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Hegel, tras el vuelo de la lechuza

Jacques D’Hondt repasa el ideario hegeliano mientras nos familiariza con la época y las miserias que al filósofo alemán le tocaron vivir

Hegel

Jacques D’Hondt (1920-2012) dedicó su vida a estudiar y dar a conocer a Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831) y su época, y llega a ser un destacado germanista, entre los más importantes especialistas franceses de la vida y obra del teutón.

“Hegel”, el título a secas que D’Hondt elige en 1998 para su estudio biográfico, nos sitúa ante uno de los grandes filósofos que han marcado indeleblemente la historia universal de las ideas; sin embargo, su lectura no exige lectores especializados, basta simplemente con sentir curiosidad por la vida de un personaje excepcional o dejarse arrastrar por las circunstancias que condicionan la construcción de esta trascendental filosofía. La lectura pasa a ser altamente recomendable si, además, la impronta de la Ilustración, el despliegue del liberalismo y del romanticismo, la Europa napoleónica y la arquitectura de valores del mundo contemporáneo nos interesa.

Tras sus veinte capítulos, en medio de las circunstancias que le tocó vivir a Hegel, entre avatares políticos y las miserias de la pura supervivencia, y viajando por aquella Alemania compuesta por más de trescientos estados, donde cobraba intensidad el anhelo de la “unidad de la nación alemana”, nos familiarizamos con esta época –de la industrialización, de las revoluciones y del fin del absolutismo– y, a través de detalles reveladores, descubrimos una textura de los tiempos más genuina que la típica tópica.

La idea de “libertad” (que Hegel elige como vector propulsor de la historia) no nos toca verla en sus grandes trazos históricos genéricos y abstrusos, sino en vivo e inserta en los anhelos concretos de muchos de los amigos y contactos del filósofo, de las instituciones oficiales (como la universitaria) y de los movimientos sociales (como la masonería o la asociación reivindicativa estudiantil Burschenschaft), que pugnan por el reformismo constitucionalista frente al absolutismo y al reaccionarismo de la Santa Alianza.

Y de este modo constatamos, filosófica y biográficamente, cómo una idea se teje de muy diversas maneras (“Todo lo racional es real”) y lo que significa en los contextos precisos (“Y todo lo real es racional”: según reza la sentencia que tan bien define a nuestro filósofo). Y si decimos que Hegel fue “liberal”, hemos de entenderlo en el contexto de las décadas inmediatas a la revolución francesa, porque este concepto pasará a significar algo diferente cuando entre en contacto con el de “democracia” o con el de “socialismo”, que penetrarán en décadas posteriores.

Jacques D’Hondt consigue también, junto a esta divulgación filosófica, varios logros reseñables. Para empezar, corrige la versión estandarizada que se difundió sobre la figura de un Hegel excesivamente escorado hacia el “conservadurismo”. Construida con algunos artificios por toda una saga de historiadores, sus editores y críticos habrían omitido datos o los habrían interpretado con parcialidad o habrían introducido anacronismos más o menos inconscientes, seguramente para conseguir aproximar a sus propias posiciones ideológicas el pensamiento político del autor de la “Filosofía del derecho”. Este fenómeno tergiversador, muy habitual según parece, nos trae a la memoria el que sufrió, con tanto paralelismo, la obra e ideas de nuestro Jovellanos (1744-1811).

Algunos de los hilos conductores de la trama mantienen un encanto propio. Se narra muy bien la amistad de Hölderlin, Schelling y Hegel. Primero comparten una misma habitación en el Seminario protestante de Tubinga, donde los tres se forman en teología y filosofía. Y asistimos a su hermandad de ideas antiabsolutistas, a su idéntica admiración por la Grecia antigua y al apoyo mutuo que se prestan cuando tienen que buscar sus primeros empleos.

Entre nuestro filósofo de Stuttgart y el genial poeta romántico la amistad fue muy intensa, aunque llega un indeseado distanciamiento. La quebrada salud mental del poeta y su retiro del mundanal ruido les separan. En casa de Zimmer –un admirador de su “Hiperión”–, Hölderlin vive aislado durante más de treinta años, acogido por aquel nuevo amigo. Aun así, su amistad con Hegel se mantuvo siempre.

La relación entre Hegel y Schelling fue más convulsa; después de una década idílica, surge la inevitable rivalidad filosófica. Ambos eran admiradores de Kant y los dos supieron que iban a ser filósofos, pero fue Schelling quien, aunque era cinco años menor, presentará en 1800, con 25 años, su propia filosofía idealista y, antes, ya había conseguido en la Universidad de Jena, a los 23, la cátedra que había abandonado Fichte, perseguido y acusado entonces de ateísmo, un filósofo por el que los dos amigos sentían idéntica admiración.

Hegel, sin esa precocidad, construyó su pensamiento con más lentitud, aunque dentro de un sistema que se fue manifestando más estable que el de su íntimo rival. Su “Fenomenología del espíritu” (1807) marcó la pauta historicista que ya no le abandonará, la “Enciclopedia de las ciencias filosóficas” (1817) establecerá el marco de un sistema donde todos los saberes se integran y, a partir de ahí, el resto de sus obras funcionan como extensiones y profundizaciones de la nueva lógica que está explorando, su dialéctica sistemática, donde la política, la estética, la filosofía de la historia… se van entreverando como afluentes en un río.

La biografía de D’Hondt no abusa de los tecnicismos filosóficos, todo lo contrario; pero sí va a permitirnos comprender cómo esa gran obra que va a influir en los llamados “jóvenes hegelianos” y, en concreto, en el materialismo de Marx y Engels (discípulos que se quedan con el método y que ponen patas arriba aquel idealismo), cómo esos textos que se salen de su época –tanto hacia los tiempos míticos y los clásicos antiguos como hacia el futuro–, fueron posibles en el contexto de una empresa de equipo, donde Goethe cumple su papel de adalid de las nuevas ideas (además de proteger directamente al joven Hegel, a quien admira), pero, sobre todo, donde los nuevos conceptos como el de “Cultura” o “Naturaleza” –en la nueva dimensión “Histórica” que ahora reciben– fue una tarea de muchos, pues sin Herder, sin Lessing, sin Schiller, sin Fichte, sin Schelling, sin muchos otros… y, por supuesto, sin Kant, Hegel no hubiera sido posible. Para que crezca un árbol robusto es preciso un gran bosque que lo acoja. 

El idealismo alemán fija su mirada en el poder de la subjetividad, pero, por más que el espíritu romántico en expansión diera un papel esencial al genio (en los tiempos de Beethoven y de Napoleón), también entronizó el “espíritu objetivo”, dialéctica en la que tan bien supo profundizar quien morirá a los 61 años a causa de la epidemia de cólera (según se supuso) que asolaba entonces Europa, después de haber creado un concepto como el de “alma bella”, el de quien realiza la “unión del hombre con Dios”, pero no ya el dios religioso sino el de la filosofía.

Vivió buena parte de su vida con empleos de supervivencia (algunos serviles): preceptor de hijos ricos, profesor a sueldo de sus alumnos (sin nómina oficial), periodista… y tiene que alimentar a sus tres hijos (incluido el hijo natural) hasta que a los 46 años, primero en Heidelberg y luego triunfalmente en Berlín, tiene un sueldo algo más estable. La lechuza de Atenea-Minerva levanta el vuelo tras su vida y lo primero que ve es un afán gubernamental decidido a borrar oficialmente del mapa su filosofía que retaba claramente a las estructuras del Estado prusiano. Pero ya es tarde, una nueva “sociedad civil” hegelianizada se encamina hacia un nuevo modelo de Estado.

Hegel, el último filósofo que explicó la totalidad 

Jacques D’Hondt

Traducción de Carlos Pujol 

Tusquets, 416 páginas

21,85 euros

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