Opinión | Líneas críticas

Reflexiones sobre la guerra de un palestino y un israelí

La organización Círculo de Padres-Foro de Familias intenta frenar el odio que desata el poder

Se conocieron hace veinte años. Se hicieron pronto amigos y han firmado un pacto de sangre para entender mejor lo que está pasando en su tierra. El palestino se llama Bassam Aramin y el israelí, Rami Elhanan. Ambos fueron combatientes. El primero perteneció a la resistencia palestina, fue arrestado a los 17 años y estuvo siete encarcelado. El segundo fue soldado en la guerra de 1973.

Los dos han sufrido también los trágicos efectos del largo conflicto árabe-israelí. En 1997, Rami perdió a su hija pequeña, Smalar, en un atentado de Hamas. Y diez después, un policía israelí mataba a una hija de Bassam, Abir, cuando salía de la escuela.

Pues bien, en una videoconferencia dirigida por la periodista Olga Rodríguez para un diario digital, los dos amigos revelan en una larga conversación su visión de la guerra actual y lo hacen desde diferentes perspectivas.

Aducen primero razones psicológicas, como el odio, la venganza o el desagravio. Así, el palestino Bassam recuerda que "los perpetradores de los atentados de Hamas del pasado 7 de octubre eran niños en 2014, cuando una ofensiva israelí mató a más de 2.000 palestinos". Y establece una relación directa entre los dos sucesos: "Invertimos en odio, en sangre, en humillación y en opresión y cosechamos estas atrocidades".

Conscientes de esta situación, Basam y Rami se hicieron miembros activos de la organización Parent’s Circle Forum Families (Círculo de Padres-Foro de Familias), promovida en 1995 por israelíes y palestinos afectados por la pérdida de familiares próximos. Este Círculo organiza conferencias y seminarios en todo el mundo para demostrar que "la paz es posible a partir de reconciliación privada e íntima". Su objetivo prioritario es frenar el odio que desatan los que tienen el poder.

En tal sentido, el periodista y escritor israelí, Amos Oz (1939-2018), Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2007 y uno de los fundadores del movimiento israelí "Paz Ahora", asegura que el fanatismo es más viejo que el islam, que el cristianismo y el judaísmo. Más viejo que cualquier estado, gobierno o sistema político. Más viejo que cualquier ideología o credo del mundo: un componente consustancial a la naturaleza humana.

Sin embargo, más allá de las razones psicológicas, familiares o de su idealismo militante y sincero, los dos amigos se muestran escépticos sobre el desenlace de la guerra.

Bassam manifiesta que son víctimas de la política de los Estados Unidos. Que si fuera político no negociaría con los israelíes, lo haría directamente con los estadounidenses.

Rami sostiene que todos han pagado el precio de la política. Que la comunidad internacional está dormida, no hace nada para apoyar la paz y poner fin a las atrocidades.

Es cierto que la Corte Internacional de Justicia, órgano judicial de la Naciones Unidas con sede en La Haya, ha ordenado a Israel que impidiera un genocidio en Gaza, pero parodójicamente evita exigirle el alto el fuego. Y el Consejo de Seguridad, otro órgano de las Naciones Unidas, tiene precisamente como función "mantener la paz y la seguridad internacionales".

En conclusión, la casi permanente guerra árabe-israelí no es un fenómeno aislado. Además de su propia dialéctica interna, ha sido una herencia inmediata de la Segunda Guerra Mundial: de la culpable tolerancia de Alemania por el Holocausto, de los intereses geopolíticos de las grandes potencias o de los recurrentes conflictos en el área del Próximo Oriente, entre otros factores.

Ya lo sentenció Carl Clausewitz, militar e historiador alemán, la guerra es siempre la continuación de la política por otros medios.