27 de agosto de 2017
27.08.2017

La Universidad española, un enfermo en busca de inversión y un cambio de modelo

Los rectores claman que no se les olvide en el próximo pacto educativo y piden que se creen las condiciones para que los talentos no se vayan

27.08.2017 | 03:20

La Universidad española vive en crisis permanente desde hace siglos. Como en cualquier institución humana, no hay un único y fundamental problema. Por explicarlo en terminología médica, imagínese un enfermo con muchos males que no se dejan vencer. Al paciente -en este caso, la Universidad- se le desarrollan pequeños cánceres que van mutando aunque, en origen, presentan idéntica sintomatología: por un lado, problemas de carácter estructural -como la aplicación de uno u otro modelo educativo y la demanda recurrente de mayor financiación- y, por otro, problemas internos, algo más heterogéneos, como la endogamia del profesorado, la falta de capacidad para atraer y retener talento o una realidad que aniquila intelectuales y los convierte en un nuevo tipo de ser académico cuyo fin último es hacer "papers" (artículos para publicar, a ser posible, en revistas de impacto) a quienes les resulta imposible ir más allá de los cánones establecidos.

Ojalá las dificultades fueran estrictamente económicas; pero los obstáculos son de mayor calado. El modelo actual, tocado por la crisis, aporta poca estabilidad y se encuentra muy descompensado por los sucesivos cambios de gobierno pese a que los expertos insisten en que la planificación en educación superior debe realizarse a quince o veinte años vista frente a la duración de los mandatos en los parlamentos autonómicos y nacional. "Con cambios de gobierno de por medio es difícil establecer un plan a largo plazo", apunta un exalto cargo académico.

Se necesitan medidas excepcionales que afectan al estudio, a la actividad docente y a la investigación. Para el exrector de la Complutense de Madrid, Rafael Puyol Antolín, los cambios en la Universidad española son viejos problemas no resueltos. Y esos problemas arrancan, por un lado, en la deficiente formación en Primaria y Secundaria, que lleva a unas elevadas tasas de abandono. En la universidad de hoy, comparada con la de hace cinco años, hay menos alumnos matriculados en los grados y más apuntados los másteres. La tasa de abandono ha aumentado pero, a cambio, los que se quedan aprovechan más la carrera. Son conscientes que no se puede pagar por pagar. El número de alumnos matriculados en estudios de grado ha descendido en 127.674 personas entre el curso 2011-12 y el curso 2015-16, según el informe de la Fundación Conocimiento y Desarrollo. En otras palabras, se ha producido una caída en las matriculaciones del 8,7%. ¿Por qué? La reducción de la población en la edad típica universitaria, que representaba en el año 2015 un 6% menos que en 2012 es una de las razones que aducen los autores del informe. Pero también influyen las fuertes subidas de los precios públicos, en torno a un 20% de media en el grado, y también por el endurecimiento de las condiciones para obtener y mantener una beca. Si a ello se añaden los criterios endogámicos de selección del profesorado y la perversión de la autonomía y democracia internas de la institución se puede obtener una explicación a la deriva actual de la enseñanza superior.

Entre las cifras asoma la llamada unánime de los rectores a incluirles en el pacto educativo que se está negociando, pues nace cojo, según su criterio, si ya antes de nacer ignora a la Universidad. Y está ocurriendo, constatan algunos.

Aunque nuestras universidades se vanaglorien constantemente de estar cada vez mejor posicionadas en los rankings internacionales de excelencia, no engañan a nadie. Quienes están inmersos en la maquinaria universitaria y la sufren en sus carnes, conocen bien lo que se cuece dentro y lo mucho que deja que desear parte de la oferta académica. Números cantan. Ninguna universidad española se sitúa entre las mejores cien del mundo en el prestigiosa clasificación de Shangai, ni tampoco entre las mejores doscientas. Los centros españoles siguen perdiendo posiciones por segundo año consecutivo en el Ranking Académico de Universidades del Mundo. Si el año pasado una universidad española se situaba entre las mejores 200, este año para encontrar las primeras menciones nacionales hay que bajar hasta las mejores 300: ahí se encuentran las universidades de Pompeu Fabra, Barcelona y Granada.

En total, han sido once las instituciones españolas clasificadas entre las 500 mejores del mundo, frente a las doce del año pasado y las 13 de 2015. Además, este año es el primero desde 2013 en el que ningún centro se posiciona entre los 200 mejores. Una clasificación que había logrado alcanzar la Universidad de Barcelona, que en esta edición del ranking aparece en el puesto 261 y en el mismo rango que la Pompeu Fabra (239) y la Universidad de Granada (268).

Los cinco primeros lugares entre las 500 universidades mejor consideradas están copados por las instituciones académicas de Harvard, Standford, Cambridge, Massachusetts Institute of Technology y California-Berkeley. Y entre las cien primeras del ranking están 48 de Estados Unidos; de China son y 38 del Reino Unido. En el puesto 313 de la misma clasificación figura la Universidad Complutense de Madrid, en el 382 la de Santiago de Compostela, en el 448 la Politécnica de Valencia, en el 463 la Jaume I, en el 492 la del País Vasco y en el 495 la de Valencia.

Para ocupar lugares destacadas en esta clasificación se tienen en cuenta parámetros de calidad como número de publicaciones en revistas internacionales de prestigio (con especial atención a revistas como Science o Nature) y el número de citas de los trabajos de sus investigadores. También considera el número de premios Nobel o medallas Fields (de Matemáticas) que imparten clase en sus aulas o han estudiado en ellas. El primer Nobel español de Ciencias fue Santiago Ramón y Cajal, en 1906. El segundo y último, en en 1959, fue el del asturiano Severo Ochoa, compartido con su discípulo Arthur Kornberg. La ciencia española ha dado pasos de gigante en estos años pero le queda mucho camino por recorrer. Cincuenta y años de vacío sin un Nobel frente a los 35 científicos con esta distinción que ya acumulaba Alemania en 1939; los 23 de Reino Unido, o 15 de Francia llevan a pensar que, la ciencia española no se encuentra aún a la altura del entorno europeo. En el momento actual 77 ciudadanos germanos forman parte de la nómina de los Nobel mientras que la potencia estadounidense acumula otros 37.

La reducción del personal docente e investigador (de algo más de 100.000 personas en el curso 2009-10 a 94.352 en 2013-14) y el envejecimiento de las plantillas, un problema agudizado como consecuencia de los restrictivos límites a la reposición del profesorado que alcanza la edad de jubilación y a la eliminación generalizada de incentivos a la jubilación anticipada". El 46% de los catedráticos tiene más de 60 años, un cuerpo cuya edad media es de 58 . El resto no se queda atrás: los titulares tienen una edad media de 51 años; los asociados -que se eternizan en una figura pervertida en origen-, 45, y los contratados doctores, 44. Los más jóvenes son los ayudantes doctores (39). Además de envejecer, se mantiene la endogamia, a juzgar por el bajo nivel de movilidad en los campus. Hay quien reconoce que todavía se observa con cierto recelo la llegada de savia nueva.

El incentivo económico tampoco funciona. Hace falta más dinero pero, al mismo tiempo, el sistema adolece de un mayor esfuerzo en la captación de fondos privados. "Todavía parece que la Universidad se prostituye si se acerca a la empresa", sostiene un reconocido exalto cargo académico. Los que siguen en la gestión piden elevar hasta el 3% del PIB la financiación a la Universidad, frente al 1,22% vigente. Ello deriva en una ristra de críticas hacia lo ajustado del sistema de becas, la falta de apoyos a los jóvenes investigadores o el largo proceso de estabilización que afrontan los acreditados.

"Los científicos están muy mal pagados", comentan en círculos académicos. Lo bueno no es tener nobeles sino crear las condiciones para que los jóvenes talentos se queden, admiten los rectores, quienes, sin embargo, continúan anclados en un sistema en el que solo rinden cuentas una vez al año al claustro, donde profesores, alumnos y personal de administración únicamente atienden a sus intereses sectoriales. ¿Para cuándo dar explicaciones cuentas a la sociedad que les sostiene? Más allá de lo económico, el apoyo a la ciencia también debe enfocarse hacia un cambio en estructuras caducas.

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