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Jesús Menéndez Peláez

La mayor frustración de Cervantes

La figura del gigante de la literatura en plena pandemia

Es bien sabido que hoy es el “día del libro”, evocación de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra. El “príncipe de la letras hispánicas”, creador del icono más conocido de la literatura universal, Don Quijote, sufrió muchas contrariedades no solo en el ámbito existencial sino también como profesional de la literatura. Siempre me conmovió la lectura del prólogo a sus “Comedias y entremeses nunca representados” (a. 1615). Evoquemos aquel momento. Estamos en 1615. Don Miguel supera ya los sesenta años. La primera parte del Quijote (a.1605) era conocida y circulaba por la geografía peninsular en otras ediciones distintas a la de Juan de la Cuesta, primer editor; en 1612 ya se traduce al inglés. Es decir, Cervantes tiene ya una fama bien merecida como narrador. Pero, algo muy lógico y natural, aspira a conseguir un mayor reconocimiento también como dramaturgo, el género literario más popular. Sin embargo, su concepción del teatro no sintoniza con la de Lope de vega, “el monstruo de la naturaleza”, como califica el mismo Cervantes al autor de “El arte nuevo de hacer comedias”. Esto le hará claudicar de su antigua concepción aristotélica de la tragedia, el más noble subgénero dramático. Abandonará sus tragedias de las que dirá que: ”todas ellas se recitaron sin que se les ofreciese ofrenda de pepinos ni otra cosa arrojadiza”. Asimismo añadirá que en su “antigua ociosidad” había escrito obras menores “que no son tan malas que no mereciesen salir de las tinieblas”. Rebusca en su baúl doméstico, las encuentra, les quita el polvo y se va con ellas a un librero/editor para que él se las publique. Pero se encuentra con esta respuesta: “El se las compraría si un autor de título le dijeses que de su prosa se podrá esperar mucho, pero que del verso, nada... Me dio gran pesadumbre al oírlo”. Cabizbajo y dispuesto a marcharse, le dice al librero: “Aquí te las dejo... él me las pagó razonablemente; yo cogí el dinero con suavidad sin tener cuenta de dimes y diretes”. Su teatro no interesaba ni a los editores ni a las compañías. Y concluye con esta frase lapidaria que denota su decepción: “No hallé pájaros en los nidos de antaño”. Esta circunstancia parece que hizo reflexionar a Cervantes y, hasta cierto punto, le obligó a claudicar de sus antiguas convicciones de la “Poética” de Aristóteles. Así en el “Rufián dichoso” dirá por boca del personaje de la “Curiosidad”: “Los tiempos mudan las cosas/ y perfeccionan las artes”. Fue esta una de las mayores decepciones de Cervantes,

Como presidente de la Fundación Cervantista “Álvarez Viña” he de decir que llevamos casi dos años en barbecho. Por aquí pasaron más de cincuenta especialistas. Pero en este momento es necesario mantener las máximas precauciones. No obstante, cuando todo esto pase, retomaremos esta tradición cervantista que hace que Gijón sea no solo la Villa de Jovellanos, sino también, de alguna manera, la Villa de Cervantes, por ese legado que nos dejó el recordado y añorado don Ramón Álvarez Viña.

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