CARTA DE WISCONSIN

La compasión por los demás

Somos atrocidad, somos las fronteras en la sombra resguardando cuerpos rotos

Un civil muerto en Bucha, Ucrania / Reuters

Ruth Llana

¿Qué le decimos al otro cuándo lo miramos a los ojos? ¿Qué valor es necesario tener para darnos al otro con arrojo, para regalarnos en nuestro tiempo, a nuestro ritmo, quizás en nuestra clandestinidad, para crear un hueco, una sombra de intimidad que nos acerque? ¿Qué poder de transformación puede tener reconocemos en el dolor de los otros nuestro propio dolor? ¿Es necesario reconocerse en el otro para sentir al otro en nosotros, para ser-con-el-otro? ¿Cómo reconocer, cómo acercarse, verdaderamente, a los demás?

Quien diga que vivimos en tiempos excepcionales tendrá que recordar la monótona excepcionalidad de cada evento, de cada circunstancia, que nos ha conducido hasta este momento de la historia. Un momento que parecía haber alcanzado su clímax hace un mes. Un momento en el que esa “excepcionalidad” de los tiempos quedó dibujada por un mapa geopolítico y afectivo que es personal y colectivo al mismo tiempo. ¿Qué significado cobran a la luz de nuestras historias más personales las fronteras entre cuerpos de tierra, entre cuerpos humanos? ¿Se materializan esas fronteras bajo la forma de una guerra? ¿Se manifiestan en el gesto rutinario de girar el rostro, dar la espalda?

La espalda de la guerra puede ser un músculo feroz. Y ese músculo es también una cara que nos mira y a la que debemos devolverle la mirada, preguntarle su sentido. Ese músculo rugoso e incomprensible como rostro nos desafía en tanto que individuos porque, aun en su incomprensibilidad, nos devuelve un reflejo de lo que también somos. Somos atrocidad, somos las fronteras en la sombra resguardando cuerpos rotos, actos que se resisten en la punta de la lengua. ¿Con qué lengua decimos la brutalidad?

De acuerdo con el filósofo francés Georges Didi-Huberman en “Imágenes a pesar de todo”, ver y decir las imágenes y las palabras del horror no es solamente necesario, es imperativo para dar la vuelta a la espalda que nos mira desafiante y revelar su rostro. Un rostro que es real e imaginable porque existe, existió, fue material y tangible. Lo más difícil de imaginar, sin embargo, son las palabras que pueden cambiar el curso de nuestras historias y, quizás, incluso redibujar el desenlace de la atrocidad. ¿Qué podemos decirle a ese rostro para alterarlo, para sacudirlo, para convertirlo en otro que puede ser yo mismo o aquel que sufre y así reconocerlo?

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No puedo balbucir todavía las palabras que cambien el curso de una historia, quizás la tuya, quizás la mía. No puedo percibir aún una imagen lo suficientemente clara como para concebir una entrada, un acceso, una vía de escape. No puedo imaginar un rostro al que mirar, al que decirle “respóndeme, dime algo, tengo hambre, abrázame, déjame alcanzarte, qué necesitas”. Conozco muchos rostros evasivos, pasan como cometas dejando estelas, pero en su aparente crueldad no los alcanzo, se desvanecen si pongo las manos. Quizás esta dificultad de imaginar el rostro del otro dice más de mí de lo que supongo. Quizás el rostro del otro me huye, quizás lo ahuyento. De lo que sí estoy segura es de un detalle, quizás el más importante: soy capaz de decir, “pongo las manos”. Soy capaz de imaginar, aun contra la espalda que se vuelve evasiva en su dureza, mis manos, ofrecidas. Y quizás ahí, en esas líneas que puedo ver con nitidez al otro lado, quizás ahí, sí, la compasión.

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