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Bienvenido, Casado

Las expectativas que genera el relevo en la presidencia del Partido Popular

Desde su victoria en el hotel Marriot Auditorium de Madrid solo he visto fruncir el ceño cada vez que surgió su nombre en cualquier conversación. Que si es un personaje que vivió siempre del partido, que es la vuelta a la rancia derecha, que si el máster... Pronósticos de funesto futuro acompañados de la sorprendente aparición de numerosas simpatías por su rival en la votación final.

Los conservadores llevaban demasiado tiempo amanerándose, renunciando por timidez a principios básicos para navegar conforme a la coyuntura del momento. La rápida puesta en la calle de decenas de terroristas tras la derogación de la doctrina Parot en 2013, el nulo apoyo militar ofrecido a Francia en noviembre de 2015 después del atentado yihadista en el teatro Bataclan y otros puntos de París, la indolencia mostrada ante la inmersión lingüística en varias autonomías, la tardía orden a la Policía Nacional y la Guardia Civil durante el ilegal referéndum catalán del 1 de octubre de 2017 y la posterior aplicación de un descafeinado artículo 155 que permitió a la televisión y radio catalanas convertirse en un altavoz exclusivo de consignas independentistas, son algunos de los comportamientos cobardes que marcaron la deriva de un partido carcomido por la corrupción.

Pablo Casado ha demostrado que defendiendo con convicción unos principios, una ideas, con las que se podrá estar o no de acuerdo, es factible ganar, incluso aunque se tenga el aparato de un partido enfrente. A pesar de que viene con intenciones de meterse en desagradables charcos -aborto, eutanasia- también trae propuestas atractivas, entre ellas la reducción de la carga impositiva -incluido ese robo a mano armada llamado Impuesto de Sucesiones-, un reforzamiento institucional frente al separatismo, la modificación de la Ley Electoral para racionalizar la representación estatal de los partidos secesionistas, abordar con realismo el tema de la inmigración y la adopción de medidas que impidan que cualquier ciudadano sea discriminado por hablar exclusivamente español.

Ahora será mas difícil para Ciudadanos -una sólida esperanza en el horizonte- pero estoy convencido de que una parte muy importante de España, quienes no nos avergonzamos de ella, verá con buenos ojos que sea más sólida la posibilidad de lograr el objetivo de seguir unidos y de que de una vez seamos un país de ciudadanos libres e iguales.

La consecución de este objetivo pasa por desalojar del poder a quienes en 2004 llegaron a él empujados por la onda expansiva emanada de aquellos trenes de horrible recuerdo y ahora lo han hecho, después de palmar con claridad en las últimas convocatorias electorales, aliándose con Dios, el diablo, Zipi, Zape y Carpanta.

Desalojarlos porque en vez de volcarse con prioridad absoluta en la gran propuesta de la izquierda -el reparto de la riqueza- su dedicación será a una política de gestos, a comportamientos poco ejemplares -viajecitos en avión oficial amparándose en cuestiones de seguridad, colocación de familiares y conocidos- y a pagar el apoyo recibido en la moción de censura contra Mariano Rajoy, cuando son demasiados los jóvenes que tienen que marchar al extranjero en busca del pan y también los parados que no saben cómo pagar la renta a fin de mes.

La pérdida del poder por parte del actual Gobierno nos aportaría además la desaparición de todos los absurdos fantasmas que ha traído; entre otros: la obsesión por cuestionar la enseñanza concertada, la marciana intención de revisar la redacción de la Constitución por tildarla de machista y el regreso a la murga de la memoria histórica, como si fueran temas trascendentes para la ciudadanía. Todo el respeto y apoyo para quienes reclaman sacar de las cunetas a sus antepasados, pero el resto deberíamos olvidarlo y no abrir viejas y dolorosas heridas.

Respecto al farol populista que quieren marcarse desenterrando al dictador, háganlo si les da tiempo, pero con coherencia y valentía, borrando cualquier vestigio franquista del suelo español, algo que demuestran dominar cuando cambian el nombre a calles y plazas. Pueden por ejemplo, tras la exhumación, continuar con la demolición de la Universidad Laboral de Gijón.

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