Opinión | Desde la Meseta

De oca en oca

Y como siempre decimos: tiro porque me toca. Más hoy cambio el ganso por un local, pequeño o un poco mayor, mejor titulado establecimiento, donde aparcamos nuestros cuerpos serranos y solíamos endulzar el paladar con bebidas, bien alcohólicas o simplemente refrescantes.

Es curioso que a mí nunca me gustó el vino tinto y sí me agradó el clarete, como aquel vino navarro, fresco por añadidura, servido en una jarra pequeña, y de esa forma no llegaba a emborracharme y sí a alegrarme el espíritu.

Más hoy confieso el pecado de que sí era amante del coñac y la ginebra. Esta última tomada a media tarde e introduciendo unas cuantas cucharadas de azúcar. Un buen día, un camarero me dijo que "era la bebida de los borrachos". Me enfadó un poco y le llamé la atención, porque la ginebra para mí era algo que me tonificaba. El coñac, una simple copa, me sentaba muy bien después de una buena comida, sobre todo como postre de la cena. Un buen día, la visita a aquellos establecimientos se alargó más de la cuenta y fueron dos o tres copas de coñac las que entraron en mi "body", y, al acostarme y pillar la horizontal, mi cabeza giraba a tal velocidad que me sirvió de escarmiento para no abusar en el futuro de aquella bebida que tanto me gustaba y apreciaba.

En aquella etapa de "oca en oca" era muy joven. Los amigos y compañeros vivían y bebían a la par que un servidor. Hoy nuestra historia se cuenta de otra forma y manera. Nos cuidamos y nos cuidan para ser y estar de otra manera. Aquella alegre bebida se ha convertido en agua del grifo y hasta los refrescos han pasado a mejor vida.