Josefina Argüelles, Youtuber. El canal de recetas de cocina de la güela Pepi tiene 146.000 seguidores y millones de visualizaciones en Youtube. Pepita Argüelles, hostelera y estanquera jubilada, vecina de Llanera (Asturias), se ha convertido en una celebridad digital en toda España a sus 87 años

Josefina Argüelles, hostelera y estanquera jubilada de 87 años, vecina de Llanera y que toda su vida regentó negocios en Lugones, saltó a la fama nacional durante la pandemia, en 2020, gracias a los vídeos con recetas de cocina y las historias de su vida que, un poco por entretenerse, empezó a subir a Youtube en un canal que abrió su nieta Ángela, grabados por su hija Mari Paz. "Aquello fue una bomba", dice.

Así nació la güela Pepi, un fenómeno social con 146.000 seguidores en Youtube, 23.000 en Instagram y más de 45.000 en Facebook. La conocen en la calle y hubo quien, incluso, se abalanzó sobre su coche para pararla y poder saludarla "como si yo fuera la Pantoja". También hay seguidores que han logrado localizar su domicilio y van a visitarla como en peregrinación. Tanto afán en ocasiones la abruma. En su cocina cuelga, como un objeto más, una placa por la que hoy muchos matarían: el distintivo que Youtube entrega al que superan los 100.000 seguidores. La güela Pepi es menudina y siempre llevó el pelo corto. Pero resulta energética y cuenta todo con pasión mientras invita a casadielles y bizcocho de chocolate. Irradia una fuerza poderosa que probablemente haya lograo reunir por la necesidad de sobreponerse a la adversidad. Porque, paradójicamente, la güela Pepi, la misma que hoy suma millones de visualizaciones por dar de comer en abundancia en el mundo feliz de las redes sociales, pasó mucha fame. Fame de ir a comer lo que se daba a los gochos. Esta es la historia de cuando la Güela Pepi casi no era nadie, una huérfana en la Asturias arrasada por la guerra. La cuenta ella misma:

"Nací en la Güeria Carrocera, San Martín del Aurelio, el 16 de octubre del 36, en plena guerra. Mi padre, José, era mineru, trabajan en un chamizu donde luego fusilaron a nueve, en Les Felechoses, de donde él era. Cuando yo tenía un mes, mi padre murió luchando con los socialistas mineros. Y ahí quedó mi madre Oliva, que era de Bimenes, viuda de guerra, con dos fíos, el mi hermanu y yo. Y a pasar hambre".

"Fuimos pasando fame porque no había trabajo y mi madre no tenía nada. Mi madre vivía con mi güelu, el padre de mi padre, que era viudu y era malísimu, acuérdome yo de guajuca. Na más morir mi padre él le dio pista a mi madre, con nosotros encima. Ella cogió una casuca allí al lado que era una cocinina y una habitación. Y ahí, a vivir de limosna. Las vecinas le daban un litro leche y ella ayudaba a lavar a la que tenía hacienda. Mi hermano era mayor que yo tres años, murió hace diez años o así. Llamábase Ramón Argüelles, Pichi. A los catorce años fue pa la mina, trabajó en el Sotón y se jubiló silicosu ya perdíu. Muy buena persona, Pichi. Murió solteru. Era muy buenu, muy buenu".

"Yo fui vegetariana hasta que salí de allí a servir a Llanera, a los 14 años, te lo juro. Yo era como del hampa. Donde había nueces, ahí iba Pepita. Subía a los árboles, pañaba castañes col mi hermanu. Pa una vez que él subió a una castañal, cayó y rompió un brazu el probe. Pero yo no. Yo iba onde había higos, onde había guindas, moras y luego comía también una hierba que llamamos boliche. Nazme a mí ahora como trébol, muy jugotiso. Lo probamos y tenía un dulzor y amargor jugoso. Aprendí de mi madre, que era muy inteligente, a saber qué plantas eran venenosas y qué plantas curaban. Mi madre sabía todo de las plantas. Todo".

"Había una vecina que tenía vacas y gochu. Y ésa nos ayudaba, nos daba de comer. Levina, qué buena persona. Elllos cocían pa los gochus en un calderu les patatuques, los pulgus, las cortezas del tocino… Y luego sacábenlo afuera a enfriar en un calderu. Y, meca, la mí amiga Herminia y yo decíamos: ‘¡Ahí tenemos el pote!’ Herminia era la única amiga que tenía yo allí. Escogíamos los patatinos, los pelábamos y ¡a cenar!".

"Mi madre, con un pocu pan que le sobraba nos hacía unes sopines de ajo con grasa de corderu que no sé dónde y-lo daben. Teníalo en un tarrín y decía ella: ‘Comeles aprisa, calentines, que si no cuayen’. La grasa cuajaba. Era el desayuno. O nos daba media sardina arenque, sardina salá. Yo siempre pedía la parte la cabeza, que tenía pa chupar. ¡Entonces qué sabía yo lo que era allí ni el chorizu, ni el jamón, ni el tocino!"

"A veces asábamos una patata que robábamos a la vecina. Yo acuérdome que llevaba cerilles. Entós cogíamos cuatro hojas y una boñica de una vaca. ¿Sabes lo que ye una boñica? Una cagá. Pues eso, una cagá. Cogíamos la boñica, la prendíamos, metíamos la patata y íbamos soplando aquello. Y luego, cuando ya el fuego se apagaba y tal, sacábamos la patata, la pelábamos con la mano así y a comer aquella patata. No señor, no olía mal. Aquella boñica como era como lo que ahora que echen pa los huertos, que tira patrás del químico que lleva".

"Cuando éramos neñes un poco mayorines ya íbamos a andecha, a cuchar, a llevar estiércol en unos calderos pa una tierra donde sembraban. No había carros pa llevalo. Había que llevalo a la cabeza, por eso tenía yo la columna así, de cargar ahí. Y luego nos daben una merienda o unos caramelos. Un día vien la mi amiga Herminia con un caramelín como un gajo de naranja. Toma la mitad, pa cada una. Pero en vez de partilu vamos a chuipar les dos, me dice. La primera tocóme a mí y yo con tanta ansia chupé aquel caramelu que lu tragué. ¡Ay, Herminia, tragué el caramelu! Y empezamos a llorar les dos. Ahora ya no hay remediu, Herminia, ya ta p’allá. A mí lo que siempre me dio la vida fue el dulce, ay madre. Flanes, natilles, el brazu gitanu… Claro que recuerdo el primer dulce. Les mores que robaba y unos higos madurinos que cogíamos".

"Mi madre, na más que hubo trabajo, fue carbonera en la Güeria Carrocera. Luego acabose eso y fue pal río Nalón a sacar regodones del río pa hacer el paredón del puente de L’Entrego, con el agua hasta la cintura. Luego casose con un viudu vecín que tenía siete hijos él. Pero, bueno, algunos de ellos estaben casaos. Ya yo tenía catorce años".

"Era más buena persona, Jesús… qué buenu. Pero na. Tuvo poco casá. También murió él, en el Sanatorio Girón de Oviedo. De un cáncer de pulmón fíjate, no murió de la minería. Era mineru, claro. Allí, todo el mundo era mineru. Pero, fíjate tú, era socialista a tope pero iba todos los domingos a misa. Teníamos allí la iglesia al lado y cuando acababa la misa iben al chigrucu el cura, el alcalde y él a echar la partida y a tomar un vinín. Jesús llevábase bien con todos".

"Cuando yo tenía catorce años dije: yo quiero ir a servir también, como América y Pilarina, dos de las hijas de Jesús. Una de ellas fue la que me trajo a Llanera. Me trajeron pa la Estación del Norte de Lugones y me llevaron en bicicleta a Lugo de Llanera (Asturias), pa con los del Molín de Pando. ¡Ay, compañeru, yo pesaría 28 kilos! Seguía la fame, seguía la fame. Entonces llego allí y la paisanina me mira y dice: ‘¡Ay, Dios! ¿Qué me traes aquí? Esta criaturina está pa criala, no pa trabayar’. Entonces enseguida llegó la cena. Y yo que veo aquella mesa –estoy viéndolo aquí grabau– con un largueru de patates frites, huevos, chorizu de aquello de casa que relucía, una jarra leche y una hogaza de pan... Porque teníen molín allí, en Pando. Y dije yo: ‘¿A mí no me darán de comer, eh?’ Y me dijeron: ‘Anda, siéntate fía, y a comer’. Y yo a comer, a tomar aquel vasu leche y aquel pan y aquel huevu… Pero cuando acabé, ¡ay amigu!, Pepita ya tenía una escuela y me levanté la primera de la mesa a recoger todo. Había un bañal de granito grande y póngome a fregar. Pero no alcanzaba a abrir el grifu de allí. Dije: ‘Oiga, ¿non tienen una tayuela o un bancucu pa subime pa fregar?’ Pues nada, que quedaron alucinaos de cómo fregaba. Luego me llevaron pa la habitación, resultó que aquello era lo mejor que había visto en mi vida. Sobre todo, me sorprendió el baño, que estaba encima de la cuadra para recibir el calor del ganado, como el resto de la casa. Me pareció todo un lujo porque en casa nosotros no teníamos aseo y para bañarnos nos tirábamos un caldero de agua por encima. Yo quedé aluciná con aquello. Y me decía: ‘Y pa encima van a págame’".

(Luego la vida de la neña Pepita siguió dando muchas vueltas. Se casó, enviudó con 36 años y, conflictos de familia, la dejaron casi con una mano delante y otra detrás y con dos hijas pequeñas, de 5 y 7 años. La historia de su madre se repetía. Pero sobrevivió, salió adelante y puso en marcha varios negocios de hostelería. Dio de comer a muchos y muy rico. Le fue bien. Ganó perres deslomándose. Se jubiló, llegó la pandemia y –último e inesperado giro de guion– se convirtió en una youtuber de pistón, de esas que paran en la calle como a la Pantoja. Pasado el confinamiento, en julio del año pasado, se contagió de covid, que le causó disfagia.  "Aquello fue un latigazu". Pasó un mes sin poder tragar casi nada. Ahora que sí tenía qué comer, no podía más que ingerir papillas apenas. Bajó quince kilos. "No quedó na más que güesín de la güela Pepi, mira qué tipo me quedó". Pasó diez días hospitalizada en el Centro Médico. "Me metieron en todes les máquines". Por las noches las enfermeras iban a escucharla. Nunca perdió la fuerza ni la gracia que tiene. Ahora va cogiendo peso y salud.

–Venga, vamos a tomar un café y una casadiella) .