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Jesús Menéndez Peláez

La actualización de Chateaubriand

Homilías con sentimiento y decoro de un hombre cultísimo

Me sorprendió en la mañana del lunes la noticia de la muerte de don Silverio Rodríguez Zapico, párroco de la Iglesia de la Resurrección. Don José Manuel García, párroco de Candás, me puso al día. Inmediatamente el disco duro de nuestra memoria entra en juego. En mi época eclesiástica (1969-75) traté muy de cerca a don Silvero. Yo era coadjutor de la Iglesia de San José, una macro parroquia, de la que nacieron dos parroquias “hijuelas”: la del Espíritu Santo y la de la Resurrección”. Don Silverio fue nombrado párroco de esta última. Habíamos coincidido en el Seminario, por lo que la comunicación era muy fluida y amistosa. Recuerdo aquel nefasto sábado de septiembre de 1972 en que tuvo lugar el execrable desalojo de los jubilados encerrados en la iglesia de San José de la que, en aquel momento, el único responsable era quien esto subscribe. Los primeros a quienes llamé, para que fueran testigos, fueron a don Silverio y a don José Manuel Gutiérrez Inclán, quien nos ayudaba en muchas ocasiones (un recuerdo y una oración por él). Ellos fueron conmigo testigos de lo que allí ocurrió.

De don Silverio recuerdo varios aspectos de su personalidad. Fue un hombre cultísimo. Sus homilías eran un dechado de sabiduría, de pedagogía y de una dicción oral poco común. Recuerdo también su vinculación con el mundo francés. Los veranos los pasaba con frecuencia en una parroquia allende Los Pirineos. En alguna ocasión coincidimos, ocasionalmente, en el viaje en el Alsa de París a Oviedo. Esta familiaridad con la cultura francesa intuyo que le hizo leer “Le Géni edu Christianisme”, del conde de Chateaubriand; el afamado escritor francés había publicado en 1802 la obra referida. Su tesis nuclear se centra en que la religión cristiana es la verdadera, porque es la más hermosa. La verdad no está en la razón sino en la belleza. Esto sorprendió al ambiente racionalista y ateo de los enciclopedistas. Chateabriand insiste sobre todo en la belleza de la liturgia cristiana, cuando se hace con decoro y sentimiento. Esta dimensión caracterizó siempre a don Silverio. Chateaubriand es una de los escritores más influyentes en la literatura francesa del siglo XIX; el “Genio del cristianismo” arrasó las tesis enciclopedistas. Escuchar a don Silverio en una de sus homilías y seguir el decurso de los ritos litúrgicos lo convertía, incluso para el agnóstico, en un sacramento en el sentido más teológico de la palabra: la presencia de Dios a través de signos externos. Descanse en paz.

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