Pajares, el puerto sentimental que asombró a los viajeros

Por carretera o en tren, la barrera de la entrada de Asturias inspiró a ingenieros, periodistas, escritores y filósofos

Pajares, el puerto sentimental que asombró a los viajeros

Pajares, el puerto sentimental que asombró a los viajeros

Javier Cuervo

Javier Cuervo

Pajares es puerto y puerta. Abre Asturias a la meseta central por León y es un hito sentimental de las entradas y las salidas. Para los viajeros que vienen del centro de España el puerto de Pajares es el mirador por donde asoma Asturias, el lugar de la primera impresión. Los viajeros han dejado testimonio a lo largo de los siglos de la dureza del viaje que dentro de tres días será más corto y más rápido con la apertura de la variante ferroviaria de Pajares y la Alta Velocidad.

El escritor y editor José Antonio Mases (Cabranes, 1929), con sus conocimientos y disciplina enciclopédicos, recogió muchos testimonios de las visiones de la región visitada y las reunió en una obra impresionante titulada "Asturias vista por viajeros románticos extranjeros y otros visitantes y cronistas famosos, siglo XV al XX", que editó Trea en 3 tomos en 2001 y obtuvo el premio "Alfredo Quirós Fernández" en 2000.

En estas panorámicas, Pajares es inevitable. Esto es una selección de los textos relacionados con el puerto extraída de la obra de Mases. Hay visiones generales y otras que descienden a la minucia y dan detalles interesantes de los pueblos y sus dimensiones a lo largo de los siglos XIX y XX.

Francisco de Luján

Francisco de Luján / LNE

Ciencia, épica y lírica

Francisco de Luján

El ingeniero de minas, militar, científico y político Francisco de Luján (Madrid, 1798-1867), editó seis años antes de morir el "Viaje científico a Asturias y descripción de las Fábricas de Trubia, de fusiles de Oviedo, de zinc de Arnao y de hierro de la Vega de Langreo". Fue varias veces ministro de Fomento. Su visión empieza científica, pero sigue entre la épica y la lírica:

"El puerto de Pajares alcanza 1.363 metros sobre el nivel del mar, del cual dista 10 leguas y media; y la faja de este ancho que separa las olas del Océano de la línea culminante y la partición de aguas con la provincia de León presenta tales infractuosidades, y valles tan profundos y con desniveles tan ásperos y cortados a pico en muchos casos que con dificultad se hallará un país más agreste y de aspecto más imponente. La vistas de Asturias desde el puerto de Pajares un día de sol radiante es magnífica sobre todo encarecimiento: la masa inmensa de las montañas; la profundidad de los valle; las rocas calizas cuyos cabezos descuellan desnudos de vegetación en las alturas, y en dirección constante de E. a O. un poco al N.; los bosques sombríos de hayas, robles y castaños que llenan el fondo de los precipicios; las aldeas y caseríos colgados en los flancos de la montaña y como suspendidos en el espacio, y rodeados de aquella naturaleza vigorosa; y el contraste que presenta el cultivo y población de los valles y de sus laderas con las cimas de las montañas, en las que apenas la mano del hombre ni el sudor de su frente han dejado huellas en el transcurso de tantos siglos, todo embarga el ánimo, y hace al hombre confundirse en su pequeñez, al compararla con las fuerzas maravillosas de la creación".

A. Germond de la Vigne

A. Germond de la Vigne / LNE

El camino tan caro como pavimentado en plata

A. Germond de la Vigne

A mediados del siglo XIX, el hispanista francés Alfred Germond de la Vigne (París, 1812-1896), que fue traductor de Quevedo y de Avellaneda, hizo un itinerario descriptivo de España y Portugal y, pegado al camino, cuenta así su entrada en Asturias:

"Busdongo, pueblo de 149 habitantes: a la salida nos adentramos en el desfiladero llamado puerto de Pajares o de la Perruca. Este paso es el único transitable para coches, a lo largo de toda de esta cadena de montañas inabordables que se extienden desde Vizcaya hasta Galicia. Muy cerca del punto más elevado, que forma el límite entre las provincias de León y Asturias, se encuentra la abadía de Arbas, fundación muy antigua, destinada en otros tiempos a albergar a los peregrinos que atravesaban a pie la montaña, antes de la construcción de la carretera. Franqueado el límite, pasamos entre los mojones destinados a indicar la ruta en tiempo de nieve; después descendemos por pendientes rápidas, teniendo a la vista los ricos valles, las cumbres arboladas, y numerosas aldeas. Llegamos así al final del puerto, y sobre la vertiente N., a Pajares. Pueblo de 200 habitantes, dos posadas aceptables. Se detiene la diligencia de Castilla para pasar la noche. Estamos todavía en medio de las montañas; alrededor de Pajares nacen numerosos riachuelos para formar, un poco más abajo, el río Lena, que desciende paralelo a la carretera durante una parte de su recorrido hacia Oviedo. Nos encontramos Flor de Acebos, La Romía, La Muela, Vegallina, pequeñas localidades de 8 a 10 casas, para luego cruzar el río Lena por (11 km) Puente de los Fierros, centro de una parroquia de 200 almas, dependiente, junto con La Frecha, Campomanes y la Vega del Ciego, del ayuntamiento de Pola de Lena.

Pola de Lena, pequeña villa de 160 casas, alineadas a ambos lados de la carretera, y que cuenta con dos buenas posadas, una de ellas hace de parador para las diligencias. Aquí recibe el río Lena, a la derecha de la carretera, las aguas del Naredo. La carretera pasa por Ujo, pueblo de 400 habitantes, cruza de nuevo el río Lena en Santullano, por un hermoso puente y se interna por la magnífica llanura, hábilmente cultivada, que precede a Mieres del Camino ( tres buenas posadas, la principal al lado del palacio de Camposagrado), villa de 4.000 almas, aglomeradas en el centro de un hermoso anfiteatro de montañas muy pintorescas. El río Lena, que toma aquí el nombre de Caudal, pasa a la izquierda de la villa. En los alrededores están las minas de carbón, de cinabrio, de hierro y de azufre. La rica cuenca minera está, también, a una pequeña distancia de Mieres, a la derecha; un camino conduce allí".

Germond de la Vigne pone en contexto las comunicaciones de la época:

"Salvo por vía marítima, no hay más que una entrada, transitable para los coches, para llegar a Asturias: es la de León y el puerto de Pajares. La construcción de este camino costó tanto que dicen que Carlos IV preguntó si estaba pavimentado de plata. De ningún lado, a no ser de Santander, se puede llegar a la provincia, si no es franqueando los puertos de montaña (puertos secos), de difícil acceso, a través de rocas escarpadas y a gran altura sobre el nivel del mar. Son senderos estrechos que serpentean en medio de pasos, a menudo peligrosos, accesibles únicamente a las caballerías, e impracticables en la época de las nieves. Se cuenta cinco al O., en el concejo de Cangas de Tineo: los puertos de Cuadro de Cienfuegos, de San Antón, de Cerredo y de Leitariegos; hay once puertos en la cordillera meridional; Cerezal, Somiedo, la Mesa, Ventana, Cutalla, Pajares, Piedrafita, Vegarada, San Isidro, Caliago y Tarna; luego, al E., Ventaniella, Arcenorio, Beza, el célebre desfiladero de Covadonga, donde se encuentra una abadía muy famosa, y por último los Urrieles, por donde se comunica con la provincia de Santander". (...)

"Asturias, una de las provincias más selváticas de España, está en comunicación con la provincia de León por una sola carretera practicable para las diligencias. Esta fue, naturalmente, la que tomamos para regresar a León. Pasamos sin obstáculo el famoso Puerto de Pajares, estrecho desfiladero que separa las dos provincias. Durante la mala estación este puerto está cerrado por las nieves; incluso sucede a veces que la diligencia no puede continuar su camino y los viajeros se ven obligados a hacer la noche en la posada. Esto al menos fue lo que nos aseguró el mayoral, que nos señaló unos mojones destinados a marcar la carretera cuando la nieve está alta, lo mismo que en el Simplón o en Mont-Cenis. Muchas personas se figuran erróneamente que el clima de España es siempre es dulce y templado".

Ricardo Becerro de Bengoa

Ricardo Becerro de Bengoa / LNE

El cronista del viaje en una línea de tren nueva

Ricardo Becerro de Bengoa

Ricardo Becerro de Bengoa (Vitoria, 1845- Madrid, 1902) fue catedrático en Palencia y en Madrid, periodista, publicista, político liberal republicano, académico de la Historia y de las Ciencias y dibujante. Fue un viajero ferroviario autor de "Viajes descriptivos de los caminos de hierro. De Palencia a Oviedo y Gijón, Langreo, Trubia y Caldas", editado en Palencia en 1884. Está inaugurando la vía de Pajares fascinado.

"La línea de Asturias ha debido y deberá siempre su fama a las titánicas obras que se han ejecutado para vencer las dificultades colosales del paso de la gran cordillera, a que da nombre el pueblecito de Pajares. En su descenso ocurre lo que en todos los de la gran divisoria del Pirineo Cantábrico, unido por el Mediodía a las elevadas mesetas castellanas por suave declive, y por el Norte a las oceánicas playas por rápidas y espantosas laderas y accidentadísimo suelo. Hay en este trayecto cincuenta y nueve túneles, así es que bien puede decirse, que casi todo él es subterráneo. Sin embargo, en los claros, al mirar hacia el Poniente, no podrán menos los viajeros de admirarse del bonito cuadro que la naturaleza ofrece, en estos profundos valles que forman la estrecha cuenca del Pajares y de sus diversos afluentes. ¡Lástima grande, que tanto aquí como en la línea de Galicia, no pueda el curioso disfrutar de la contemplación detenida de las grandes obras que se han realizado en la vía, de los gigantescos trabajos y de los bellísimos panoramas que en mil puntos distintos se presentan! [ ... ].

El viajero al encontrarse en Asturias dentro del tren, no ha sufrido la indescriptible sorpresa que experimentaba el que antes hacía en coche la travesía por el puerto. ¡Quién no ha oído muchas veces el justo elogio de esa maravilla de la naturaleza, que asombra á cuantos al trasponer las casas de lo alto de La Perruca, asoman al pretil de la izquierda de la carretera, y que consiste en el panorama grandioso del relieve de la cordillera extendido de S. á N., y por la banda de Poniente, en larga línea por el cielo y en imponentes é increíbles profundidades por la tierra! El ánimo se detiene absorto ante aquel brusco cambio, que el paisaje presenta, cuando dejando los ruines páramos de la suave subida de Arbas, donde viven en el verano en rústicas chabolas algunos pastores, se acerca uno a la revuelta del puerto, que en un sencillo pretil limita y que decoran empinados y cónicos pilares. Se siente el observador atraído hacia el abismo, y pocos se atreven á apoyarse en el pretil para contemplar el cuadro. Este no parece natural, sino pintado en inmenso panorama concebido por algún genio.

Cinco gargantas paralelas en declive, cubiertas de frondosas hayas, bajan desde la divisoria á formar allá, en el abismo, otros tantos vallecitos reunidos en uno solo al fin, que se revuelve en una ladera y forma el Valgrande, famoso por las cacerías de osos, lobos, cerbatos, jabalís y rebecos. El túnel de La Perruca asoma a nuestros pies en una angostura, limitada por unas cuantas casas de obreros, y enfrente de su salida, entre los macizos de las profundas rocas y el verdor de las arboledas, se abren las bocas de otros dos pequeños. Más allá y más en lo hondo aún, se multiplican los vallecitos y sobre ellos se encrespan verdes laderas, verticales unas, con escasa vegetación, mirando al Mediodía y más suaves otras, con arbolado y de frente al N. y al E. Sobre su oscura cima festoneada de copas de hayas, se levanta colosal otra cordillera en segundo término, de abruptas, gigantescas peñas calizas, desnudas en sus cimas, afiladas en picachos, redondeadas cual titánicos domos, grises en su masa general, azules en sus siluetas, salpicadas de misteriosas hendiduras ó trazos y de cortadas sombras, que empinándose hasta la región de las nubes, ocultan generalmente entre estas su cabeza. No hay pueblecitos, ni caseríos en los valles primeros, ni ermitas en los altos; nadie parece que se mueve en este asombroso cuadro, como si la naturaleza, imponente al ostentar toda su bellísima y salvaje majestad, hubiera infundido temor en los corazones é impidiera que el hombre y los animales se acercaran á ella. Hacia el Norte, pero muy lejos de este incomparable mirador y de sus primeros términos hay alguna que otra aldea, y por las colinas inmediatas se ven trazados varios senderos; pero aquí en este rincón que tanto nos sorprende el paisaje se alza grandioso, mudo, solitario, cual si fuera una tierra habitada en otros tiempos por los gigantes y donde nadie se atreve ahora á poner sus pies. Y así, admirable, rico en constante verdor, cuajado de hermosas tintas, aunque es bello, ¡cuán poco se parece en su aspecto al que presenta cuando las nieves lo cubren todo, desde el más escondido repliegue á las cimas altísimas, cuando aparece como tallado en mármol blanco, más cercano a nosotros que ahora, en la ilusión óptica que se forma, festoneado de encaje por el verde oscuro de los bosquecillos bajos, que se destacan á trechos entre la nieve, abrillantado por el sol, en algunos muy pocos días, embozado en tormentosas nubes y en un mar de juguetonas nieblas, y presentando, en fin, un conjunto que así como en el buen tiempo seduce y atrae, entonces sorprende y aterra.

Becerro de Bengoa tiene sus ideas para el propio pueblo de Pajares y le ve posibilidades sanitarias, unas de las primeras para hacer turismo, para salvar la decadencia que le traerá la llegada del tren que arrasa lo que era parada de postas:

"Pajares sería un lugar ideal para un balneario. Está situado en el extremo de un valle, a medio camino de la subida a la montaña, totalmente protegido por el norte y por el este. Mira hacia el suroeste, hacia el punto en que se abre el precioso valle. El río que transcurre por el fondo es suficientemente profundo para bañarse, y los alrededores ofrecen innumerables posibilidades para hacer excursiones: desde darse un paseíllo relajado hasta lanzarse a la más osada escalada. Es un lugar ideal para personas con problemas respiratorios, especialmente de mayo a octubre. Lo malo es que no hay una fonda decente en la que estas personas puedan hospedarse [ ... ]. El pueblo vivió tiempos más prósperos, especialmente la posada, puesto que era un lugar de mucho tráfico. Pero todo esto había cambiado para peor con la llegada del ferrocarril, que no suponía beneficio alguno para los lugareños. Nosotros nos beneficiamos de esta situación, porque durante toda nuestra estancia fuimos los únicos huéspedes".

El periodista recoge el rito del hito del asturiano en Pajares que se siente en la puerta de casa.

"Al llegar a lo alto de la cuesta, donde está el mojón, signo divisorio de ambas provincias, presenciamos una escena que nos enterneció. Iba delante de nosotros una cuadrilla compuesta de asturianos pobres, que llevando al hombro los instrumentos agrícolas de que se sirven para la siega periódicamente en los llanos de Castilla, volvían a su país. Al poner aquellos hombres el pie en el territorio de Asturias se postraron respetuosamente y besaron con entusiasmo la tierra en que habían nacido. Esta demostración, que recuerda las sencillas costumbres de los tiempos primitivos, nos mostró que el amor de la patria, tan arraigada en la mayor parte de nuestras provincias, es casi un culto en el corazón de los asturianos".

Becerro de Bengoa describe de esta manera el dintel del contraste del puerto puerta que cierra Castilla y abre Asturias

"En la altura del puerto cambia la decoración natural de una manera sorprendente. A las desiertas y monótonas llanuras de Castilla, se suceden ya elevadísimos montes cubiertos de maleza y de árboles, y habitados por osos, corzos y cabras monteses, ya magníficas cascadas, ya risueñas colinas cubiertas de verdura y salpicadas profusamente de caserías, iglesias y torres feudales, ya en amenísimas praderas regadas por limpios arroyos, y en las que retoza multitud de ganado. Sublime y grandioso es el panorama que domina el viajero desde el alto de Pajares. Parece que el dedo de Dios trazó allí una línea divisoria para señalar los dos países enteramente distintos uno de otro, y que al colocar al de Asturias tan aislado de las demás naciones, circundado por todas partes de montes inaccesibles o de las siempre embravecidas olas del mar Cantábrico, y dotándole al mismo tiempo de todos los frutos y producciones necesarias a la vida, fue su intento formar una región afortunada en que el hombre, a costa de un moderado trabajo, tuviese lo preciso, pero sin aquel regalo que le afemina, le enerva y le entrega a la ociosidad y los vicios".

Luis Morote

Luis Morote / LNE

Grandiosísima fábrica de un ferrocarril de titanes

Luis Morote

El periodista valenciano Luis Morote (1862-1913), que dirigió periódicos en Valencia y Madrid y fue un liberal combativo, contrario a la pena de muerte y diputado de Partido Republicano, da detalles de pasajero inimaginables para los futuros de la Alta Velocidad:

"He vuelto a repasar el puerto de Pajares, la grandiosísima fábrica de este ferrocarril de titanes. Desde Puente de los Fierros, suceden a las inclinadas gargantas de la sierra, los vallecitos, muy estrechos primero, más amplios después, y un tanto llanos y anchurosos en cuanto se penetra hacia los caudalosos ríos. Después de Puente de los Fierros se cruzan ochenta y tantos túneles en serie continua. La travesía por los túneles produce el efecto de asfixia, de envenenamiento. Sale uno de allí con la cabeza mareada, la cara y las manos negras.

(...) En el trayecto leonés-asturiano, trátase de bajar con la suave pendiente del dos, en su máximum, desde el alto de Busdongo y boca S. del túnel de La Perruca, a la estación de Puente de los Fierros, situada a 768 metros más abajo. La carretera de Pajares, venciendo grandes y peligrosas rampas, salva esa altura con una línea de unos 18 kilómetros. El ferrocarril, en su difícil y admirable trazado, une ambos puntos con una vía de cuarenta y cinco kilómetros, es decir, que el recorrido es dos veces y media más largo.

No puede darse el lector una idea de la gran campaña de penosos estudios de campo y gabinete, de los variados proyectos y del caudal de talento, de actividad y de perseverancia que han sido necesarios para abrir la gran vía por la que hoy circulan con toda comodidad los viajeros, sin apercibirse apenas de los detalles del terreno por donde pasan. Casi todo el ferrocarril es subterráneo".

Pajares, el puerto sentimental que asombró a los viajeros

Pajares, el puerto sentimental que asombró a los viajeros

La pluma y el pincel del viajero inglés

Edgar T. A. Wigram

Edgar T. A. Wigram fue un viajero y dibujante inglés autor de libros pintorescos, uno de ellos dedicado al norte de España publicado en 1906. Este artista sube el puerto de Pajares:

"Lena es conocida por poseer la preciosa iglesia del siglo VIII de Santa Cristina, quizás la más importante del conjunto de monumentos que da renombre a la zona de Oviedo, y el entorno en el que se sitúa es muy similar a Gales o a Cumberland Highlands aunque a mayor escala.

Hasta aquí la ascensión es gradual, pero en adelante el camino se desplaza hacia el lateral de la montaña y se eleva con esfuerzo trazando zig-zags, mientras que la línea del ferrocarril, que hasta ahora había discurrido a la par que el camino, se desvía por su cuenta y vaga por valles laterales en busca de una pendiente menos pronunciada que le facilite los cuatro mil pies de escalada. A veinte millas de carretera desde Lena y más de treinta de tren, la subida a la cima es ardua, pero merece la pena por las preciosas vistas. Guardamos un recuerdo muy vivo del vaso de agua con que nos obsequió la mujer que estaba al cargo del paso a nivel que hay a los pies del último tramo de pendiente. Era navarra y aquel agua es la mejor que he bebido en mi vida.

Northern Spain

Northern Spain / LNE

Al final el ferrocarril se introduce en un túnel y la carretera sigue sola recompensando a sus clientes con un magnífico panorama con el valle abismal debajo y, hacia el Oeste, el duro perfil de Peña Ubiña que rara vez se encuentra sin nieve. A ningún escalador le importaría partirse el cuello entre estas rocas salvajes.

El paso que vamos a dar para cruzar el Puerto de Pajares es uno de los más decisivos de todos los que hemos dado hasta aquí. Es el que cruza la frontera entre León y Asturias, la frontera entre el reino de las nubes y el del sol. El collado no sólo separa dos provincias sino también dos climas distintos, y tenemos la sensación de estar entrando de golpe en el trópico. Atrás queda el valle verde y florido; delante tenemos rocas desnudas y ardientes y algunos retales de hierba tostándose bajo la atenta mirada del sol. Aunque las nubes atlánticas se amontonen espesas hacia el norte, es taro que alguna se aventure a moverse hacia el Sur.

Puede que el paisaje sea menos atractivo, pero no por eso deja de ser impresionante. Las montañas, como en todo el paisaje español, adoptan formas de lo más original".

El diplomático aterrado en su diligencia

Manuel Llorente Vázquez

Manuel Llorente Vázquez fue un diplomático en Suecia, Noruega, Dinamarca y otros países y escritor, viajero y colaborador de revistas internacionales en su tiempo. En "Asturias. Fenómenos, fantasmas, brujas y apariciones. Creencias en seres sobrenaturales" escribe que escapa de los calores veraniegos de Madrid y se mete en el tren correo a las seis y media de la tarde para conocer "la clásica tierra en la que tuvo origen la tercera dinastía goda y la célebre y gloriosa revancha de la no menos célebre y triste rota de Guadalete.

Por fin llegamos, después de quince horas de carrera, á la Pola de Busdongo, término de la línea férrea entonces, y tomamos la diligencia, con la cual, y sintiendo no estar confesados, empezamos á trepar los escabrosos montes herbáceos que apenas dejan paso al principado de Asturias por el terrorífico puerto de Pajares.

Imposible me es describir toda la grandeza de este puerto, desde cuya cumbre se asusta el espíritu más varonil al contemplar aquellos abismos sin fondo en los que crece un monte espeso, por el que sólo cruza el feroz jabalí, el corpulento y pesado oso ó el esbelto y ágil venado.

Se atraviesa, pues, el Pajares, en cuya cima, además del espectáculo grandioso que gratuitamente nos proporciona la atmósfera, entra en el Padrún, que es como si saliésemos de Málaga y entrásemos en Malagón".

Noche en el pueblo de Pajares y viaje en galera por la carretera

Alexander Holinski

Alexander Holinski escribió en francés un librito traducido como "Una ojeada sobre Asturias", publicado en 1843 y firmado como A. H. Este libro lo descubrió Ignacio Herrero Collantes, marqués de Aledo, miembro de la Academia de la Historia en 1953 y el bibliófilo José Luis Pérez de Castro identificó al autor como Alexander Jean Joachim Holinski, apoderado en París del financiero sevillano Alejandro Aguado, marqués de las Marismas del Guadalquivir (1785-1842), impulsor de la carretera Carbonera y fundador de la Sociedad de Minas de Carbón de Siero y Langreo.

Ahora sabemos por información documentada en la página web del Polish Club de San Francisco que nació en Bielorrusia en 1816, emigró a Nueva York, escribió al menos dos libros más -"California y las rutas interoceánicas" editado en Bruselas, y "Ecuador, escenas de la vida sudamericana, editado en París en 1861- donde vivió, se casó con una inglesa y murió en 1893.

Asturias (1843)

"Al pasar el puerto de Pajares, usted se arriesga a encontrar en Asturias el frío y fuertes lluvias, mientras que en Castilla, algunos momentos antes, la magnificencia de un cielo sin manchas se cobraba con los ardores de un sol africano del todo. Pero las colinas se engalanan con verdura y con bosques; los riachuelos y los ríos se deslizan susurrando por unos abismos profundos; los pueblos, construidos de piedra y no de barro, destacan agradablemente en medio de una naturaleza, unas veces tranquila, otras agitada, pero siempre alegre. He ahí compensaciones, estimo, a los calores sofocantes que usted ha perdido. En verdad que, geográficamente hablando, ya no está usted en pleno centro de España. Sin embargo, los habitantes hablan el más puro castellano, y si bien no son descendientes de los compañeros del Cid, tienen por abuelos a los soldados de Pelayo. Su historia está siempre en lucha con el romance, por ser tan poética. Ha sido una fortuna, pues, para España, que este rincón de tierra, fuera de los límites naturales, se haya encontrado ahí, para servirle de atrincheramiento y para derrotar a los árabes.

Se dice que la vista que se domina desde el Puerto de Pajares sobre innumerables picos, agrupados como las flechas de una catedral gótica, estremece por su extraño aspecto salvaje. Los buenos asturianos, viendo en ello la imagen de la perdición, la señalan con el nombre de Infierno. Durante seis meses del año, cuando el frío acumula las nieves, los osos son los funestos demonios que reinan en estos lugares. Sólo después de haber bajado durante casi una hora, en medio de una oscuridad profunda, echada como tela sobre preciosa decoración, es cuando llegué, para pasar la noche al pueblo de Pajares, construido en una pendiente muy inclinada. En una de esas tortuosas calles accesibles solamente a los bueyes y a los peatones, una fonda nos alojó. Una joven y robusta montañesa, que salió a nuestro encuentro, y que era nada menos que la sobrina de la dueña, cargó, con una agilidad extraordinaria, nuestros tres sacos sobre sus vigorosas espaldas, y nos instaló en dos cuartos con tres camas. La "galera" se quedó en el camino con los muleros, lo que no es de extrañar, puesto que la "galera", si quiere usted saber lo que es, tiene el aspecto y la dimensión de una diligencia de Francia. Diez o doce personas se instalan corrientemente con bastante incomodidad, las piernas estiradas o cruzadas a la moda de Oriente, sobre una especie de suelo, bastante duro, formado por los equipajes que se transportaban y por los sacos de avena, todo ello recubierto de bastas arpilleras, a modo de alfombra. Este horroroso vehículo, donde los hombres son sacudidos como si fueran terneros llevados al matadero, sólo camina a razón de una legua por hora, a pesar de las ocho o diez mulas enganchadas. Sin embargo, esta forma de viajar, que hace la competencia a las diligencias, cuando no las sustituye, parece serles todavía bastante cómoda a los españoles, el pueblo más atrasado, para el confort, que conozco en Europa .

A la mañana siguiente, pudimos darnos cuenta de la altura a la cual habíamos subido, al bajarla durante gran parte del día. Las montañas, todas cubiertas de una exuberante vegetación, no cesaban de rodearnos, alejándose a veces para dejar sitio a pequeños valles, espléndidamente cultivados, y acercándose de repente para encajar algún torrente tranquilo, semejante a un arroyo. El agua y los árboles no faltan en este rincón de Asturias, a pesar de no tener, propiamente dicho, ni ríos ni bosques. Campomanes, pueblo singular situado en un lugar muy pintoresco, y Mieres, especie de gran villa, con un emplazamiento también bonito, ofrecen lugares de paradas agradables en el camino de Oviedo".

Pajares, el puerto sentimental que asombró a los viajeros

José Ortega y Gasset / LNE

El fracaso visual de un castellano

José Ortega y Gasset

El gran filósofo y ensayista español del siglo XX José Ortega y Gasset (Madrid, 1883-1995) visito Asturias en varias ocasiones y en su obra "El espectador" dedica varios pasajes a Asturias y lo asturiano. Este está hecho después de mes y medio de veraneo en Asturias:

"Para entrar en el alma de Asturias, como para entrar en su tierra, un castellano tiene que pasar por los puertos de la cordillera cantábrica. ¡Leitariegos, Pajares, Piedrafita, El Pontón, Pan de Ruedas! Son los puertos, lector; lugares sublimes, majestuosos, de prócer soledad. No son León-Castilla, no son Asturias. Son sitios para elegir entre lo uno y lo otro. Desde ellos se divisa a ambas manos dos paisajes totalmente diversos que guardan, como la vaina su espada, dentro de sí predispuestas dos maneras de vivir, dos modos distintos y antagónicos de decir sí a la existencia.

Desde Pajares o desde Leitariegos, vueltos de espaldas a Castilla, nos parece habernos curado de una peligrosa alucinación. ¿Qué vemos ahora?

Lo primero que mirando hacia Asturias vemos los castellanos es que no vemos. Hechos a nuestra atmósfera, lanzamos la mirada al viento sin preocupación ni sospecha. En Castilla, mirar suele ser disparar la flecha visual al infinito; ni al salir de la pupila ni en el resto de su trayectoria encuentra obstáculo alguno. Cuando se ha hartado de volar en el vacío, la rauda saetilla cae por su propio peso y se hinca en un punto de la tierra que es ya casi un punto del cielo. En Castilla, la mirada crea y fija el horizonte como, según Darwin, en la Pampa llanísima el pie elige y a la par crea el camino.

Pues bien; la primera mirada incauta que desde Pajares dirigimos al otro lado es siempre un fracaso visual. Apenas abandona la córnea se encuentra enredada en una substancia algodonosa donde pierde su ruta cien veces: es la niebla, la niebla perdurable que sube a bocanadas, como un aliento hondo del valle. Al través de ella, cayendo y levantando, azorada y temblorosa, logra la mirada castellana rehacerse, y sola, en medio de la niebla, recoge sus bríos y da una postrera arrancada rectilínea.

¡Paf! A la mitad de su carrera choca definitivamente con algo imperforable: es la vertiente frontera del valle, la loma de la collada vecina, la frente del cerro que corona el ámbito. La pobre mirada cae rodando y malherida, tenemos que recogerla amorosamente y decirle: "¡Ven acá, saetilla espiritual, ven acá! ¿No sabes tú que el mundo todo no es Castilla, que el mundo es muy rico, vario, múltiple?". Con esta o parecida prosopopeya disponemos nuestra mirada a buscar ese paisaje asturiano que no le es afín. Como se advierte, exigimos de ella lo más difícil, lo que sólo puede hacer el hombre que posee plenitud de humanidad: que deje de ser ella misma y se convierta transitoriamente en otra. De mirada castellana tiene que tornarse mirada asturiana. Esta actitud transmigratoria de la personalidad, que va recorriendo las cosas y siendo cada una de ellas durante un rato, es el don más delicado del hombre. Cuando éste es fuerte, no teme que le suceda eso que llaman perder la personalidad. Seguro de no disolverse en lo ajeno, se lanza a la aventura de trashumar por todos los corazones, y hecha la presa vuelve a sí mismo, como el halcón al puño.

Sin embargo, no es buen sitio Pajares o Leitariegos para detenerse a echar un sermón. Sopla un fino cierzo en la divisoria, y la niebla que, vacilante, asciende de los senos profundos, llega frígida a la altura. La ética podría costamos un resfriado, y, además, nadie nos escucha. Serenas praderías de un verde obscuro, colgadas a mil quinientos metros y circunscritas por rocas verticales, nos rodean; alguna vaca, solemnemente solitaria, pace en ellas. Las nubes que bogan por el cielo se desgarran entre los riscos".

Un gran fresco vegetal

André Fugier

El historiador francés André Fugier, (Langres, 1896-Lyon, 1976), autor de "La Junta Superior de Asturias y la invasión francesa (1810-1811)", profesor en la Universidad de Oviedo en el siglo XX, hace un canto vegetal de lo que ve Pajares abajo.

"Cuando se entra en Asturias, por la línea de Pajares, el viajero no puede menos de admirar el contraste entre la meseta quemada de Castilla, que acaba de atravesar, y las pendientes risueñas, los frescos prados saturados de humedad, los espesos bosques de hayas, de robles y de castaños, los bosquecillos de tilos, álamos blancos y de olmos profusamente repartidos en el campo, las innumerables y frondosas pomaradas, las hileras de sauces y de álamos, los setos de oxiacanta, los matorrales de acebo y de endrinos, y las extensiones de brezos, que van mostrando, sucesivamente, a una luz tamizada y fina, toda la gama del verde".

Salvador Canals

Salvador Canals / LNE

Asturias está de moda incluso en invierno

Salvador Canals

El periodista Salvador Canals (San Juan de puerto Rico, 1867-Barcelona, 1938), que desempeño cargos con el conservador Antonio Maura y dejó la política con la dictadura de Primo de Rivera, escribió en 1900 "Asturias, información sobre su presente estado moral y material". Dibuja una postal de Asturias en blanco de nieve y negro de carbón:

"Asturias está de moda, y a Asturias me fui en pleno invierno, cuando el país y sus habitantes, libres del veraneante frívolo e indiscreto, viven su vida habitual, vida de trabajo y de fecundación, sin aceites de arrequives que así deslumbran y entretienen a los huéspedes, como ponen en riesgo de error el juicio de los que quieren estudiar [ ... ] . A las siete y media de triste y húmeda mañana de invierno salió el tren de la estación de Busdongo; cruzó por debajo de tierra, dentro del famoso túnel de la Perruca, la frontera de León con Asturias, y a los veinte minutos detúvose, fatigado del penoso repecho, en el mirador espléndido de Pajares. ¡Qué espectáculo tan distinto del que otras veces había desde allí contemplado! El sol calentaba ya lo bastante para que a aquellas alturas sonriera una hermosa mañana, sin mancha de nubes; pero no habían tenido los rayos solares poder suficiente para bajar desde allí a los profundos barrancos, y parecía el tren, más que máquina terrestre, un barco flotando sobre blanquísimo mar... de algodón en rama. Aquí y allí sobresalían negros picachos que semejaban rocas, y todo lo demás, labor permanente de la naturaleza, obra deleznable de los hombres, desaparecía bajo la tersa y tupida sábana.

¡Con tan espesos velos abrigábase de mi curiosidad la virgen asturiana! Debajo de aquellas que parecían nubes solidificadas tenía que buscar sus encantos, si había de ponerlos ante los ojos de todos. Deslizóse el tren sobre los férreos carriles enjabonados por la escarcha, y a los pocos minutos daba fe del camino recorrido entre túneles la densa niebla que nos rodeaba. Estábamos entonces dentro del mar de algodón, que antes vimos a nuestros pies. Al pasar por la estación de Campomanes, el mar estaba encima de nosotros, y a las nueve y media, poco más o menos, cuando llegamos a la Pola de Lena, el sol había dado buena cuenta de toda su sombra y de todo velo, y el paisaje asturiano apareció majestuoso. (...)

Decía Ponsard en 1856 que él sabía cómo se convierte en oro la hulla, y los asturianos también lo saben, puesto que del negro carbón sacan pan para muchos y oro para algunos –más de dieciocho millones de pesetas en 1898–. Desde que se inauguró el ferrocarril de León a Gijón, el progreso de esa industria es constante. En sólo quince años se ha triplicado la producción, y el porvenir de esa riqueza tan negra es uno de los pocos que se puede contemplar con sonrosados matices de esperanza".

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