada tampoco por desenmarañar la propiedad de los montes comunales y explotar la madera. Trabas perfectamente identificadas y sistemáticamente denunciadas que giran y giran en la peonza asturiana.

La vuelta al mundo rural y al consumo de alimentos sanos ya no es una quimera, sino una opción real al estrés urbano y los productos industrializados. Las temperaturas abrasadoras otorgan a las áreas con condiciones atmosféricas benignas y agua un valor estratégico de primer orden. El Occidente cuenta con estos recursos en abundancia y lo que por encima de cualquier otra cosa necesita son nuevos proyectos de vida. Hay una oportunidad histórica derivada de los cambios sociales y climáticos para atraerlos. Sin un retorno a las políticas de reequilibrio territorial que propicie en igualdad el acceso a prestaciones y servicios nunca podrán desarrollarse. Con una de sus alas heridas, Asturias jamás remontará el vuelo.