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De las anchoas a las gallinas o el queso azul: cuatro historias que demuestran que en Asturias se puede vivir del campo

El sector agroalimentario, que está en plena ebullición y expansión en la región, supone el 20% del PIB del Principado

Cuatro historias que demuestran la pujanza del sector agroalimentario en Asturias.

Cuatro historias que demuestran la pujanza del sector agroalimentario en Asturias.

Lanzarse a emprender en Asturias en el campo de la agroalimentación suena bien, a simple vista parece fácil –a ver quién dice que no sabe cuidar a unas cuantas pitas, cultivar tomates o hacer dulce de manzana o arándanos– y encima es muy atractivo. Porque todo lo que lleva la marca Asturias, el sello de ese Paraíso Natural que encanta a todo al mundo más allá de Pajares, tiene su éxito asegurado.

Pero es que además el sector agroalimentario atraviesa un momento dulce. Lo constató recientemente en una entrevista con LA NUEVA ESPAÑA la Directora general de Desarrollo Rural y Agroalimentación. Este tejido empresarial formado por algunas grandes firmas (Capsa, El Gaitero, por citar las más conocidas) y muchas pequeñas está en plena ebullición y expansión, actualmente supone el 20% del PIB y Begoña López considera que de aquí a 2030 puede llegar a ser el 25%, con 10.000 empleos más a sumar a los 7.700 directos que ya genera (sin olvidar los 23.000 indirectos).

Pero ojo: son también muchas las cosas a mejorar, a tener en cuenta. La primera, la planificación. La propia directora general lo advierte: “Tenemos que trabajar todos ordenados”. Hay más cuestiones de las que adolece un sector que en Asturias ha crecido, efectivamente, desordenado, a golpe de iniciativas individuales o aisladas, sin una estrategia común. Y, lo que es más importante, con cierto rechazo –bien sea por apego a la tradición, por desconfianza o miedo a lo nuevo o por motivos sentimentales– a innovar y adaptarse a los nuevos tiempos.

Ana Labad en su fábrica de Lastres Ángel González

Emprender de nuevas con la anchoa

Ana Labad es de Madrid, aunque veraneó en Lastres (Colunga) toda la vida. Allí conoció a Agustín Fernández, su hoy marido. Hará cosa de tres años ambos se debatieron entre seguir en Asturias o irse fuera a trabajar, ya que el negocio familiar de él –cuarta generación de una tienda de alimentación– tocó techo. Con todo, apostaron por lo primero: querían criar a su hijo, entonces seis años, en el Principado.

En la actualidad disfrutan del éxito de Anchoas Hazas, una conservera artesana con la que han recuperado la actividad tradicional en la que Lastres es un referente en Asturias de toda la vida. ¿Cómo han llegado a aquí sin tener nada que ver con tal sector y completamente de nuevas? “Nos fijamos que había demanda de anchoa de calidad, la gente la pedía y aquí no había producción suficiente para cubrir esa demanda, sino que se recurría a la de Santoña”, explica Ana Labad. “Las clientas, mujeres de aquí que han hecho anchoas toda su vida, nos ayudaron, nos asesoraron y no nos lo pensamos dos veces”.

La firma vende directamente el 80% de su producción, bien por su web, bien a través de tiendas en Asturias. Fuera, su presencia es testimonial. En su caso, abrirse hueco en el mercado no ha sido el mayor problema para emprender : “Al principio parecía difícil competir con Santoña, pero el producto de Asturias se vende bien”. Su producción anual está prácticamente toda vendida y aparte de comercializar la anchoa desespinada a mano, al modo tradicional y sin maquinaria, han innovado con otros productos. Lo más complicado para estos emprendedores ha sido disponer de liquidez.

“Nosotros empezamos con la empresa para tener una forma de ganarnos la vida, trabajar. No fue una inversión. Tienes ayudas, pero creo que están mal planteadas en ocasiones, pues no te llegan cuando deben o hay condiciones absurdas que no te facilitan las cosas”, señala Labad. “Nos han ido bien las cosas, pero aún así hay que adelantar dinero, no queda otra”.

Este adelanto es, por ejemplo, la compra en primavera de unos 9.000 kilos de bocarte con los que elaborarán sus conservas du rante el resto del año. El género pasará año y medio o dos en bidones en salazón hasta ser envasado. La conservera tiene actualmente 10 personas en plantilla, 8 mujeres de Lastres que aportan su sabiduría artesanal y que al día hacen unas 80 o 100 latas como mucho. De hecho, el relevo generacional es algo que empieza a quitar el sueño a los empresarios, ya que hay alguna jubilación a la vuelta de la esquina y desespinar anchoas, aunque fácil, requiere cierto aprendizaje de alguien que sepa.

Ana Labad es optimista y no deja de celebrar la suerte también que les ha acompañado. “Yo animo a la gente a emprender sin dudas. Aparte, Asturias tiene muy buena fama en el campo de la alimentación. Soy de Madrid y lo veo. Somos un territorio con producto de calidad y el plus artesano es algo que debemos aprovechar”.

José Manuel Martínez, su mujer Yolanda Egocheaga y el hermano de esta José Pedro, con las vacas de la ganadería familiar, en San Justo y los tres quesos Villasán: Tresmil, Riforque y Las Arenas. Vicente Alonso

El queso azul de la costa que da alas a la ganadería de Amelia y José Pedro

“El aroma de los prados, el gusto de la leche recién ordeñada, la niebla de las montañas, la brisa del mar acariciándolas y el sol entre los manzanos. La naturaleza, nuestras vacas y la vida de una familia son los principales ingredientes de nuestros quesos”. Es la presentación de un producto en base a esa “marca Asturias” que tanto gusta fuera de las fronteras regionales y que resume perfectamente los “ingredientes” de los que presumen todos los que conforman el sector agroalimentario regional.

En este caso, corresponde a la familia Egocheaga, asentada en San Justo (Villaviciosa), que bien ejemplifican el modelo tipo de emprendedor del campo en la actualidad: con una base, en este caso la ganadería, y que decide diversificar y apostar por un proyecto de futuro.

Yolanda Egocheaga y su marido José Manuel Martínez empezaron con quesos Villasán hace un año. Cocinaron la idea en plena pandemia y se lanzaron a ello. No partieron de cero. Ella se crió en la ganadería familiar de sus padres, José Pedro y Amelia, y cuenta con sus hermanos en el proyecto: José Pedro, como quesero, y Enol, en la ganadería. “Durante el confinamiento echamos números, masticamos la idea y nada más pasar el cierre nos lanzamos”, relata la empresaria. Han hecho cursos sueltos y cuentan con el apoyo y asesoramiento del quesero Rubén Valbuena, asociado al famoso Cantagrullas. “Siempre tuve ilusión por hacer algo con la ganadería que mis padres sacaron adelante con esfuerzo. Quería hacer algo con cariño, guapo, un producto que reflejase todo esto”, explica Yolanda. Así nació Quesos Villasán, donde llevan a gala producir la variedad azul que, a diferencia de lo que es habitual, no nace junto a las montañas sino a orillas del Cantábrico, de vacas que comen en pastos del concejo costero maliayés.

El Tresmil es uno que tiene mucho éxito y de lo más singular por su corteza de lavanda con sidra de hielo. “No me arrepiento de haber dado el paso. Es difícil sin duda, abrirse mercado, convencer al cliente de que el buen producto hay que pagarlo. Cuando logras eso ves que merece la pena y disfrutas”. Palabra de emprendedora.

La calidad suprema de los huevos de las gallinas en libertad Mara Villamuza

La criadora de gallinas que vio en el huevo casero la vía a la independencia

Abrirse hueco en el mercado ha sido hasta ahora lo más difícil para Eva García. En su caso produce huevo ecológico, Casa Garzea, una granja asentada en la finca familiar en La Braña (Castrillón). Por allí se crían y comen en libertad unas 7.000 gallinas que producen al día unos 6.500 huevos. Hace algo más de dos años cuando esta asturiana que trabaja en el sector de la alimentación decidió embarcarse en su proyecto propio. “Me fijé que todo el huevo entraba de afuera, pero la gente no dejaba de alabar el casero, lo buscaba para comprar. Yo tenía ganas de independizarme y me animé. Comencé a formarme a investigar...”. No empezó de cero. Tenía una viaje nave que amenazaba ruina de su padre, fallecido en 2008. Y allí que se instaló Eva García con sus gallinas. “Son poquitas, pero se trata de lograr un huevo de calidad, diferenciado y que guste al consumidor, que la gente diga que está rico”, apunta.

No se arrepiente de haber dado el paso, le ha ido bien en estos dos años y pico y son ya cuatro trabajadores. “Era lo que quería”.

Pero insiste: “No es fácil, más bien difícil y cuesta mucho emprender y consolidarse”. Tiene claro que abrirse hueco en el mercado es lo principal: “La comercialización tiene mucho que trabajar aún y Asturias debe hacerse valer, exprimir el valor que tiene nuestra marca. Salir fuera de aquí es lo más complicado y debemos empezar barriendo para casa. Aprender que lo de aquí, el producto cercano es quizás más caro, pero tiene calidad. Nos tenemos que apoyar los asturianos entre nosotros”. Suena bien lo que cuenta Eva García, de levantarse y ver a sus gallinas felices por las fincas. Pura naturaleza, aire libre y trabajo autónomo e independiente. Con todo, los cantos del sirena en el sector agroalimentario son muy peligrosos. Porque si algo tienen claro sus emprendedores es que es un trabajo que no para: “Las gallinas requieren atención constante. Es una labor de 365 días, 24 horas al día. Lógicamente en la actualidad no es tan duro como antes y si te organizas bien, las cosas son más sencillas. Pero todo requiere su esfuerzo”.

De pie, por la izquierda, Sergio de la Hoz, Verónica Sánchez, Guillaume Duval y María Arce; sentado, Íñigo González, en Cabranes, todos miembros de la cooperativa Kikiricoop. María Arce

El dulce éxito de la cooperativa que ha dignificado la avellana de Infiesto

Desde hace unos cuatro años la famosa y popular Nocilla tiene una seria competidora en Asturias: la Asturcilla. La marca fundada en Cabranes se ha abierto hueco poco a poco en los hogares del Principado y sus impulsores –la cooperativa Kikiricoop– siguen hoy en día trabajando al pie del cañón, innovando y tratando de mantenerse. Todo pese a que el último “ha sido un año muy duro por la pandemia”, constata Verónica Sánchez, una de las cinco cooperativistas. Su incursión en el sector agroalimentario se oficializó hace cuatro años, pero la idea se comenzó a gestar en 2014 al descubrir la falta de salida para la famosa avellana de Piloña.

Así nació la Asturcilla, con el fruto seco asturiano, sin conservantes ni aceite de palma, que se vende como una crema de cacao para untar “ecológica y neopaisana”. El producto está además estos días de enhorabuena: han logrado ampliar la conservación a seis meses, lo que abre mayores expectativas de comercialización.

La idea inicial era aprovechar, efectivamente, ese excedente de avellana regional sin uso, que se pierde en ocasiones por los montes sin que nadie lo recoja o que, como mucho, su recorrido comercial acaba cuando sus productores en Piloña –que más bien siguen con el cultivo por motivos emocionales y familiares– venden en la feria anual de octubre en Infiesto. Pero a los fabricantes de la Asturcilla no les queda más remedio que comprar parte de los 22.000 kilos de fruto que usan al año en Cataluña.

¿Por qué? “En Asturias no hay máquina para descascarillar. Qué más quisiéramos que comprarla toda aquí, pero hoy en día es imposible encontrar avellana en grano. No es por no pagarla, es que no hay en Asturias maquinaria adecuada para ello”. De hecho, dice Sánchez, “usar la de aquí es más bien ya implicación y determinación personal, de apoyar al territorio, porque por costes saldría más barato traerla de fuera”. El caso de la cooperativas cabranesa ejemplifica uno de los desajustes del sector agroalimentario: la falta de servicios que cubran las necesidades de las empresas. En Kikiricoop todos tienen clara su apuesta por el campo, por vivir en el pueblo y trabajar también allí. La cooperativa sigue hoy en día donde fue fundada: en unas naves del polígono de Cabranes. Su proyecto se ha visto ampliado con reparto de comida a domicilio, una idea surgida durante el confinamiento.

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