17 de abril de 2017
17.04.2017

Carta abierta al consejero de Educación y Cultura del Principado de Asturias

El pedagogo e intérprete Aarón Zapico comparte su reflexión sobre la compatibilidad de una actividad docente con otra artística en el campo de la música clásica

18.04.2017 | 04:01

Sr. Consejero:

Permítame por favor que le remita este escrito donde comparto con usted, y todo aquel que quiera leerlo, una serie de reflexiones en torno a la compatibilidad de una actividad docente con otra artística en el campo de la música clásica y a mi propia experiencia vital. Son impresiones que se inclinan al lado personal, las más de las veces, pero no creo que por ello sean menos trascendentes. Me hubiera encantado poder discutirlo en persona, haber organizado una serie de debates o, incluso, un foro abierto a todos los integrantes de nuestro sector pero no ha habido manera. No hay interés por parte de su Consejería ni de la Administración en solucionar este problema. El diálogo es inexistente y se aplica la ley de manera tan estricta que se convierte en un absurdo. Y lo peor es que las consecuencias son desastrosas.

Pero quiero empezar por el principio. Y es que me considero un "producto" de su Consejería. Me explico: he estudiado primaria y secundaria en la educación pública asturiana y he finalizado mi titulación superior de piano en el Conservatorio Superior de Música del Principado de Asturias. Esta es la base de mi formación, adquirida en Asturias, antes de especializarme en el extranjero. He sido becado, subvencionado y patrocinado repetidamente por quien usted representa durante toda mi trayectoria, algo que agradezco infinitamente. He grabado discos, realizado giras internacionales o asistido a cursos de formación, por citar algún ejemplo, gracias a las partidas económicas que nos han adjudicado. Es decir, soy quien soy en gran parte gracias a la Consejería de Educación y Cultura del Principado de Asturias. He hecho lo que me pedían, he sentido que cumplía con mi deber y lo he hecho sintiéndome un privilegiado y profundamente agradecido.

Si este procedimiento, el de formar profesionales con la máxima preparación y cualificación, es del todo lógico (y lo que se espera) en el proceder de un organismo público que gestiona la educación y la cultura de una región, ¿por qué se reniega del profesor cuando llega a su máximo esplendor y en su propia tierra?, ¿por qué se rechaza el producto acabado, justo cuando puede (y debe) producir beneficios? Hace cuatro años tuve que abandonar mi plaza en el conservatorio porque media hora de permanencia en el mismo coincidía con un concierto y no se me permitió poder cambiar el horario con su correspondiente recuperación. Trabajaba en el Conservatorio Superior del Principado de Asturias y en el concierto tenía que dirigir a la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias en su tradicional Mesías navideño de la Catedral de Oviedo. Es decir, lo máximo (al menos sobre el papel) a lo que puede aspirar un músico nacido y formado en Asturias. Tuve que elegir entre trabajar en el conservatorio o poder dirigir el concierto. Evidentemente, elegí lo segundo. No es posible dejar de dar conciertos durante un periodo de tiempo y pretender reengancharse. La competencia es feroz y llegar a un determinado nivel implica toda una vida de dedicación.

Hace cuatro años que tuve que abandonar obligado la docencia y, en ese preciso momento y junto a otros profesores afectados por el mismo problema, creé la "Plataforma de docentes y artistas del Principado de Asturias". En ella se fueron aglutinando paulatinamente concertistas, compositores, investigadores y musicólogos que ejercían, o no, como profesores en alguno de los conservatorios, escuelas de música, orquestas o bandas de nuestra región. Desde su fundación y hasta el día de hoy la Plataforma trabaja de manera altruista por lograr una compatibilidad reglada, sana y racional, promoviendo siempre el diálogo constructivo con la Administración y proponiendo soluciones y alternativas. A pesar de ser la representación de un colectivo importante, de un conjunto de artistas que pasea la marca cultural de Asturias por los mejores escenarios del mundo, nunca hemos sido realmente escuchados. Nunca ha habido un diálogo real con los representantes de su Consejería. Nunca se nos ha tenido verdaderamente en cuenta. En cuatro años de lucha y reivindicación hemos logrado reunirnos tan solo en una ocasión con cada uno de los dos Consejeros de Educación y Cultura que han ejercido en este periodo. En su caso específico, obligado tras publicarse en la prensa regional que llevábamos más de 150 días esperando por una cita.

En estos años hemos asistido a un carrusel de argumentos del todo bochornosos defendiendo su aplicación de la ley de incompatibilidad. Se nos ha acusado de querer ganar 2 sueldos, de querer vivir bien (sic) o de utilizar los conciertos para ir de vacaciones. Así de crudas fueron las justificaciones ante la defensa de una compatibilidad, vuelvo a repetirlo, reglada, sana y racional. Con su número de permisos al trimestre y su calendario de recuperaciones. Sin impacto negativo para el alumno. ¿De verdad cree Sr. Consejero que buscamos dar conciertos con el único motivo de ganar dinero o ir de turismo?, ¿que tener en dedos varios programas de concierto, estar investigando o componiendo implica "vivir mejor"?, ¿es consciente del sacrificio, a todos los niveles, que supone subirse regularmente a un escenario? A nadie le amarga un dulce y puede que algún concierto no salga deficitario pero la incompatibilidad no está ideada para estos supuestos. La creación y el contacto con el público, el sentir que nuestro trabajo tiene vida y es apreciado por ello más allá del aula es una condición indispensable para la salud física y moral del docente. Y repercute directamente y de manera valiosísima en el alumnado porque la motivación es la principal fuente de energía de la que disponemos.

Y por si fuera poco, la reiteración hasta la saciedad de que ustedes buscan la "excelencia" en el alumnado. Como si nosotros no buscáramos lo mismo, como si no hiciéramos lo posible, y muchas veces lo imposible, por lograrlo. Como si no pusiéramos a disposición del alumnado nuestros instrumentos (las más de las veces porque los del conservatorio son de baja calidad, están ocupados o estropeados), nuestra biblioteca personal (las de los centros suelen estar poco dotadas) o el tiempo más allá de horarios y documentos oficiales. Como si la preparación para un concierto, ponencia, edición o composición no fuera una búsqueda de la excelencia que repercute directamente en el aula. Como si esta preparación no fuera un reciclaje mayúsculo del docente. Si algo caracteriza a la inmensa mayoría de profesores de nuestros conservatorios y escuelas de música no es su afán en recortar su horario lectivo o sus ganas de vacaciones, es su preparación y su profunda generosidad con el alumno. Es un colectivo del que hay que sentirse orgulloso.

Esta aplicación de la ley tan estricta y sin sentido está provocando que nuestros conservatorios, sobre todo el Superior, se queden atrás en la carrera por conseguir alumnos. Una carrera cada vez más competitiva por la abundancia de centros y porque en la mayoría de los de la competencia sus profesores sí pueden compatibilizar su actividad. Si nuestros profesores no desarrollan una vida artística más allá del centro es difícil que sean conocidos por el aspirante a ingresar en una enseñanza superior. Es prácticamente imposible que cuenten entre sus planes de estudio.

Además del problema con los centros hay que añadir el de la desaparición de un tejido cultural básico que sostenía los cimientos de la música en nuestra región. La colaboración regular y muchas veces altruista de nuestros profesores con bandas y agrupaciones amateurs, con orquestas de jóvenes (fundamentales para el desarrollo de su carrera) o con centros de toda índole ha sido totalmente cercenada. Especialmente sangrante es el caso de los profesores de la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias que desarrollaban una labor fundamental de "colaboración con coros, solistas, agrupaciones e intérpretes" y participaban "en las diversas manifestaciones de la actividad musical que se promueven en la Comunidad Autónoma", tal y como aparece reflejado, punto por punto, en los estatutos de su creación (Artículo 8). Estatutos redactados y aprobados por su Consejería, Sr. Consejero. Una muerte musical absurda, lenta y agónica.

¿Se ha valorado de manera oficial y seria el interés o beneficio de esta aplicación de la ley?, ¿se han tenido en cuenta las consecuencias directas o indirectas de esta aplicación en la vida musical asturiana?, ¿son conscientes de la pérdida paulatina de alumnado y de la ausencia de profesores en determinadas asignaturas, con su repercusión directa y fatal en el estudiante? Para muestra, un botón: en la especialidad de Clave llevan desde el comienzo de curso sin profesor.

Pero la razón principal de este escrito, además de compartir con usted mis impresiones, es contarle mi último episodio con su Consejería. Creo que resume de manera inmejorable el círculo absurdo y vicioso en el que estamos inmersos desde hace demasiado tiempo. Hace 3 semanas recibí una propuesta de Personal Docente donde se me ofrecía la incorporación al Conservatorio en régimen de profesor especialista en un contrato cuya duración era de apenas 3 meses, del 24 de abril al 15 de julio. Me preguntaban que si me interesaba. Les contesté a vuelta de correo, que sí, que me interesaba. Que iba a hacer todo lo posible en restaurar la ilusión en una asignatura maltrecha, sin clases desde finales del curso pasado, que me lo iba a tomar como algo personal y que pondría de mi parte todo y más de lo que fuese necesario. Eso sí, en el periodo de tiempo del contrato, tenía 3 compromisos ineludibles que debía respetar y, por ello, propuse un calendario de recuperaciones. Además de alguna gestión menor, me solicitaron que registrara la petición de compatibilidad, trámite que efectué lo más urgentemente posible. Transcurridos unos días me vuelven a escribir para pedirme que solicite la plaza por la convocatoria de interinos, que así me podrán contratar como especialista (sic). Difícil de entender pero sigo sus instrucciones: solicito vía internet la plaza y registro la petición de compatibilidad. A todo esto, les informo de todos y cada uno de los pasos que voy siguiendo para que no haya error posible y, sobre todo, para que no se pierda más tiempo en comenzar las clases. Su respuesta, después de una semana de llamadas de teléfono, de correos, de gestiones, es que me deniegan la compatibilidad. Que tengo que elegir entre el trabajo del conservatorio o el mío. Vuelvo a elegir el "mío".

Después de decenas de convocatorias para interinos donde no se presenta nadie, no porque no se enteren o porque no interese la plaza de clave, sino por la aplicación de la ley de compatibilidad, después de, prácticamente, un curso completo sin clase, ¿cómo es posible seguir en esa posición férrea, inamovible e irracional?, ¿acaso pretenden que los profesores especialistas o aspirantes a alguna interinidad estemos de brazos cruzados en casa por si acaso a la Consejería le da por convocarnos?, ¿cómo es posible que la Consejería no tenga en cuenta mi predisposición o el hecho de tener 3 contratos firmados con anterioridad? Contratos para dirigir en el Auditorio Nacional de Música de Madrid, hacer doblete en el Festival Internacional de la Primavera de Praga o dirigir a la Orquesta Sinfónica de Galicia. Le aseguro, Sr. Consejero, que no iba a perder ni un solo minuto de mi horario lectivo y que iba a motivar a los alumnos que me encontrase contándoles cómo poder llegar a estos proyectos maravillosos. Pero no, prefieren mantener su postura y seguir sin profesor. Nula voluntad de solucionarlo.

Lorenzo Arias Páramo, uno de nuestros más reconocidos expertos en Historia del Arte, se preguntaba en la prensa hace unos días que para qué queríamos una Consejería si ésta era incapaz de restaurar unas pinturas únicas del Prerrománico. Yo, ante el abandono, desidia y desinterés mostrado por la actividad de los profesores y músicos en Asturias, me hago la misma pregunta: ¿para qué queremos esta Consejería?

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