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Fernando Canellada

Lo mejor de una pequeña Asturias

Conocí a Fernando Delgado allá por 1982. Hace cuarenta años compartíamos aulas en el Seminario de Prau Picón. Delgado, exalumno de los Dominicos, asistía a las clases de Latín de Agustín Hevia Vallina, junto a un heterogéneo grupo de las Teresianas, Dominicas y del Hispania. Ya sobresalía por su porte y saber estar, por su encanto singular, especialmente entre las compañeras en aquella novedosa experiencia de un Barchiller mixto, entre curas y monjas. Nos conocimos en el colegio en esa edad en la que basta la simpatía mutua para trabar amistades profundas y durables. Aunque se adelantó a cumplir con la Patria, después llegaron los tiempos de la Facultad de Filología, el fútbol, Morcín, LA NUEVA ESPAÑA, Gijón yRibadesella.

Fernando Delgado es un hombre campechano, simpático, afable, leal, recto, que acaba de asumir con honor y responsabilidad una nueva tarea para servir a Morcín.

Perdone José Antonio García Santaclara, que merece los mayores honores. La amistad obliga a decir que Fernando Delgado es un ejemplo admirable de pasión por Asturias. Buen amigo, buena persona, limpio de alma y de aguda inteligencia, sus cualidades y dotes de hombre de acción están fuera de duda. Habla poco pero siempre bien, justo, exacto y cortés. La simpatía general de la que disfruta es corona que adorna una sólida vida familiar y una brillante trayectoria profesional.

“Morcín es una pequeña Asturias”, dejó escrito el recordado sacerdote Silverio Cerra Suárez. “Un resumen concentrado de las cosas mejores de Asturias, de las cualidades más significativas que el genio asturiano ha desarrollado”. Es muy de admirar, por tanto, que el pueblo de Morcín se haya dado cuenta a tiempo de la calidad de José Antonio García Santaclara y de Fernando Delgado.

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