Opinión | Mil palabras para una imagen
Manuel Noval Moro
El silencio
La procesión del Cristo hacia la capilla de Santana en la Pola
El otro día, durante la procesión del Cristo, me acordé de Luis Buñuel, el cineasta que se confesaba "ateo por la gracia de Dios", pero no fue por el asunto de la fe sino por otro menos intrincado: el silencio.
Buñuel nunca ponía música en sus películas. Solo sonaban aquellas canciones que alguien interpretaba o ponía en un tocadiscos en la propia película, en escena. Buñuel apreciaba el valor del silencio.
En la procesión, como en una película de Buñuel, solo se oía a la banda de música cuando interpretaba la marcha de camino a la capilla de Santana, y el resto del tiempo reinaba el silencio. Un silencio estupendo.
Nunca he sido muy adepto de las procesiones. Hace tiempo que he cambiado mi credo originario por una amalgama personal y -supongo- intransferible de filosofía, fe y chifladura que he dado en llamar "Teísmo escéptico" y que aquí sería muy largo de explicar.
Baste decir que me he cocinado un sincretismo de andar por casa quitando unas cuantas cosas que no me gustan de mi herencia católica y añadiendo algunos conceptos (que no estoy muy seguro de comprender del todo pero que, en cualquier caso, me sirven) del pensamiento oriental.
En cualquier caso, decía que nunca había sido muy adepto de las procesiones y, sin embargo, ahora lo empiezo a ser. Por el silencio.
El silencio es un tesoro cada vez más escaso. Vivimos en un mundo, y especialmente en un país, donde la gente quiere -lógicamente, por otra parte- comunicarse con los demás. El problema es que lo quiere hacer todo el tiempo y a voces. Y eso cansa.
El silencio se ha convertido en un bien privado. Es casi imposible que en un lugar haya más de diez personas y silencio salvo, quizá, una biblioteca, el lecho de un moribundo o una iglesia cuando no hay oficios. Y aun así, es fácil que suene algún móvil y que (esto es lo mejor), lejos de apagarlo o silenciarlo, su propietario conteste alegremente.
Hace unos días, de hecho, estaba en la biblioteca de la Pola, sonó un móvil y un señor lo cogió y se puso a hablar tranquilamente. Ni se molestó en salir al rellano.
Por eso, ver que cientos de personas caminan por la calle y comparten el silencio es algo insólito y hermoso. El hecho de que vayan o no ante una imagen sagrada, para mí (y que Dios me perdone) es lo de menos.
Miguel de Unamuno, que vivió tiempos convulsos y era propenso a la angustia, hablaba siempre del silencio de Dios, de esa falta de comunicación de la divinidad con sus hijos aquí en la tierra, que le provocaba una desazón enorme. A mí me ocurre todo lo contrario. Creo que si hay un momento en el que uno se puede sentir en contacto con la divinidad es a través del silencio. Cómo sea esa divinidad con la que se contacta ya es harina de otro costal.
Irónicamente, los chinos, que me han ayudado a sumar a mis raíces cristianas (de las que es difícil sustraerse) un credo más completo, han contribuido también, con su inveterada costumbre de inventar cosas, a arruinar lo mejor que tienen nuestras procesiones. Son los padres de la pólvora, la materia de la que están hechos los malditos voladores.
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