El todo y las partes

La política precisa mejores filtros para frenar la corrupción y para paliar su pérdida de imagen

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El todo y las partes
El todo y las partes  

TOMÁS FDEZ. ANTUÑA
ABOGADO
En ciertas ocasiones la parte suele representar al todo. En este sentido, observamos que existen oficios, profesiones o cargos en los que la responsabilidad de su ejercicio trasciende de lo meramente personal, ya que, en cierta forma, representan en su totalidad aquella actividad o sector al que pertenecen. Así, por ejemplo, ningún escritor o ningún torero (la parte) representará jamás a la literatura o a la tauromaquia (el todo); no así el político, quien para el ciudadano representa y encarna en sí mismo a la política. Quizás eso explique, por seguir con el ejemplo, que si aparece en escena un escritor o un torero nefastos a nadie se le ocurre decir que la literatura o la tauromaquia son una mierda. En cambio, si quien destaca por su mal hacer es un político nunca oirán que ese político concreto es una mierda, sino que tan escatológico adjetivo se le dedica a toda la clase política.

El profesor Alejandro Nieto diseccionó las claves de la corrupción en un libro que siempre recomiendo y que lleva por título «La corrupción en la España democrática». En él llega a la pesimista conclusión de que en este país la corrupción acompaña al poder como la sombra al cuerpo. Yo, en cambio, prefiero ser más optimista y pensar que el fenómeno de la corrupción no es algo consustancial a la clase política.

Es cierto que la credibilidad de los políticos no atraviesa su mejor momento, y da la sensación de que éstos corren el peligro de transformarse en enemigos públicos ante los ojos de los ciudadanos, pero empeñarse en calificar como corrupta a toda la clase política me parece un exceso tan peligroso como la corrupción misma. No obstante, conviene reconocer que a tal exceso contribuye el comprobar que en ese fétido mundo en el que se mueven los corruptos existe en ocasiones un corporativismo cómplice por parte de los partidos políticos, en un intento por silenciar la basura que resultaría negativa para su imagen, y, claro, cuando el frasco de las esencias se rompe (y digo «rompe», porque aquí destapar no lo destapa nadie) salpica con su hedor al resto de políticos honrados de este país, que son la gran mayoría.

De todos es sabido que nada es tan contagioso como el mal que desciende de lo alto; un mal propagado por quienes deberían ser ejemplares y son, además de corruptos, corruptores. Ante tal panorama no sería de extrañar que la percepción de muchos ciudadanos sea la de que no hay oficio ni profesión mejor remunerados que esa carrera de los listos de hoy, pues la corrupción no es más que la tentación fácil en los tiempos difíciles. Y puesto que trinca el de arriba, aparentemente menos necesitado, ¿por qué no trincar todos?

Y ahí los tenemos, sentados, con sus tripas cansadas, hartos de aperitivos y llenos de promesas incumplidas y de palabras empeñadas. Ahí están los corruptos emponzoñando el aire con esa sensación de ser más listos que el resto. Ahí están con sus vidas sin vivir y con sus nuevos zapatos de corrupción. Porque las corrupciones, como los zapatos, las hay de todas las medidas y cada cual calza la suya. También la portera, el policía y el ujier, aunque a una escala menos perceptible y nociva para el conjunto de la sociedad. Porque la corrupción no siempre es de dinero, sino que en ocasiones implica privilegios, sobornos morales o reciprocidades.

Pero si los que representan a los ciudadanos son corruptos, tal forma de gobernar no es democracia o está corriendo el riesgo de dejar de serlo. Su purificación es cosa de todos: compañeros de partido, oposición, sociedad entera. Y esa purificación ha de ser pública e inmediata. Una amnistía a favor de estos políticos corruptos por silencio, camaradería u otros intereses espurios supondría una condena a muerte contra nuestro sistema democrático. La esencia de la lucha contra esta lacra social está en que ninguno de los poderes pueda encubrir a otro.

Estos días en los que tanto personaje desfila por los Juzgados no deja de sorprenderme el creciente protagonismo de las fianzas. ¿Cómo es posible que se deje en libertad bajo fianza a una persona que está imputada en un caso de corrupción? ¿Resulta tolerable que un individuo cuya fortuna se encuentra bajo sospecha, pueda liberarse de entrar en prisión a cambio de depositar un dinero en la cuenta del Juzgado? ¿Acaso ese dinero de la fianza, provenga de donde provenga y lo preste quien lo preste, no debería estar también bajo sospecha? ¿Tan complejo le resulta al legislador cambiar las normas para evitar que la figura jurídica de la fianza sea eficaz en los delitos de corrupción, estafa, prevaricación y malversación de los caudales públicos?

Bien está que a los políticos se les exija una declaración de su patrimonio antes de acceder a un cargo público. Pero lo importante para el ciudadano, créanme, no es tanto su declaración patrimonial como su declaración de intenciones, y es ahí donde los partidos políticos deben poner el primer filtro para evitar que se cuelen personajes de esta ralea. Y si no lo hacen, que no se quejen luego de que el ciudadano confunda la parte con el todo.

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