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Los geriátricos, sin mascarilla: “Por fin se nos verá la cara y a ver si podemos bailar”

Los mayores, el colectivo más golpeado por el coronavirus, afrontan con “respeto” pero también con “optimismo” la flexibilización de medidas

El adiós de las mascarillas en las residencias de mayores: "Ya estábamos muy cansados pero tenemos miedo a nuevos brotes" VÍDEO: Amor Domínguez/ FOTO: Irma Collín

“Los que más sufrieron esta pandemia serán los primeros en poder liberarse de la mascarilla, gracias al esfuerzo que hicieron de vacunarse, porque las tasas de vacunación son muy importantes”. Las palabras de Fernando Martínez Cuervo, director de la residencia de mayores de El Cristo (Oviedo), subrayan la justicia de que la vida, más allá de la desescalada, se abra paso en los geriátricos, golpeados con extrema dureza cuando estalló la pandemia, en marzo del año pasado. “¡Por fin, que se nos vea la cara!”, proclamaba ayer Conchita Suárez, una de las residentes que afronta este nuevo paso “con respeto, pero sin miedo”.

El fin del uso de la mascarilla en el interior de las residencias de mayores donde esté vacunado más del 80 por ciento de sus internos a partir de mañana supone un nuevo hito, un paso muy importante. “El cambio se va a notar porque hasta ahora los residentes tenían que usar la mascarilla en las zonas comunes, algo muy duro para quienes tienen deterioros cognitivos y muy pesado para todos. Seguro que con esta medida vamos a facilitar mucho las relaciones”, admite el director de la residencia.

“Van a poder vivenciar el día a día con más normalidad de la que teníamos hasta ahora, aunque la mascarilla era necesaria para evitar que el virus volviese a generar nuevos brotes”, detalla Fernando Martínez, que hace hincapié en la relevancia de las visitas programadas para la calidad vital y emocional de los internos. El beso del matrimonio formado por Catalina Fernández y Carlos Fernández González, 67 años casados, pone imagen pero, sobre todo, sentimiento a las ganas que hay de recobrar algo más que la vuelta a la normalidad, la vida y los gestos cotidianos, en cuarentena desde hace más de un año en las residencias de mayores de Asturias, donde conviven más de 11.200 personas. El director de la del Cristo recalca “la tranquilidad” que suponen las tasas de vacunación del 99% en los residentes y el 98% en los trabajadores, en el caso de su residencia: “El virus sigue estando en la comunidad pero la tasa de prevalencia es pequeña ya y esperamos que siga disminuyendo”, apunta.

Rodolfo Prieto (a la izquierda) y Marcelino Pérez, de la misma residencia. | J. A. A.

La presidenta de la junta de residentes, Ana Losada, ha sido la encargada de trasladar a la comunidad las novedades que entrarán en vigor a partir de mañana. “Ya saben que van a tener que seguir llevando la mascarilla cuando no hay metro y media de distancia de separación y sobre todo cuando salgan fuera, porque aquí hay un 30 por ciento de personas autónomas que hacen vida fuera del centro”, comenta Martínez Cuervo.

“Llevar la mascarilla todo el día dentro de la residencia se hace muy molesto, sobre todo si tienes problema para respirar como es mi caso”, afirma Ana Losada, quien confiesa que pese a ser asmática nunca pidió la autorización médica para no tener que llevar el cubrebocas. “Tengo ganas de quitar la mascarilla por lo incómoda que resulta, pero por otra parte tengo miedo, porque hay gente que se olvida de ser prudente y luego surgen los brotes”, agrega.

También José Ramón Suárez, vicepresidente de la junta de usuarios de la residencia del Cristo, comparte “las ganas” que hay de aparcar el tapabocas. “Ya iba siendo hora. ¡Por fin, que se nos vea la cara! Y que nos dé el aire en la cara, que con el calor es muy molesta la mascarilla”, declara una expresiva Conchita Suárez, que tiene en mente a los compañeros que se han contagiado desde que el coronavirus irrumpió en su vida: “Llegan las vacaciones y la gente se mueve más. Hay que tener respeto pero miedo tampoco. En mi familia somos muchos y no le dio a nadie, pero al que le dio está fastidiado”, constata.

En primer término, Ana Losada, presidenta de la junta de residentes de El Cristo, y, a la derecha, Conchita Suárez. | Irma Collín

“Me costó acostumbrarme a la mascarilla. Salía algunos días sin ella y tenía que ir a la farmacia”, comenta José Manuel García Canellada, que ahora alberga dudas de que le pueda pasar justo lo contrario: “Cuando la quiten, igual me da por ponerla y me van a tener que decir que ya no hace falta. Porque, la verdad, ahora ya no me molesta nada”.

“Esto se va normalizando”

“¿Que si tengo ganas de quitar la mascarilla? Por descontado. A ver si abren el bar y podemos volver a bailar en la residencia”. Genio y figura desprende Patricio Fernández Campomanes-Tocino, a punto de cumplir los 99 años mientras toma el sol en un banco a las puertas de la residencia de mayores Santa Teresa, en el centro de Oviedo. Conoce al detalle que desde mañana ya no será obligado el uso de la mascarilla en el interior de la residencia. “Pero los trabajadores y las visitas tendrán que seguir llevándola”, recalca este mierense, testigo de la evolución de la pandemia en este geriátrico de la red pública. “A ver si se pueden quitar de una puñetera vez para todo porque son incómodas, molestan”, asegura Patricio Fernández, que se muestra optimista. “Bueno, parece que esto ya se va normalizando. Aquí estamos todos vacunados, a mí ya me la pusieron a principios de año”, relata. “Tenía muchas ganas de ponerla. En algunas pestes que hubo siempre me vacuné y eso que nunca estuve enfermo”, comenta con la mayor naturalidad este policía local jubilado, a quien estos 15 meses le han privado de la que era su rutina habitual: “Aquí lo pasamos bien. Canto en el coro, juego a la lotería, bailo. Pero todo esto nos lo perdimos, por eso tiene que volver”.

A las puertas de la residencia Santa Teresa, Patricio Fernández Campomanes-Tocino, que solo se quitó la mascarilla para la foto y guardando la distancia de seguridad, aunque mañana ya podrá estar sin ella dentro del geriátrico.

En un banco próximo, puertas afuera de la residencia, charlan Marcelino Pérez, de 70 años, natural de Grandas de Salime, y Rodolfo Prieto, de 80 años, del pueblo cabraliego de Inguanzo. “Lo malo yo creo que ya pasó, la vacuna valió mucho, pero la normalidad del todo todavía tardará algo. Vamos a ver cómo se porta la cepa india”, vaticina Marcelino Pérez. La confirmación de la vuelta a la normalidad tiene fecha en la residencia del Cristo. “Siempre hacíamos una pequeña hoguera en la noche de San Juan a la entrada. En 2020 no la hubo y ahora decidimos esperar un año más”, revela el director, Fernando Martínez Cuervo. Ya queda un día menos.

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