La ovetense Paula Blanco (1996) sorprendió este verano con su primera exposición, “Trasudores”, en la galería Brecha de la capital asturiana. Licenciada en Bellas Artes en Salamanca, mostró por primera vez una obra creada durante los meses de confinamiento. El cuerpo humano protagonizaba todos los cuadros (como el que aparece al fondo del retrato inferior); era carne procesada sin violencia, hecha collage, una reflexión sobre esa extraña máquina de músculo y huesos que nos contiene a todos. Paula, además, acaba de publicar el libro “Qué vergüenza haber nacido” (Plan B Ediciones), una recopilación de las viñetas que publica en Instagram bajo el seudónimo de “Almejeiter” y donde tiene una legión de seguidores. El volumen es un retrato generacional, una especie de “instagram analógico”, alocado, delirante, maravillosamente mal dibujado.

Paula Blanco Muel de Dios

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Muelología 110: Paula Blanco (pintora e ilustradora): 1 imagen 10 palabras Muel de Dios

Making of

Muelología 110: Paula Blanco (pintora e ilustradora): Making of Muel de Dios

Rayándose

Paula Blanco vive nerviosamente en dos extremos. En uno de ellos es pintora analógica, como nacida dos generaciones atrás, con un punto intensito y cometarros, que lee a Artaud y Bataille como subrayando los libros a dolor y, después, con toda esa letra francesa embutida en la mente, se mete en el estudio y pinta descalza y le salen unas obras muy físicas, muy potentes, un collage de cuerpos y sudores y vida y muerte y gozo y ceniza existencial.

En el otro extremo hay otra Paula digital y espumosa. Bajo el nombre "Almejeiter" -la almeja hater- empezó a hacer viñetas en Instagram con un iPad que se compró con el premio del Concurso de pintura al aire libre que ganó en Oviedo en 2016. Ahora tiene 34.500 seguidores y subiendo. Lo de las viñetas era solo "para echarse unas risazas", pero con ellas mantiene un doble juego: usa las redes sociales para criticar el uso que hacemos de las redes sociales. Para retratar a una generación, la suya, cuya vida social, dice, ya se desarrolla más dentro que fuera de la pantalla; para contar cómo el amor propio anda bastante tocado porque todos viven pendientes de la validación de los demás y de los "me gusta" que van cayendo. Y si no caen, peor aún. Porque esta "generación Z" de veinteañeros, explica Paula, se raya. Rayarse es cosa generacional. Rayarse cuando uno se ve solo en casa y para quitarse la tristeza se hace un selfie y lo sube para matar el silencio; rayarse cuando se enfría la orgía digital de dopamina; cuando, por lo que sea, decae el estímulo de las actualizaciones vertiginosas. Porque los zetas -y en general ya todos- necesitan ese "ruido cerebral" y seguir haciendo scroll en el móvil, y pasar stories sin fin en el Instagram. Paula, aunque sabe bien de qué va esa nueva esclavitud, también lo hace. Para calmarse, cuando raya, ella se pone en bucle la serie "Friends".