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El giro lingüístico o el intento de superación de la conciencia, en una exploración de la Teoría Crítica de Habermas

César Ortega Esquembre explora y se plantea su vigencia

La filosofía del siglo XXI ha de rastrearse en el pasado siglo y este en el anterior… ¿Cuándo detenernos en el tiempo?

La llamada Teoría Crítica que hacia 1930 arranca en Alemania, de la mano de Horkheimer, Adorno, Marcuse y el resto de componentes del “Institut” de Fráncfort, retoma la decisión de Marx de usar la filosofía para cambiar el mundo. La política ha sido diagnosticada de graves patologías (esclavitud, explotación, alienación, miseria inhumana…). Por esta vía los problemas ontológicos se relegan y pasan a primer plano los de la economía política.

No solo conocer e interpretar, sino atreverse a transformar, esta es la actitud crítica que heredan los filósofos francfortianos cuando las teorías de Marx están chocando con la cruda realidad de las revoluciones fallidas. Además de que la URSS ha empezado a mostrar sus sangrantes limitaciones, millones de masas populares se están convirtiendo al totalitarismo, tanto a la derecha como a la izquierda. El llamado “pensamiento crítico” no parece un camino fácil de seguir. ¿Ha de mantenerse, en medio de esos avatares, el ideal ilustrado basado en las “luces”? El nuevo movimiento filosófico que está naciendo en Fráncfort (y que muy pronto se exiliará en EE UU, para salvar la vida sus miembros de origen judío), defiende que la filosofía ha de estudiar la sociedad, diagnosticar sus males y proponer vías críticas de solución.

Es preciso, así pues, retomar y reenfocar el ideal ilustrado (la “Dialéctica de la Ilustración”, de Horkheimer y Adorno) y es necesario reconocer, incluso, que la revolución es un proceso siempre inacabado (la “Dialéctica negativa”, de Adorno). Y todavía cabe ir más lejos, cuando todo intento de transformar el sistema se resuelve en un fortalecimiento de este, porque los ciudadanos (por muy demócratas que crean ser) son piezas de un puzle general, de una “razón instrumental” más poderosa que todo afán de crítica. Y de esta manera “El hombre unidimensional” (de Marcuse) marca, tal vez, un punto final de la argumentación, pues sería imposible salvar a alguien que no quiere ser salvado: ¿por qué razón dejar de estar alienado, si a la postre uno es más feliz así?

En esta tesitura, una nueva generación de la Escuela de Fráncfort, influidos también por Wittgenstein y los analíticos, deciden abandonar el paradigma de la “conciencia” (aunque se le añada un adjetivo: “conciencia social”) y apostar por el “giro lingüístico”. Si desde la “lucha entre conciencias” se ha llegado a un callejón sin salida (pues ahí no hay punto de apoyo desde donde superar las patologías), será preciso seguir una “pragmática del lenguaje” (la de Habermas y Karl-Otto Apel) y si se quiere llegar a acuerdos críticos habrá que partir de la sociedad como si fuera una “comunidad de investigación” dispuesta a consensuar la verdad, conseguida desde la “competencia comunicativa” y desde el rechazo a la violencia.

Una vez conseguidas estas condiciones ideales de comunicación, la vía del pragmatismo lingüístico parece ser prometedora. Y, entonces, en una sociedad en posesión de esta “ética del discurso”, las normas consensuadas serían productos racionales fiables. Y aquí más que apelar al deber kantiano puro y duro, se invocaría la corrección procedimental de consensos tomados en esa “acción comunicativa”. Todo perfecto, solo queda llevarlo a cabo.

Diálogo, procedimiento, verdad consensuada… son, sin duda, fórmulas consagradas de las democracias homologadas. En este sentido, podría decirse que la filosofía de Habermas es la de nuestro tiempo. Pero ¿y si las relaciones humanas no funcionaran solo con el diálogo?

Llegado a este punto, César Ortega Esquembre —joven filósofo especializado en la Teoría Crítica de la sociedad— se ha propuesto, además, mostrar la vigencia de este enfoque filosófico, y por ello dedica la última parte de su estudio a revisar el pensamiento, más actual, de Axel Honneth, de Hartmut Rosa y de Adela Cortina, entre otros. Estos discípulos de Habermas reconocen que la teoría de la “acción comunicativa” tiene también puntos flojos. En esta línea de reforzamiento de la “ética dialógica”, la filósofa española propone, por ejemplo, que el vigoroso nivel argumentativo habermasiano se complete con los elementos que le dan de hecho calidez humana, como los valores, las virtudes, los sentimientos, en la línea de su “Ética de la razón cordial”.

No bastaría solo con saber argumentar bien, pues es preciso dar cabida a las emociones, articular bien los valores que más se estiman e insertar en todo ello virtudes concretas procedentes de los juicios justos resultantes, parecen reclamar algunos de los discípulos francfortianos. Y, entonces, el “giro lingüístico” vuelve a girar, parece, ¿y nos devuelve a dónde? ¿Quizá de nuevo a la conciencia, a una conciencia que habrá que redefinir, una y otra vez?

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