de lo nuestro Historias heterodoxas

Una cárcel como un hotel

La profunda transformación que sufrió la prisión de Laviana, construida en 1847, tras la sonada fuga de dos presos en septiembre de 1924

Las reformas en la cárcel de Laviana, vistas por Alfonso Zapico

Las reformas en la cárcel de Laviana, vistas por Alfonso Zapico / Alfonso Zapico

Ernesto Burgos

Ernesto Burgos

La mañana del 17 de septiembre de 1924 prometía ser tan rutinaria como cualquier otra en la vieja cárcel de Laviana. Los reclusos ya habían desayunado y se preparaban para seguir restando con paciencia las horas que les acercaban a la libertad. Sin embargo, dos de los más peligrosos tenían otros planes. Gerardo Aboli Torres y Hermógenes Díaz, con un largo historial de delitos comunes en sus respectivos expedientes, habían mostrado hasta entonces un comportamiento ejemplar y nada hacía sospechar que estuviesen preparando alguna treta. Por ello, el director de la prisión, sr. Mínguez, no tomó ninguna precaución cuando entró en su celda para ordenar que la limpiasen, pero en cuanto cruzó la puerta recibió dos tremendos botellazos en la cabeza que lo hicieron caer sin sentido al suelo, bañado en sangre.

Inmediatamente se inició un lío tremendo, los otros presos empezaron a correr de un lado a otro sin saber qué estaba pasando, mientras los guardianes intentaban socorrer a su jefe; y a cárcel revuelta, ganancia de malhechores, que aprovecharon para alcanzar la calle y perderse luego monte arriba. Mientras tanto, el director fue trasladado a otra dependencia por los funcionarios, quienes al observar la gravedad de su estado avisaron a un médico y al juez de Laviana, que se personó para levantar acta de lo sucedido, al tiempo que la Guardia Civil no perdió el tiempo e inició la persecución de los peligrosos delincuentes.

También, en cuanto se conocieron los detalles del suceso, las autoridades judiciales cursaron órdenes telegráficas a los pueblos de la provincia instando a la detención de los dos presos con su correspondiente descripción física: "Hermógenes es de 23 años, soltero, minero, hijo de Emilio y Florentina, natural y vecino de Predorno, en Ciaño, estatura baja, pelo y ojos negros y barba naciente. Gerardo tiene 22 años, es también minero, hijo de Fausto y Jesusa, natural de El Centenal y vecino de Iga, en Ciaño, bajo de estatura, ojos claros castaños, moreno y de poca barba".

No he podido localizar los topónimos de Predorno ni Iga, pero así se publicaron en la prensa, añadiendo que los dos vestían ropas de mineros y Hermógenes iba en mangas de camisa. La misma tarde se anunció que además de los botellazos el sr. Mínguez también había recibido dos puñaladas.

Dos días después, Hermógenes Díaz, llevado por la desesperación, cometió el error de presentarse ante unos pastores en Peñamayor vistiendo una camisa ensangrentada y les pidió protección asegurando que era él quien había golpeado y apuñalado al jefe de la cárcel de Laviana. Entonces, estos lo amarraron y lo llevaron hasta el puesto de la Guardia Civil de Infiesto, donde lo entregaron a la Guardia Civil. Hermógenes fue juzgado en Laviana tres meses más tarde, mientras tanto Gerardo Aboli prosiguió su carrera delictiva sin ser detenido.

Aunque lo que ahora nos importa es un comentario que pudo leerse en el diario "La Voz de Asturias" tras la detención del primero: "Anoche llegaron de Oviedo el director e inspector regional don Heráclito Iglesias acompañado de dos oficiales del mismo cuerpo haciéndose cargo de la cárcel. Las impresiones que recibió el sr. Iglesias al visitar la prisión fueron malísimas debido al deplorable estado en que se encuentra. Esperamos que se empiecen lo más pronto posible los trabajos de restauración y saneamiento".

La fuga de los dos presos de Ciaño puso en evidencia la necesidad de una reforma en la vieja cárcel, que ya contaba casi cien años, puesto que se había levantado en 1847, después de adquirir unos terrenos, para sustituir a otra anterior que ya quedaba pequeña. Por fin en 1925 el asunto se tomó en serio tanto por las autoridades como por los vecinos, que hicieron una campaña para comprar ropa para los presos e incluso –según nos cuenta el querido autor y poeta lavianés Albino Suárez– llegaron a organizarse a instancias del médico Esteban Solís Riera y representar una función de teatro de aficionados y así recaudar fondos y ayudar a los reclusos.

Finamente fue un alcalde quien cogió al toro por los cuernos: el controvertido Arturo León Zapico, quien también impulsó la construcción del antiguo puente de La Chalana, inició la carretera de Villoria e inauguró en 1927 el quiosco de la música de Laviana.

Francisco Trinidad relató en un artículo publicado en 2010 en el boletín de la Fundación Emilio Barbón acerca de "La revolución de 1934 en Laviana" que Arturo León Zapico formó parte más tarde de la Comisión Gestora que se hizo cargo del gobierno municipal del concejo tras la insurrección de Asturias, y se encargó entre otras cosas de denunciar a los sospechosos y a quienes habían participado de una u otra forma en los sucesos de octubre. Seguramente esta actuación le costó la vida, ya que el alcalde desapareció en los primeros días de la contienda civil sin que su cadáver se pudiese encontrar.

De cualquier forma, su papel en la renovación de la cárcel en 1925 fue ejemplar y así debemos reconocerlo. Un folleto de época editado con motivo de la inauguración de las nuevas instalaciones, con comentarios de diferentes especialistas en el tema penitenciario nos proporciona unos datos tan novedosos que, si no fuese por las fotografías que los acompañan, serían difíciles de creer, porque nos presentan a la cárcel de Laviana convertida en un hotel de lujo.

Las obras, tanto en los juzgados como en la prisión se hicieron siguiendo los planteamientos de los juristas Mariano Avellón y Luis Jiménez de Asúa, lo que explica su planteamiento progresista que parece contradecir la política penitenciaria seguida durante la Dictadura de Primo de Rivera. No hay que olvidar la militancia socialista de Jiménez de Asúa, quien años más tarde iba a llegar a ser presidente de la República en el exilio entre 1962 y 1970.

Estamos hablando de un proyecto único en España del que se decía que había convertido un antro sombrío, inmundo y miserable en un sitio acondicionado para la recuperación moral de los delincuentes y que las amplias celdas venían a sustituir a los calabozos sombríos que desde entonces en vez de horror iban a inspirar clemencia.

Junto al alcalde Arturo León Zapico y la Junta de Partido de Laviana, todos reconocían que el verdadero artífice había sido el joven juez de primera instrucción Alfonso Calvo Alba, un hombre que siguió desempeñando su cargo durante el franquismo y tuvo entre otros cargos el de responsable de la Junta Provincial del Servicio de Libertad Vigilada de Bilbao, al que renunció el 29 de abril de 1944. Calvo Alba cumplió la edad reglamentaria en abril de 1967 y se jubiló siendo presidente de la Sala Primera de lo Civil en la Audiencia Territorial de Madrid.

Ahora, veamos qué hacía diferente a esta cárcel: además de sus celdas limpias, higiénicas y ventiladas –incluso con una diferenciada para presos políticos–, contaba con un amplio comedor, una escuela-biblioteca de cerca de mil volúmenes y aparato cinematográfico, calefacción con radiadores, agua caliente y fría, cuarto de baño con bañera, ropero y un salón de recreo con reproducciones de las obras maestras del Museo del Prado. En los patios un magnífico frontón y un jardín con esculturas y flores que cultivaban los reclusos. Quizás lo más llamativo para los lavianeses fue el conocer que también se había habilitado un saloncito para fumadores decorado con cuatro jarrones de Talavera y presidido por un busto de Benito Pérez Galdós, obra del prestigioso escultor Victorio Macho.

Pero, como sabemos, una cosa son los buenos deseos y otra la realidad. Los ocupantes de aquellas instalaciones no tenían el perfil de los clientes de un hotel de cinco estrellas y muy pronto todo se fue al garete, de modo que en los años treinta el lugar ya volvió a ser una prisión vulgar, sin comodidades ni diferencias con las del resto del país.

Sería interesante conocer con detalle este proceso y no parece difícil hacerlo, ya que en el archivo municipal de Laviana se conserva más documentación de la que suele encontrarse sobre otros establecimientos de las mismas características que funcionaron en otros municipios asturianos. En el portal de archivos de la Consejería de Cultura, Política Lingüística y Turismo de Asturias podemos leer que el documento más antiguo que se guarda data de 1871 y que también están los libros de actas de la Junta Carcelaria desde 1886 hasta 1953, y además hay correspondencia, certificaciones, expedientes sobre el personal, expedientes de contratación y diferentes informes sobre la gestión.

De la misma forma, también tres cajas con los testimonios de condena de los reclusos desde 1897 a 1970; otra caja con los partes diarios de movimientos de los presos desde 1947 a 1950 y series con instrucciones para la clasificación, reclamaciones y relaciones de los detenidos en esta cárcel que fue demolida en junio de 1989. Con estos materiales, solo falta que alguien se anime a impulsar una buena tesis doctoral.