11 de noviembre de 2010
11.11.2010
Naji Hakim
Compositor y organista, protagoniza esta tarde un concierto 

«Mi pasión por el órgano fue un flechazo, como enamorarse de una mujer»

«Dejé el puesto de organista de la Trinidad por "mobbing", los curas del templo estaban celosos de la alegría que daba cuando me escuchaban»

11.11.2010 | 01:00
Naji Hakim, ayer en Avilés, durante la entrevista.

Saúl FERNÁNDEZ
La fotógrafa intimida a Naji Hakim (Beirut, 1955), uno de los organistas más reputados del mundo. Ofrece esta tarde (20.00 horas) un concierto de órgano en la iglesia de Santo Tomás de Cantorbery, el primero que patrocina la Fundación María Cristina Masaveu Peterson, la entidad que completó la factura del instrumento del templo de Sabugo.

-¿Qué tiene el órgano para que sea su instrumento predilecto?

-Es una larga historia. Descubrí el órgano a los cinco años. Entraba en la capilla del Sagrado Corazón, en Beirut. Era alumno de su colegio. Escuché música, pero no sabía que procedía de un órgano. Mi pasión por este instrumento fue como un flechazo, como enamorarse de una mujer. Desde que lo escuché por primera vez supe que mi sueño sería estar delante del órgano. Le cuento: todas las mañanas, a las siete y media, teníamos que ir a misa. Algunos días no sonaba y yo no estaba contento porque tenía que esperar al día siguiente para poder disfrutar de él. Fíjese, lo que quería siempre era ir a misa.

-Pero el órgano no siempre es un instrumento para la liturgia.

-Es un instrumento moderno. Es cierto que está en las iglesias, pero también en las salas de concierto.

-¿Se componen nuevas piezas para órgano?

-Es difícil para mí hablar de los otros. La composición es algo muy personal. La Novena Sinfonía existe no porque la compusiera cualquiera, más bien porque la escribió Beethoven. Mi concepto del órgano es muy físico. No sólo canta, también baila. A Bach, el primer compositor de órgano, le gustaba mucho bailar, aunque pocas veces lo pudo demostrar.

-Usted fue el primer intérprete del órgano portátil del Conservatorio.

-Es importante para un centro escolar, pero no basta. Los órganos también son maestros. Cuando toco también aprendo. Recientemente me pasó en Rotterdam, en un concurso de improvisación. Interpreté de una cierta manera (cromorno) porque era así y nada más que así como había que tocarlo.

-¿Sigue aprendiendo a su edad?

-Desde luego. Aprendo siempre, por eso es importante tocar durante horas un órgano para saber cómo quiere el órgano que le toquen.

-¿Qué le parece que una ciudad como Avilés cuente con un órgano como el de Sabugo?

-¿Qué me parece? Muy bien. Es muy importante. Yo, Naji Hakim, viviré como máximo cien años y el órgano de Santo Tomás de Cantorbery puede resistir siglos. Serán muchos los que vayan a escuchar la música que sale del instrumento y, en todos estos años, puede cambiar todo; también la concepción artística de un país. Eso es algo extraordinario. Recientemente estuve en Bayona, en Francia. Tienen una catedral maravillosa, pero un órgano que es un desastre. Importa pagar para seguir en la primera línea de la cultura. Y un instrumento como este es una marca de identidad clarísima. Además, quiero decirle que es un gran mérito poder construir un instrumento de estas características de la manera en que se ha hecho, con la ayuda de toda la ciudad. Lo que se tiene que hacer ahora es mantenerlo. El camino ha comenzado.

-Fue el sucesor de Olivier Messiaen al frente del órgano de la iglesia de la Trinidad de París.

-Le voy a contar una historia. Durante ocho años fui el organista titular de la iglesia del Sagrado Corazón de París, un templo muy conocido. No sabía que me estaba escuchando Olivier Messiaen. Cuando concluí recibí una llamada por el interfono. Era el cura del Sagrado Corazón. Me dijo que Olivier Messiaen quería hablar conmigo. Bajé y me lo encontré. Me dedicó el mejor cumplido que he recibido nunca. Me dijo: «Me gusta cómo toca. Nunca oí improvisar a nadie como usted lo hace». Yo, claro, tragué saliva. «¿Y es usted el que me lo dice a mí?» Le invité a que subiera a mi órgano, que era más grande que el suyo, el de la iglesia de la Trinidad. Me dijo: «Estoy muy cansado». Y tanto: murió un mes después (27 de abril de 1992).

-O sea, aquel encuentro fue como un testamento.

-Siempre pensé que sí. Son testigos de aquella conversación la mujer de Messiaen y dos sacerdotes. El hecho cierto es que terminé sucediéndole. Cuando me puse al frente del órgano de la Trinidad, el de Messiaen, fue como entrar en la habitación de un padre que acaba de morir: muy triste. Lo primero que compuse fue un homenaje a él: una pieza basada en algunas de las suyas.

-¿Por qué ha dejado la Trinidad?

-Dimití. Hace dos años.

-¿Y eso?

-«Mobbing». ¿Se dice así?

-Sí. Acoso laboral...

-Eso.

-¿Quién le acosaba?

-Los curas. Nunca, en los quince años que trabajé en la Trinidad, tuve una mala crítica con respecto a mi música. Los curas estaban celosos de la alegría que daba a la gente cuando me escuchaban. Soy católico y estoy orgulloso de ser católico. La Iglesia no son los muros de las iglesias, la iglesia es todo el globo.

-Pero usted tiene una medalla del Papa Benedicto XVI.

-Escribí al párroco de la Trinidad y al Arzobispo para que ellos lo dijeran en el resto de los templos. No lo hicieron. No contestaron mi correo electrónico. Ellos sabrán por qué.

-¿Qué tiene entre manos ahora?

-La iglesia de Santa Ana de Habsburgo me ha encargado una sinfonía para solista, coro y orquesta. Será una pieza de una hora. En homenaje a Martín Lutero.

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