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Un cazador de Caso, en la Corte de Carlos IV

El grupo de “Los Bribones” indaga sobre la figura de José González, que pasó seis años junto al rey por su destreza con el arma

La bolsa de cuero con las bolas de plomo que usaba el "cazaorín".

La bolsa de cuero con las bolas de plomo que usaba el "cazaorín". "Los bribones"

El grupo de investigación histórica de Laviana “Los Bribones” no cesa en su trabajo, ya sea buscando restos arqueológicos en la comarca o, como en esta ocasión, recuperando la historia de vecinos ilustres. Es el caso del “cazaorín de Caleao”, nacido en el año 1774 y cuya destreza como cazador hizo que fuera llamado por el rey Carlos IV ante su presencia. Es un trabajo que firma Monchu Calvo, investigador de “Los Bribones”, en colaboración con el experto de genealogía Nacho Lago. De él se conserva todavía en el pueblo casín la bolsa de cuero con las bolas de plomo que introducía en el cañón de su escopeta.

Se llamaba José González, aunque todos lo conociesen como el “cazaorín de Caleao”. “Este personaje nació en el año 1744 y murió en 1817, pasó su vida en Brañafría, caserío del pueblo de La Felguerina, que en aquella época pertenecía a la parroquia de Caleao”, apunta Calvo, señalando que “en sus años como cazador, dio muerte a infinidad de animales salvajes tales como corzos, rebecos, jabalíes, lobos y hasta, según cuentan por estos pueblos, 99 osos”. Esa facilidad innata para el disparo llegó a los oídos del rey Carlos IV, que era gran amante de la caza, e hizo que le llamarán a palacio “para compartir con él una cacería y poder comprobar así con sus propios ojos si la fama de este cazador asturiano era o no tan merecida”.

El monarca Carlos IV, en un retrato durante una cacería.

A este viaje a Madrid, “llevó José González su vieja escopeta envuelta en cintos de cuero para, con ese aspecto tan poco estético, evitar que el monarca pudiese encapricharse de ella”. Tras la cacería llegó la hora de recoger las piezas, momento en el que el casín “afirmó que todas aquellas aves que tuviesen un tiro en la cabeza, que por cierto eran la mayoría, habían caído muertas por uno de sus disparos”. El Rey, no contento con tal exhibición de puntería “invitó al cazador a que disparase sobre una moneda que previamente se le había colocado sobre la cabeza a un condenado a muerte, la moneda quedó destrozada de un solo disparo, sin que el tembloroso reo sufriera daño alguno y ganase con tal peripecia su libertad”. Esta última anécdota , como apunta el investigador, “circula desde hace muchos años por Caso, dándole algunas personas total veracidad y tildándola otras de simple leyenda”.

Carlos IV, convencido finalmente de las valiosas cualidades del casín, “tuvo a bien intentar convencerle para que se quedase con él en palacio y para ello le hizo la siguiente promesa: ‘Pida usted tres cosas que yo le pueda dar’”. Y el cazaorín, que era un hombre de gran generosidad, “pidió tres cosas pero ninguna para él, munición libre; concesión para el pueblo de Caleao de la propiedad del Puerto de Contorgán, así como la explotación de sus pastos de forma exclusiva; y, por último, derecho a llevar los ganados casinos a pastar en el invierno a la marina de Villaviciosa sin pagar nada por ello y la obligación de dar siempre cobijo en las ventas y mesones a todos los que de Caso proviniesen y tuviesen necesidad de ello”. De estas tres concesiones reales tan solo se mantiene la segunda de ellas. Él se pasó casi seis años junto al monarca.

Testimonios

“Los Bribones” también han hablado con vecinos como Óscar Aladro, vecino de Brañafría y residente en la misma casa que perteneció al cazaorín, quien aseguró que “era un hombre analfabeto y sumamente generoso”. Y narra una anécdota durante su estancia en Madrid al lado del rey: “Éste le llevó a la mejor armería de la capital para que escogiese la escopeta que quisiese de todas las que allí había. Después de un rato mirando las armas, se marchó finalmente sin comprar al entender que no había necesidad de hacer gasto pues ninguna de las que había visto superaba la puntería conseguida con su vieja escopeta”.

Otro dato es que, cuando el cazador regresó de palacio tras pasar allá aproximadamente media docena de años, “fue obsequiado con un buen puñado de monedas de plata, de las cuales ninguna llegó a Brañafría, quedándose por el camino, en manos de aquellos que a José González le parecía que más lo necesitaban”.

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