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Los cuatro mosqueteros de la filosofía analítica

Scott Soames nos sitúa ante los padres fundadores de la lógica moderna y nos presenta el nacimiento de esta poderosa corriente metodológica

El filósofo norteamericano Scott Soames nos pone ante aquel afán de encarrilar la filosofía, por parte de unos pocos matemáticos y lógicos, a través de la segura senda de la ciencia. Este camino novedoso abierto a finales del siglo XIX llega a nuestros días y será llamado “filosofía analítica”. Se entiende mejor su aparición si tenemos en cuenta la rancia metafísica en la que están siendo educados los jóvenes en las universidades británicas a punto de rayar el siglo XX, como era el idealismo absoluto de Francis Herbert Bradley (1846-1924) o de John McTaggart (1866-1925), que puede considerarse un hegelianismo degenerado.

Cuatro figuras son fundamentales para que fragüe este nuevo enfoque: el alemán Gottlob Frege (1848-1925), el británico George Edward Moore (1873-1958), el británico Bertrand Russell (1872-1970), punto de unión del cuarteto, y el austríaco Ludwig Wittgenstein (1889-1951). Este último, vienés, compañero de estudios de un niño llamado Adolf Hitler, en 1939 decide hacerse británico, pero esa es otra historia. El “análisis” lógico, entendido como lógica-matemática, será la principal herramienta de estos mosqueteros de la filosofía.

Frege, matemático y lógico, quiere entender si los números son algo más que esos elementos aritméticos que funcionan con una sintaxis interna propia. Ante este reto, se propone definir las expresiones numéricas con conceptos y llega a la conclusión de que la aritmética puede ser reducida a la lógica. Se inicia la lógica matemática, la lógica de conjuntos, y, de este modo, la lógica clásica que iba de Aristóteles a Kant se transforma en lógica moderna.

Russell se halla trabajando, en los años en que Frege es ya bastante célebre, en el mismo fin que este: traducir la aritmética en términos lógicos y, en un paso más allá, intentar demostrar que la lógica es capaz de contener a la matemática. Pero en 1902 Russell escribe una carta a Frege, donde le manifiesta estar de acuerdo en todo con él salvo en un punto. Aparece la famosa “paradoja de Russell”, “el conjunto que no puede contenerse a sí mismo”, y se promueve así una nueva serie de investigaciones lógico-matemáticas de las que algunas resultarán ser callejones sin salida.

Las ciencias que se consideran más científicas (la matemática y la lógica) amenazan, así, con puntos flojos en su fundamentación, y a efectos epistemológicos esto es una tragedia. Los “Principia Mathematica” de Russell y Whitehead son en parte una especie de huida hacia delante. Esta obra, que contiene aportaciones irrenunciables para la lógica y las matemáticas, nacía ya muy malherida a manos de sus propios autores.

Mientras todo esto empezaba a pergeñarse, Russell conoce a Moore, de su misma edad, en el Trinity College, y le atrae hacia el campo de la filosofía. En 1903 aparece “Principia Ethica”, de Moore, que influirá en su amigo Bertrand, después de haber influido él, desde su logicismo, en Edward. Los estrictos análisis lógicos, empeñados hasta la fecha en desarrollar un formalismo capaz de servir de lenguaje bien definido, se han abierto de este modo a los problemas morales. La filosofía no puede eludir, una vez más, esa extraña confluencia, heredada en realidad de Platón, entre la matemática, la lógica y la ética. Y con estos mimbres, según Moore, lo “bueno” no admite una definición directa y tampoco cabe demostrar qué es lo bueno desde la experiencia. Sin embargo, algunas verdades éticas son conocidas. “Bueno” como “amarillo” son nociones simples. Contra el escepticismo y desde el realismo, existe un nivel de conocimientos dados a escala del “sentido común”, y entre ellos una “intuición intelectual ética”, dice Moore, desde la que sabemos qué es lo bueno.

Russell es, unos años más tarde, el maestro que descubre en Wittgenstein un alumno prometedor. El autor del “Tractatus logico-philosophicus” prosigue el enfoque analítico de su maestro, pero para establecer un corte radical con la posición constructiva que se venía defendiendo. No basta con encauzar los problemas filosóficos a través de un formalismo lógico que sea capaz de ordenar los que tienen solución racional de los que no la tienen, sino que, para Wittgenstein, hay que deshacerse de todos los problemas tradicionales de la filosofía y dejar de considerarlos proposiciones genuinas. Hay que convertir a la filosofía en lo único que le queda realmente, que es la labor de clarificación del pensamiento a través del análisis del lenguaje. La “verdad” ya no es el campo directo de la filosofía, y solo está garantizada por la ciencia y por los “hechos elementales”. Los filósofos solo pueden ejercer una labor de desescombro previo. La filosofía es una depuradora entregada a la limpieza lingüística. Sabemos que este enfoque será rectificado por el propio Wittgenstein, en las “Investigaciones filosóficas”, pero aquí no entra ya el presente estudio de Soames.

El profesor californiano, discípulo de Kripke, ha tenido tiempo de perfilar las deficiencias de los autores estudiados, desde supuestos más amplios. De ahí que en este libro, además de presentar a estos cuatro pioneros analíticos, se ocupe de ir señalando qué teorías quedaron quebradas, en medio de su contribución germinal fundamental.

Cubierta del libro

El surgimiento de la filosofía analítica

(Frege, Moore, Russell y Wittgenstein)

Scott Soames

Tecnos, 272 páginas

16,15 euros

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