El Cormorán

¡Oh, la militancia!

03.11.2015 | 01:58
¡Oh, la militancia!

Las fotos de Caunedo y Pecharromán, o las instantáneas con o sin marisco, o lo que los invitados viajeros del conseguidor Joaquín Fernández pudieran haber hecho en unos u otros locales de entretenimiento, y acaso en centros de atención sexual, nos avisan de sucesos de índole privada en políticos del Partido Popular asturiano y por ello nos preguntamos si estos desnudos procesales (en esta formación o en cualquier otra) no serán una especie de plusvalía, o de "justicia poética", que el destino reserva a los audaces involucrados en casos de corrupción. Dicho de otro modo, las corruptelas grandes o pequeñas han ido siempre acompañadas de ese halo de impunidad de quienes se creían intocables, es decir, que corromperse ha tenido el complemento de cierta exhuberancia, cierto exceso, y cierta gilipollez. Una fiesta de payasos, tan inocente ella, pagada por un caco amigo de los pijos del partido y que costaba miles de euros sería una de sus expresiones más refinadas. Por tanto, ahí tenemos los datos, no sólo aquellos a juicio de los jueces, sino los expuestos al juicio popular. De hecho, la presidenta del PP asturiano, Mercedes Fernández, comparecía ayer con una escoba y explicaba lo mucho que quería limpiar a causa del efecto demoledor de esos datos sobre el ánimo de la militancia del partido. Invocar a la militancia es algo que sorprende en el PP, pues tal parecía que no existiera a la vista de cómo Rajoy la ha ido ignorando desde que estalló lo de Bárcenas y todo lo que ha ido saliendo encadenado, empezando por los sobresueldos para trajes y acabando por todo el dinero negro que se amasaba sórdidamente. Además, un partido que se mueve a base de convenciones y reuniones a la búlgara debe de tener un concepto muy bajo de sus militantes, como si su conjunto fuera una parte más de la corderada nacional. En suma, si la apelación de Fernández a sus bases no se queda en retórica, será el primer paso reconstructivo de un partido sometido a quebrantos enormes y, a partir de cierto momento ciego de su presidente, ignorados como si no existieran.

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