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"El ferrocarril trajo una vida más dinámica a Santiago de Areñes"

Julio Díaz, oriundo de la parroquia sierense, publica un libro sobre la influencia de la llegada del tren en personajes del lugar

Julio Díaz, con un ejemplar de su libro.

Julio Díaz, con un ejemplar de su libro. H. ÁLVAREZ

Hubo un tiempo en el que en la parroquia de Santiago de Areñes (Siero) todo eran campesinos, hidalgos, unos pocos mineros y algún capataz. Se vivía de manera relajada, algo que cambio totalmente con la llegada del ferrocarril. "De repente, el estilo de vida se volvió mucho más dinámico". Lo

Díaz quiso aproximarse a la historia de varios personajes populares, "nadie que hubiera hecho grandes cosas", y contar cómo les había afectado el auge de la minería en la zona al mejorar los transportes.

Esto pasó a mediados del siglo XIX. Fue entonces cuando se abrió el túnel del ferrocarril de Carbayín. Entonces, los hidalgos "tuvieron que comenzar a ver la riqueza en el interior de sus tierras y no en el exterior". Los campesinos empezaron a bajar a las profundidades de la mina y, algunos, llegaron a dejar la zona, incapaces de sobrevivir a tan brusco cambio.

Sucedió muy rápido, "en cuestión de cuatro o cinco años". Comenzaron a abrir empresas y pozos.

La cultura también cambió, impulsada por la llegada de vecinos de otras zonas de España e incluso de el extranjero. "Tengo contadas hasta cinco nacionalidades distintas en la parroquia", señala.

La población pasó de menos de 700 personas a unas 2.000 a finales de siglo. Los extranjeros y españoles de otras zonas se casaron con locales, haciendo variar la filosofía de vida, a la vez que el modelo económico florecía con el carbón.

Un contexto en el que la parroquia se llenó de vida, pero a todos no les fue por igual: "Hubo quien se adaptó bien, mal y regular", explica el autor del libro.

Todo esto acabó desembocando en nuevas transformaciones a principios del siglo XX. La industria de la minería entró en ebullición y empezaron a aparecer los primeros sindicatos, impulsados por la cultura de las personas que venían de fuera. Luego llegarían los servicios y el pico de población de la zona, que llegó a situarse en los 3.000 habitantes.

Con todo, la industria siguió dominando durante muchos años, llevando la vida a la zona minera de Siero. Sin embargo, la cosa empezó a retroceder a partir de la década de los ochenta, con el cierre de varios pozos.

Posteriormente, "todo fue retroceso", explica Díaz. La minería fue a la baja hasta desaparecer completamente. Con ello, la posibilidad de trabajar en la zona se redujo de manera exponencial, hasta que finalmente los residentes de la zona son "mayoritariamente personas que trabajan en Pola de Siero y en Mieres".

El futuro tampoco parece alentador para el autor, que entiende que no hay posibilidad de volver a las cotas del pasado y que la población actual de 1.300 personas no hará más que disminuir.

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