29 de septiembre de 2011
29.09.2011
 
Lecturas

Fragmentos de un atentado

29.09.2011 | 02:00

He aquí una novela premiada (obtuvo el prestigioso «Goncourt» a obra novel), bien recibida por la crítica, con un apasionante argumento de intriga y suspense, con el gancho que conlleva un título tan enigmático como HHhH (aclaro: son las iniciales de «Himmlers Hirn heisst Heydrich», algo así como «el cerebro de Himmler se llama Heydrich»), que me parece un fraude literario y que, sin embargo, aconsejo leer. Pasemos a la explicación.


El domingo 27 de mayo de 1942 un hombre de 39 años, dueño y señor de todo lo que se mueva en Bohemia y Moravia (hoy diríamos «de casi toda Chequia»), sube a su Mercedes negro (o verde oscuro, según Laurent Binet) para trasladarse desde su residencia en un palacio (incautado) en las afueras hasta el Castillo de Praga, donde ejerce su poder como «Protector» de ambas regiones. Su chófer Klein sabe a quien lleva: es Reinhard Heydrich, número dos de Himmler, es decir, segundo de a bordo de las fuerzas más feroces, siniestras y temidas del Tercer Reich, las SS. Se rumorea que Hitler acaba de nombrarlo «Protector» de todos los territorios ocupados por los nazis. Se rumorea que será en el futuro sustituto del propio Führer. Una estrella ascendente total es la que se sienta tras Klein en ese Mercedes descapotable y sin escolta. Ha hecho méritos para llegar tan alto tan joven. En el pasado, lo habían expulsado de la Marina por un asunto de faldas o de honor o de desvergüenza, según quien lo analice. Pero supo juntarse a quien debía para hacer carrera. Con poco más de 30 años ya es el jefe de la superpolicía nazi (incluyendo la Gestapo) y ya había organizado esa pantomima que fue el ataque por parte de presuntos polacos a una estación alemana, excusa nazi para invadir Polonia. A Heydrich lo apodaban «La bestia rubia»: había participado activamente, en enero del 42, en la Conferencia de Wannsee, para encauzar junto con otros cuantos altos criminales «La Solución Final», al problema judío, o sea, la logística del exterminio total de ese pueblo. Una bestia rubia que puso en marcha los «einsatzkommands», los «comandos de acción», que mataban por libre a todos los que el Reich designaba como sus enemigos. Este es el individuo que se sube al Mercedes: el encargado de matar y matar, de asesinar y asesinar. Lo llaman también «El carnicero de Praga», pues desde que lo impusieran a bohemios y moravos ordenó liquidar a la Resistencia checa, a los amigos de los resistentes, a los conocidos de los resistentes, a quien se moviese. Claro está, tomaba medidas populistas: persiguió, por ejemplo, el «mercado negro», palo y zanahoria, zanahoria y palo, pero sabemos por sus escritos que lo que de verdad le iba a Heydrich era el palo, el palo y el palo.


En una curva del recorrido, el Mercedes aminora la marcha. Alguien (el resistente Valcik) hace señas a un peatón (el resistente Gabcík) para que cruce la calle al paso del vehículo y lo obligue a detenerse casi del todo. Klein pisa a fondo el freno a la vez que Gabcík descubre la Sten oculta bajo su gabardina. Apunta a Heydrich... y nada: el maldito subfusil se había encasquillado. Silencio, estupefacción, el tiempo detenido. Heydrich saca su pistola y comienza a disparar al enemigo que huye. Entonces, el tercer miembro del comando (Kubi?, resistente) arroja una granada al interior del coche... y no cae dentro, explosiona en un lateral. El fiel chófer sale en su persecución. El atentado que con tanto tiempo se había urdido en Londres y ejecutado en aquella curva praguense parece resultar un fracaso absoluto, pero... Esquirlas del coche, crin del relleno de sus asientos, desgarros del uniforme habían penetrado en la espalda de Heydrich, pero parecía una pequeña herida sin importancia. Trasladan al «Protector» a un hospital, intentan curarlo (solo médicos alemanes, por favor), se descubre que el bazo se ha visto muy afectado, aparece una septicemia y Heydrich termina su carrera hacia la cumbre del totalitarismo a los ocho días, muerto a causa de un atentado que resultó triunfal. La represión posterior cabe imaginarla y estremecerse por ello: el pueblo de Lidice, por citar solo un ejemplo, es borrado del mapa, habitantes y casas. Los resistentes se refugian en una iglesia, pero alguien (Curda, resistente traidor) revela su escondite. No sin dificultades, los SS los liquidan. Fin de la historia.


¿He reventado el argumento y ya no tiene gracia leer HHhH? Nada de eso. Todos los hechos narrados hasta aquí se encuentran en cualquier enciclopedia, en la wiki, en las novelas sobre la llamada «Operación Antropoide», en películas como Los verdugos también mueren, Hitler's madman o Siete hombres al amanecer. Cabría, entonces, esperar que HHhH aportase datos inéditos, un enfoque diferente, algo nuevo, vaya. Pues nada de nada. Cualquier frecuentador de internet sabrá sobre el atentado de Heydrich lo mismo antes y después de leer HHhH. Cabría, entonces, esperar que HHhH aportase un alto o gran estilo, una narración novedosa, envolvente, algo nuevo, vaya. Pues nada de nada. Cualquier frecuentador de blogs de internet, o de twitter si me apuran, tiene a su alcance el mismo tipo de escritura que le ofrece HHhH. ¿Por qué recomiendo, entonces, esta novela si su trama ya es conocida y si su estilo no vale nada? Porque es el ejemplo más palmario del tipo de novela que vamos a leer una vez y otra vez a partir de ahora: la novela fragmentaria.


HHhH la componen 257 fragmentos, minicapítulos, micropartes o trozos en los que Laurent Binet nos cuenta, sí, el atentado de Heydrich. Pero como no tiene ni la paciencia ni el talento para meterse en Heydrich y compañía como Vargas Llosa, por ejemplo, los tuvo para meterse en la piel de Roger Casement y escribir así una novela total, Binet nos cuenta también los problemas personales que la acaecen con su chica, nos informa del tiempo que hace mientras escribe, de lo mucho que sabe sobre el tema (es enternecedor ver cómo Binet dice y dice que sabe mucho sobre el atentado sin demostrarlo ni en una sola línea); mete una cita de Goebbels acá, otra del Manifiesto husita allá, un titular de prensa acullá...; nos hace partícipes de que si compra o no un libro, de que si viaja a Praga o no... Por decirlo de una vez, no traba la novela, no la urde, no junta líneas, trocea, despieza: fragmenta, palabra definitiva. Y, vistas como están las cosas, HHhH es paradigma de lo que se nos avecina: novelas de gran trama basadas en información básica, presentadas en brevísimos apartados y trufadas de banalidades del autor. Por ello resulta tan conveniente leerla. Y, sobre todo, por no olvidar la vida y obra de un grandísimo canalla llamado Reinhard Heydrich.

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