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Tribuna

Querido Baltasar 2021

Las peticiones para el nuevo año más allá del fin de la pandemia: empatía, respeto y el final de las puertas giratorias

Querido Rey Mago, no te voy a engañar, este año no tenía ganas ni ilusión por escribirte. Después de este bisiesto, el más cabrón entre todos los de su estirpe, solo quedan los rescoldos de todos los seres queridos que se nos fueron y la gran ausencia del vacío que han dejado. Pero por ellos, una vez más, estamos aquí. Porque debemos ser agradecidos y reconocer que sin ellos no habríamos sido ni un bosquejo de lo que hoy parecemos. Olivina, como otros muchos de su generación, se escaparon como habían vivido, con ganas de seguir luchando por los que venían detrás, fuesen o no de su familia y desgraciadamente por culpa de la pandemia lo hicieron anónimamente y sin consuelo para los que quedamos.

Pero, querido Baltasar, todo esto tú ya lo sabes. Así que con los dedos agarrotados sobre el teclado de mi portátil por la tristeza, comienzo. No te voy a pedir nada para esta noche de magia perdida. Es más, estando como pintan las cosas, os sugeriría que no cabalgarais por las calles de las ciudades y pueblos españolas ya que la emoción mal entendida puede hacer que la tercera ola nos sepulte a todos definitivamente. Además de nada serviría pedirte un juego de políticos nuevos y solidarios con las necesidades de los que les votan; el paso de los años me ha hecho entender que ambas premisas son incompatibles. Los nuevos son amantes del boato, de los poses sin decir nada y de cobrar a fin de mes pese a no haber aparecido por sus trabajos presencialmente, amén de encandilar a legiones de palmeros que “achantan”, callan y firman su propia pena de muerte si quien se lo sugiere es “el mocín de su película”. Te pediría, eso sí, que, una vez vaciadas las alforjas de vuestros camellos, os llevarais las puerta giratorias, la falta de comprensión, empatía o respeto, producto de sucesivas Leyes de Educación a cual más cutre. Porque unas y otras ayudaban a polarizar más el nivel económico entre casta y pueblo y consecuentemente complicaban el acceso diferencial a los recursos escasos de los ciudadanos de a pie. Y como no, castigo eterno para quienes se aprovechan de todo ello.

Sé que pedir es un vicio que se cura con la virtud de no dar. Todos los españoles lo hemos aprendido, generación tras generación, tras beber el jarabe de palo y ricino que nos recetaron los sucesivos sistemas patrios; quizás por eso no me atreva a sugerirte más presentes para mis compatriotas. Virgencita que nos quedemos como estamos.

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